LOGINDe ellos bajaron varias mujeres cargando fundas largas de tela protectora, cada una sostenida con el mismo cuidado con el que se cargaría algo irremplazable. Cordelia las recibió en la entrada con una sonrisa que no le cabía en el rostro, dando instrucciones rápidas en ruso mientras señalaba hacia el interior de la casa.
—Ven, querida —me dijo, tomándome del brazo con firmeza cariñosa—. Vamos a llevar todo esto a tu habitación. Quiero que pruebes cada opción con calma, sin ninguna prisa. Kai dio un paso hacia adelante, todavía con esa sonrisa amplia dibujada en el rostro, pero Cordelia levantó una mano hacia él antes de que pudiera acercarse más. —Ah, no, no, no —dijo, con un tono que no dejaba espacio para réplicas, aunque suavizado por una risa breve—. Ni tú ni tu hermano van a poner un pie en esa habitación. Es mala suerte que el novio vea a la novia con su vestido antes de la boda, y en esta familia nadie se salta esa tradición, ni siquiera por capricho. —Ni siquiera un vistazo rápido —protestó Kai, con un puchero que le sacó una risa suave a su madre. —Ni siquiera eso —confirmó ella, sin ceder ni un centímetro—. Ustedes dos se van a quedar en el ala de su padre y mía esta noche. Mila se instala en la habitación principal del ala que va a ser de ustedes, después de la boda. Y ahí se quedará ella sola, hasta mañana. Kael, que había permanecido callado junto a la puerta, cruzó los brazos con una media sonrisa torcida asomándole en los labios. —Vaya manera de recordarnos que todavía no eres oficialmente nuestra, Mila —comentó, aunque el tono llevaba más cariño que reproche. —Disfruta la última noche de soltera lejos de nosotros —añadió Kai, acercándose de todas formas para dejarme un beso breve en la frente, ignorando por completo la mirada de advertencia que le lanzó su madre—. Mañana ya no nos vas a poder alejar tan fácilmente. Cordelia me guio entonces hacia el ala que, según explicó mientras caminábamos, sería la que Kael, Kai y yo ocuparíamos después de la ceremonia, separada del ala donde vivían ella y Kalen, y de la más pequeña donde se había instalado Chloé desde hacía semanas. El pasillo se sentía distinto al que ya conocía en la casa de los gemelos, más amplio, con puertas más altas y una alfombra todavía más gruesa bajo mis pies, y me detuve un instante frente a la habitación principal que Daria ya había preparado con antelación, con las mujeres de la modista entrando detrás de nosotras cargando las fundas protectoras hacia el interior. —Este va a ser tu cuarto a partir de mañana —dijo Cordelia, abriendo la puerta de par en par para dejarme entrar primero—. Aunque esta noche lo vas a usar solo tú, sin ningún hombre rondando cerca, por más que a mis hijos les cueste aceptarlo. La habitación era enorme, con un ventanal alto que dejaba entrar la luz gris de la tarde y un vestidor amplio a un costado, donde las mujeres ya empezaban a colgar las fundas sobre un riel metálico dispuesto para la ocasión. Me senté en el borde de la cama mientras Cordelia daba indicaciones sobre el orden en que debía probarme cada vestido, y sentí el pulso acelerárseme apenas la modista, una mujer mayor de manos ágiles y mirada atenta, abrió la primera funda con un movimiento cuidadoso. Probé tres vestidos distintos antes de llegar al cuarto, cada uno hermoso a su manera, pero ninguno terminaba de sentirse del todo correcto sobre mi cuerpo. El cuarto, sin embargo, fue diferente desde el instante en que la modista lo sacó de la funda y lo sostuvo en alto frente a mí. Era un vestido de corte sirena, entallado desde el pecho hasta las caderas, con un escote palabra de honor que dejaba los hombros al descubierto, y un drapeado asimétrico que se cruzaba sobre el torso con una estructura tan cuidada que parecía esculpida directamente sobre la tela. De la cadera nacía una falda fluida que se abría hacia atrás formando una cola delicada, y las mangas, largas e independientes, llegaban hasta las manos, rematadas con un encaje tan fino que parecía tejido hilo por hilo. —Este —dije, casi sin pensarlo, sintiendo que la palabra se me escapaba con una certeza que no había sentido con ninguno de los anteriores. La modista me ayudó a ponérmelo detrás de un biombo, ajustando cada broche y cada costura con manos rápidas y precisas, y cuando finalmente me giré hacia el espejo de cuerpo entero que habían colocado en el centro del vestidor, sentí que el aire se me quedaba atrapado un instante en el pecho. El vestido se ceñía a mi cuerpo como si lo hubieran cortado pensando exactamente en mis medidas, marcando la cintura con una precisión que ni siquiera necesitaba ajustes adicionales, y la falda caía hacia atrás con un movimiento suave que se extendía sobre el piso como agua derramándose despacio. —Es perfecto —murmuró Cordelia desde su asiento, llevándose una mano al pecho con los ojos ya brillantes—. No necesita ni un solo ajuste, Mila. Te queda como si hubiera sido hecho exclusivamente para ti. La modista asintió, dando vueltas a mi alrededor con ojo crítico, tirando apenas de la tela en un par de puntos antes de confirmar, con una sonrisa satisfecha, que en efecto no hacía falta modificar absolutamente nada. —Ahora el velo —anunció Cordelia, poniéndose de pie con una emoción que no parecía tener fondo. Una de las mujeres se acercó con una caja larga, y de ella sacó un velo de una longitud que jamás había imaginado, tan largo que sobrepasaba por completo la cola del vestido, con todo el borde decorado por un encaje floral texturizado que combinaba a la perfección con el de las mangas. La modista lo colocó sobre mi cabeza con cuidado, dejando que cayera hacia atrás y hacia los costados como una capa fluida, y me quedé completamente inmóvil frente al espejo, observando a la mujer que me devolvía la mirada, envuelta en satén y encaje, con un velo que parecía extenderse hasta el infinito detrás de ella. —Vas a ser la novia más hermosa que esta familia haya visto jamás —dijo Cordelia, acercándose para sostenerme el rostro entre las manos con esa devoción suya tan perturbadoramente sincera—. Kael y Kai no van a poder ni respirar cuando te vean caminar mañana hacia ellos. —Espero no decepcionarlos —respondí, dejando que la sonrisa se sostuviera en mi rostro con la misma naturalidad que ya llevaba semanas practicando. —Eso jamás va a pasar, querida —aseguró ella, con una firmeza que no dejaba ningún espacio para la duda—. Ahora, terminemos con esto para que puedas descansar antes de la cena. La modista y sus ayudantes se llevaron el vestido con el mismo cuidado con el que lo habían traído, prometiendo devolverlo al día siguiente ya perfectamente planchado, y Cordelia se quedó un rato más conmigo, revisando los últimos detalles del peinado que llevaría al día siguiente: la raya en medio, los mechones frontales sueltos enmarcando el rostro, y el resto del cabello recogido en un moño bajo y relajado que permitiría fijar el velo sin ninguna dificultad.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







