LOGINRespiré hondo una última vez, recomponiendo la máscara de calma que había aprendido a sostener durante los últimos días, y abrí la puerta para salir de nuevo hacia la habitación.
No esperaba encontrarme con dos personas en vez de una. Kai estaba parado junto a Kael, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón y una sonrisa amplia dibujada en el rostro en cuanto me vio salir del baño, mientras Kael seguía en la misma posición junto a la ventana, observándome con esa mirada tranquila que nunca terminaba de revelar del todo lo que pasaba detrás de sus ojos. —Te ves hermosa —dijo Kai, acercándose un par de pasos con esa calidez suya tan característica—. El negro te sienta increíble. —Gracias —respondí, sonriendo hacia los dos con la naturalidad que ya había empezado a perfeccionar—. No sabía que también estarías aquí, Kai. —Tenemos algo que decirte —anunció Kael, cruzando los brazos sobre el pecho mientras me observaba con esa mirada azul y calculadora que nunca terminaba de relajarse del todo—. A partir de hoy, esta puerta ya no se va a cerrar con llave. Sentí que el aire se me quedaba atrapado en la garganta por un instante, sin saber muy bien qué hacer con esa información tan repentina, mientras Kai se acercaba un poco más, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. —Puedes moverte libremente dentro de esta casa —agregó él, con un tono mucho más suave que el de su hermano—. Y también puedes salir al jardín trasero cuando quieras, siempre que estés acompañada por alguno de los dos. —¿En serio? —pregunté, sin poder disimular del todo la sorpresa que me recorrió el cuerpo entero, una mezcla extraña de esperanza cautelosa y desconfianza que no sabía cómo acomodar dentro del pecho. —En serio —confirmó Kael, sin ningún cambio en el tono neutro de su voz—. Ya demostraste ayer que sabes comportarte cuando la situación lo exige, así que vamos a darte un poco más de espacio. No te confundas, sin embargo. Esto no significa que puedas intentar nada parecido a lo que intentaste ayer. —No voy a intentar nada —dije, sosteniéndole la mirada con la calma que ya había empezado a perfeccionar, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios—. Se los prometo. Kai me tendió la mano con un gesto amable, y aunque cada fibra de mi cuerpo seguía resistiéndose por dentro a ese contacto, la tomé sin dudar, sabiendo que cualquier vacilación solo levantaría sospechas innecesarias sobre la actuación que llevaba días construyendo con tanto cuidado. —Ven, te enseñamos la casa —dijo Kai, guiándome hacia la puerta con Kael caminando un par de pasos detrás de nosotros—. Esta es nuestra casa, solo nuestra, la de Kael y mía. Nuestros padres viven en la casa principal, un poco más lejos de aquí, pero pensamos que sería bueno que te quedaras con nosotros por ahora, para que puedas familiarizarte mejor con los dos. Salimos juntos hacia el pasillo, y por primera vez desde que había despertado en Moscú, pude ver algo más que las mismas cuatro paredes de mi habitación y el pequeño baño contiguo. El pasillo del segundo piso se extendía apenas unos metros, con solo un par de puertas cerradas además de la mía, y Kai señaló cada una de ellas mientras avanzábamos despacio hacia las escaleras. —Ahí está mi habitación —dijo, apuntando hacia la puerta más cercana a la mía—. Y esa de allá es la de Kael. Hay una cuarta habitación al final del pasillo, la principal, pero está vacía. Antes pensábamos usarla para invitados, aunque la verdad es que nunca ha entrado nadie ahí. Asentí despacio, memorizando cada detalle con la misma cautela con la que había memorizado el recorrido del día anterior, aunque esta vez el terreno se sentía distinto, más pequeño, más contenido, como si esa casa entera hubiera sido pensada únicamente para encerrarme junto a ellos dos sin ninguna distracción externa. Bajamos la escalera principal, que desembocaba directamente frente a la puerta de entrada, una mole de madera oscura con herrajes de bronce que ya reconocía de mi intento fallido de fuga. Sentí un escalofrío recorrerme la piel al pasar frente a ella, recordando la risa de Chloé resonando desde la sala