LOGINLUNES 15, DE MARZO, 2020.
Llevaba ya un buen rato hundida en uno de los sillones de terciopelo verde, con las piernas dobladas debajo de mi cuerpo y el libro apoyado sobre las rodillas, siguiendo con los ojos las páginas de Orgullo y Prejuicio que había encontrado esa misma tarde entre las hileras de lomos gastados, olvidada entre volúmenes en ruso y francés que apenas alcanzaba a descifrar. Había algo reconfortante en perderme entre las palabras de otra mujer, en otra época, enfrentada también a un destino que otros parecían empeñados en decidir por ella sin pedirle jamás su opinión. Elizabeth Bennet peleaba sus propias batallas con ironía y con palabras afiladas, negándose a doblegarse ante la fortuna ajena o el peso de las expectativas familiares, y por un rato, mientras las páginas pasaban entre mis dedos, logré olvidar dónde estaba en realidad. Olvidé el peso de la máscara que llevaba puesta desde hacía días, olvidé incluso el sonido de mi propio nombre pronunciado con esa voz fría que tanto me erizaba la piel cada vez que Kael la usaba. Por un instante, sentada ahí con la luz tenue de la lámpara cayendo sobre las páginas, casi pude fingir que estaba de vuelta en mi propio cuarto en París, con mi madre tarareando alguna canción en la planta baja y mi padre revisando el periódico junto a la ventana. El reloj de pared, colgado justo encima de la chimenea apagada, marcaba las ocho de la noche cuando escuché unos pasos suaves aproximarse desde el pasillo, amortiguados por la alfombra gruesa que cubría casi toda la planta baja de la casa. Levanté la vista justo a tiempo para ver a Daria asomarse por el marco de la puerta, con las manos entrelazadas al frente y esa postura recta e impecable que la acompañaba, como si hubiera nacido ya con esos modales tan medidos. —Disculpe la interrupción, señorita LeBlanc —dijo, inclinando apenas la cabeza con la cortesía de siempre—. Kael y Kai la esperan en el comedor. —Gracias, Daria —respondí, cerrando el libro despacio y dejándolo sobre el brazo del sofá, marcando con cuidado la página donde me había quedado con una pequeña cinta de tela que colgaba del lomo, como si aquel gesto sencillo pudiera prometerme que volvería a ese refugio de papel más tarde, cuando la noche terminara y pudiera respirar de nuevo sin nadie observándome. Me puse de pie, alisé la tela de mi ropa con las palmas de las manos y salí de la biblioteca dejando atrás el aroma cálido de los libros viejos, caminando por el pasillo hacia el comedor con pasos medidos, repasando mentalmente, una vez más, la calma que había aprendido a sostener frente a los dos hermanos durante los últimos días. Cada paso que daba sobre la madera pulida se sentía como un ensayo silencioso, una repetición más de la actuación que ya llevaba perfeccionando desde el primer día, cuando había aprendido, a la fuerza, que la rabia solo servía para que me inmovilizaran contra algún pecho firme del que no podía escapar. Al entrar, encontré a Kael ya sentado en la cabecera de la mesa, con la espalda recta y los codos apoyados sobre la madera oscura, observándome con esa mirada azul que nunca terminaba de revelar del todo lo que pensaba detrás de ella. A su derecha había una silla vacía, y junto a ella, Kai me esperaba con una sonrisa amplia dibujada en el rostro, la misma calidez de siempre asomándose en sus ojos claros. —Siéntate —indicó Kael, señalando con un gesto breve la silla vacía a su lado, sin levantarse ni cambiar la postura recta que mantenía siempre, como si el mundo entero debiera acomodarse a su propio ritmo y no al revés. No dije nada. Caminé hasta el asiento que ya reconocía como mío, el mismo lugar donde había comido el día anterior, y me acomodé con la espalda erguida, cruzando las manos sobre el regazo mientras esperaba a que alguno de los dos hablara primero, sin querer ceder terreno preguntando yo misma qué era lo que estaba pasando. —Esta noche vienen nuestros padres a conocerte —anunció Kael, sin ningún preámbulo, sosteniéndome la mirada con esa frialdad calculada que parecía medir cada una de mis reacciones, como si estuviera esperando encontrar la primera grieta en mi compostura—. Mi madre desde que llegaste a estado insistiendo en verte en persona, y ya no tiene sentido seguir posponiéndolo más tiempo del necesario. Sentí que el estómago se me apretaba de golpe, un nudo helado que me subió desde el vientre hasta la garganta, aunque me obligué a mantener el rostro tranquilo, sin dejar que ni un solo destello de nerviosismo se filtrara entre mis facciones. Pensé, por un instante fugaz, en Cordelia Sokolov, en la mujer que había ordenado un armario entero lleno de ropa a mi medida sin siquiera haberme visto en persona todavía, y me pregunté qué clase de escrutinio me esperaba esa noche bajo su mirada. —Vas a comportarte —añadió él, bajando ligeramente la voz, aunque el peso de la advertencia no perdió ni un ápice de fuerza por eso—. Sonríe, responde con educación lo que te pregunten, y no le des a nadie ningún motivo para pensar que sigues siendo la misma que rompió un jarrón el día que llegaste a esta misma casa. —Va a ser una noche agradable, Mila —intervino Kai, con un tono mucho más suave que el de su hermano, buscando quizás templar un poco la dureza de las palabras de Kael antes de que terminaran de asentarse sobre mí como una losa—. Mis padres solo quieren conocerte, nada más que eso. No tienes porqué preocuparte tanto. Asentí despacio, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios, midiendo cada palabra antes de dejarla salir al aire entre los tres. —No voy a hacer nada que los avergüence —dije, con una calma que ya empezaba a sentir casi natural, aunque por dentro cada palabra de Kael siguiera resonándome como una amenaza velada, escondida detrás de la cortesía fría con la que la había pronunciado—. Se los prometo a los dos. Kael no respondió nada más al respecto. Se limitó a observarme unos segundos más, con esa expresión imposible de descifrar del todo, antes de girar el rostro hacia la puerta que daba a la cocina, dando por terminada la conversación sin necesidad de decir una sola palabra adicional, como si mi promesa apenas mereciera la molestia de un comentario. —Ve a arreglarte —dijo finalmente, sin mirarme, con la vista ya perdida en algún punto lejano de la estancia—. Daria ya debe tener todo listo en tu habitación para esta noche. Me puse de pie, alisé de nuevo la tela de mi ropa y salí del comedor rumbo a la escalera principal, sintiendo el peso de la mirada de ambos clavada en mi espalda mientras subía los escalones uno por uno, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo que hubiera querido admitir frente a cualquiera de los dos. Al abrir la puerta de mi habitación, encontré a Daria de pie junto a la cama, terminando de acomodar sobre el colchón un vestido de gala negro que brillaba suavemente bajo la luz cálida de las lámparas encendidas. Era una prenda larga de satén, con un escote drapeado que caía en pliegues suaves sobre el pecho, tirantes delgados como hilos y una abertura lateral profunda que se abría desde el muslo hasta el borde de la falda, dejando entrever la promesa de una pierna descubierta con cada paso que diera esa noche.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







