LOGINChloé entró con paso tranquilo, dejando la carpeta sobre una mesita cercana, y me dedicó una mirada rápida antes de acomodarse en uno de los sillones cercanos.
—Mila —saludó, con esa ligereza afectada que ya reconocía tan bien—. Qué gusto verte tan repuesta y con tan buen semblante, a un día de la gran boda. —Gracias, Chloé —respondí, dejando que la calma cubriera cualquier rastro de lo que en verdad sentía cada vez que tenía que dirigirle la palabra. —Chloé, ¿me ayudas con la lista de asientos? —pidió Cordelia, ya de pie, dirigiéndose hacia la puerta—. Todavía faltan un par de nombres por confirmar del lado de los clientes y socios que vienen desde distintas partes de Europa. Mila, ven tú también, quiero tu opinión sobre dónde ubicar a los socios de la galería que llegan desde París. —Con gusto —respondió Chloé, poniéndose de pie con esa elegancia calculada que la acompañaba siempre. Me disponía a seguirlas cuando Kai apareció en el umbral del salón, con las manos metidas en los bolsillos y esa sonrisa amplia que nunca terminaba de apagarse del todo. —Antes de que te la robes, ¿me la prestas un minuto? —le dijo a Cordelia, acercándose para rodearme la cintura con un brazo—. Prometo devolverla. Cordelia soltó una risa suave y asintió, sin hacer ninguna pregunta, como si ya estuviera acostumbrada a que sus hijos le disputaran mi atención cada vez que podían. —No tardes mucho, entonces —dijo, despidiéndose con un gesto breve de la mano antes de salir hacia el pasillo junto con Chloé, dejando apenas el eco de sus tacones perdiéndose entre los cuadros. Kai me guio hacia la ventana más cercana, y me rodeó la cintura con los brazos por detrás, apoyando la barbilla sobre mi hombro con una suavidad que me arrancó, sin proponérmelo, un suspiro de alivio genuino. —¿En qué piensas? —preguntó, dejando un beso breve sobre mi sien. —En nada importante —respondí, girándome entre sus brazos para apoyar la frente contra su pecho un momento—. Solo pensaba en la boda. Kai me apretó un poco más contra su cuerpo, dejando que me quedara ahí un rato, envuelta en su calor, antes de tomarme de la mano para guiarme hacia el despacho, donde Kalen ya esperaba, sentado detrás de un escritorio de madera oscura cubierto de documentos y carpetas ordenadas con precisión. —Mila —dijo él, sin levantar del todo la vista de los papeles—. Quería hablar contigo a solas un momento, antes de que la casa se llene todavía más de gente esta tarde. Kai se despidió con un beso breve sobre mi sien, y salió del despacho, dejándome de pie frente al escritorio de Kalen, sintiendo el peso de su atención como algo casi físico sobre los hombros. —Siéntate —indicó él, señalando la silla frente al escritorio. Obedecí, cruzando las manos sobre el regazo mientras esperaba a que hablara, sin atreverme a romper el silencio que se instaló entre los dos durante varios segundos. —Mañana vas a convertirte oficialmente en parte de esta familia —empezó Kalen, cerrando por fin la carpeta que tenía entre las manos—. Y con eso vienen ciertas responsabilidades que quiero que entiendas desde ahora, sin rodeos. —Lo escucho —respondí, sosteniéndole la mirada con la misma calma que había practicado durante semanas. —Esta familia protege lo que le pertenece con una devoción que pocos logran comprender del todo —continuó él, con esa voz grave que llenaba el despacho entero—. Y a partir de mañana, tú vas a ser parte de eso que protegemos. Espero que aprendas a valorar lo que se te está dando, Mila, tanto como nosotros vamos a valorar tenerte aquí. —Voy a intentarlo —dije, dejando que la frase sonara sincera, aunque cada palabra suya me recordara, una vez más, que aquella protección no era otra cosa que un nombre elegante para el encierro que apenas llevaba viviendo desde hacía un mes. Kalen asintió despacio, como si mi respuesta lo hubiera satisfecho lo suficiente, y se puso de pie para acompañarme de regreso hacia el resto de la casa, donde el bullicio de los preparativos seguía su curso sin ninguna pausa. Encontramos a Cordelia coordinando con Chloé la disposición final de las mesas, ambas inclinadas sobre un plano dibujado a mano, discutiendo en voz