contigua, aunque me obligué a apartar la mirada y a concentrarme en lo que Kai seguía explicándome. —A la izquierda está la sala de estar —dijo, señalando hacia el espacio amplio donde ya había estado antes, con los sofás de cuero marrón y la chimenea todavía apagada a esa hora del día—. Ahí solemos pasar las tardes cuando no tenemos nada más que hacer. Kael, que había permanecido en silencio durante buena parte del recorrido, se adelantó unos pasos hacia una puerta pequeña de madera oscura ubicada justo debajo de la escalera, empujándola con suavidad para dejarla abierta de par en par. —Esta es la biblioteca —anunció, con un tono que por primera vez desde que había entrado a la habitación sonó ligeramente más animado que el resto—. No es muy grande, pero tiene una buena colección. Puedes venir aquí cuando quieras, si te gusta leer. Me asomé al interior con curiosidad genuina, encontrando un espacio pequeño y acogedor, forrado de estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, cargadas de libros en varios idiomas, con un par de sillones de terciopelo verde colocados cerca de una ventana alta que dejaba entrar una luz suave y fría. —Es hermosa —dije, sin poder evitar que el comentario saliera con una sinceridad que no había planeado del todo, sintiendo que por un momento breve olvidaba la máscara que llevaba puesta. —Sabía que te iba a gustar —comentó Kael, con esa media sonrisa torcida que tanto me costaba interpretar, cerrando la puerta con suavidad antes de continuar el recorrido hacia el resto de la planta baja. Llegamos por fin a la cocina, un espacio inmenso comparado con el resto de la casa, con encimeras de mármol oscuro, una isla central enorme y ventanales altos que dejaban entrar toda la luz gris de la tarde moscovita. El aroma a pan recién horneado todavía flotaba en el aire, mezclado con algo más dulce que no logré identificar del todo. —Yelena viene todos los días a preparar la comida, aunque vive en la casa principal —explicó Kai, apoyándose contra la isla central con esa naturalidad relajada que siempre lo acompañaba—. Aquí desayunaremos, almorzaremos y cenaremos los tres de ahora en adelante. Asentí en silencio, recorriendo con la mirada cada rincón de esa cocina que, en cualquier otra circunstancia, habría podido parecerme hermosa sin ningún reparo. Kael se acercó entonces hacia una puerta de cristal ubicada al fondo del espacio, y a través de ella pude ver con claridad el mismo jardín que había vislumbrado apenas esa mañana desde la ventana de mi habitación, ahora mucho más cerca, con sus senderos de piedra y sus arbustos podados extendiéndose justo al otro lado del vidrio. —Ese es el jardín trasero —dijo Kai, señalando hacia el exterior con un gesto tranquilo. —¿Podemos salir ahora? —pregunté, casi sin pensarlo, sintiendo que la pregunta se me escapaba antes de poder medir del todo mis propias palabras. Kai dudó un instante, recorriéndome con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la camisa ligera que llevaba puesta. —Hace bastante frío afuera, y no traes nada abrigador —dijo, con una expresión dividida entre la ternura y la duda—. Tal vez sería mejor esperar a que te pongas algo más grueso. —Por favor —insistí, sosteniéndole la mirada con una súplica que no tuve que fingir del todo—. Solo un rato. Prometo que no me voy a quejar del frío. Kai intercambió una mirada breve con Kael, que se limitó a encogerse de hombros con esa indiferencia suya tan característica, y finalmente suspiró, cediendo con una sonrisa pequeña que le suavizó el rostro por completo. —Está bien, solo un rato —accedió, corriendo la puerta de cristal hacia un lado—. Pero a la primera señal de que estás temblando, entramos de inmediato. Sentí que el pecho se me llenaba de una emoción que no esperaba, una mezcla de sorpresa y anticipación que no logré disimular del todo bien. Kael dio un paso hacia atrás para dejarme pasar primero, y el aire frío del exterior me golpeó el rostro apenas crucé el umbral, llenándome los pulmones con una sensación que se parecía, aunque fuera solo un poco, a la libertad.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