baja sobre qué invitados debían sentarse lejos de cuáles otros para evitar cualquier roce innecesario. —Mila, ven a ver esto —me llamó Cordelia, sin levantar la vista del plano—. Quiero tu opinión sobre dónde ubicar a los socios de la galería que llegan desde París mañana temprano. Me acerqué y revisé el esquema junto a ella, señalando con el dedo un par de nombres que reconocía de las conversaciones anteriores sobre la firma, mientras Chloé permanecía en silencio a un costado, observando el intercambio con una expresión que ya no lograba interpretar del todo. Pasamos buena parte de la tarde así, entre ajustes de última hora y decisiones pequeñas que se acumulaban una tras otra, mientras la lluvia afuera empezaba, poco a poco, a dar señales de amainar. A media tarde, con el cielo ya más claro y algunos rayos de sol asomándose tímidamente entre las nubes que se dispersaban, Kael me encontró sola en el pasillo, apoyada contra una de las ventanas altas, observando cómo los trabajadores aprovechaban la tregua de la lluvia para terminar de acomodar las últimas sillas sobre el césped todavía húmedo. Me acerqué a él sin que me lo pidiera, y le tomé la mano, entrelazando nuestros dedos con una naturalidad que ya no medía del todo. —¿Cansada? —preguntó, apretando mi mano con suavidad. —Un poco —admití, dejando que la sinceridad se filtrara sin esfuerzo en la respuesta, apoyando la cabeza contra su hombro—. Ha sido un día largo, y todavía falta mucho por delante. —Mañana va a ser todavía más largo —comentó él, dejando un beso breve sobre mi cabello, con esa media sonrisa torcida que ya reconocía tan bien—. Pero después de mañana, ya no vamos a tener que preocuparnos por listas de invitados ni por planos de mesas nunca más. —Eso suena casi como un alivio —respondí, dejando que una risa suave se me escapara entre los labios. —Lo es —dijo Kael, girándose para mirarme de frente, con una expresión más suave de lo habitual—. Aunque debo confesar que hay algo que sí me preocupa un poco de mañana. —¿Qué cosa? —pregunté, genuinamente curiosa ante el cambio de tono, alzando la mano para acomodarle el cuello de la camisa sin ninguna razón en particular, solo por el gusto de tocarlo. —Que después de la boda, ya no vas a tener ninguna excusa para seguir fingiendo que no te importamos —respondió él, con una sinceridad que me tomó completamente desprevenida, sosteniéndome la mirada sin ningún rastro de burla en los ojos. No supe qué responder de inmediato, sintiendo que el comentario me había golpeado en un lugar mucho más profundo del que estaba dispuesta a admitir frente a él. En cambio, me puse de puntillas y le dejé un beso corto en los labios; un gesto pequeño que no necesitó ninguna palabra para responder a lo que él acababa de decir. —Guarda ese comentario para mañana, entonces —le dije, con una sonrisa que no terminó de disimular del todo lo mucho que sus palabras se me habían quedado clavadas en el pecho. Kael soltó una risa breve, casi genuina, y me apretó la mano un poco más fuerte antes de que ambos siguiéramos caminando de regreso hacia el resto de la casa, donde Kai ya nos esperaba en el vestíbulo, revisando algo en su teléfono con una expresión que se le iluminó de inmediato apenas nos vio aparecer. —Justo a tiempo —dijo, guardando el teléfono con una sonrisa amplia—. Mi madre acaba de avisar que ya está por llegar algo que va a hacer que mañana sea todavía más especial. Alcé una ceja hacia él, sin entender del todo a qué se refería, pero antes de que pudiera preguntar, un ruido de motores se dejó escuchar desde el camino de grava, seguido del sonido de puertas de auto abriéndose una tras otra. Kai me tomó de la mano con una emoción apenas contenida, guiándome hacia la entrada principal, donde Cordelia ya esperaba de pie junto a la puerta, con las manos entrelazadas frente al pecho y una sonrisa que le desbordaba el rostro entero. —Llegaron justo a tiempo —anunció ella, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. Mila, querida, ven a ver esto. Mandé traer varias opciones más para que elijas con calma cuál quieres usar mañana.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







