Se connecterMe mostró también fotografías del ramo que ya estaba encargado, un arreglo silvestre de rosas blancas y flores pequeñas de jardín, agrupadas de forma compacta entre ramitas de follaje fino que le daban un aspecto natural y romántico.
—Todo va a quedar precioso —repitió ella, una vez más, antes de dejarme sola para que descansara un rato antes de la cena. Me quedé tendida sobre la cama nueva, mirando el techo alto de aquella habitación que en menos de veinticuatro horas se convertiría, oficialmente, en la mía, y sentí que el peso entero del día se asentaba despacio sobre mis párpados hasta que el cansancio terminó por vencerme sin que me diera cuenta del todo. Un golpe suave contra la puerta me despertó un rato después. Daria asomó la cabeza, anunciando que la cena ya estaba servida en el comedor principal, y bajé con el cabello todavía un poco revuelto por la siesta, encontrando a toda la familia ya reunida alrededor de la mesa: Kalen a la cabecera, Cordelia a su lado, Chloé frente a mí, y Kael y Kai ocupando los lugares que ya reconocía como suyos, con las miradas iluminándose apenas me vieron entrar. —Ahí está —dijo Kai, poniéndose de pie para acercarse y dejarme un beso breve en los labios antes de que pudiera siquiera sentarme—. ¿Y bien? ¿Encontraste el vestido perfecto? —No puedo decírtelo —respondí, riendo mientras me acomodaba en mi silla—. Es mala suerte, según tu madre. —Es la peor tradición que existe —se quejó Kai, aunque sin ningún enojo real detrás de las palabras, volviendo a su asiento con un suspiro exagerado. —Es la tradición correcta —lo corrigió Kael, con esa media sonrisa torcida—. Y precisamente por eso vamos a tener que conformarnos con imaginarla hasta mañana. Cenamos entre comentarios ligeros sobre los últimos preparativos, sobre algún pariente que había llegado esa misma tarde desde San Petersburgo, y sobre el clima que, según Kalen había confirmado con su propio equipo de seguridad, estaría completamente despejado al día siguiente. Chloé participó apenas en la conversación, limitándose a comentarios breves cada vez que Cordelia le preguntaba algo directamente, y yo evité cruzar la mirada con ella más de lo estrictamente necesario, concentrándome en cambio en el calor constante de las manos de Kai y Kael, que no dejaron de buscar la mía por debajo de la mesa durante toda la cena. Cuando la cena terminó, Cordelia anunció que era hora de que cada quien se retirara a descansar, recordándonos, una vez más, que al día siguiente el itinerario comenzaría temprano y que necesitábamos toda la energía posible. Kalen se despidió con un gesto breve de cabeza, y Chloé desapareció hacia su propia ala sin dirigirme una sola palabra directa, dejándome a solas con Kael y Kai en el pasillo que conducía hacia las habitaciones. Caminamos los tres juntos hasta llegar frente a la puerta de nuestra futura habitación, y ninguno de los dos pareció tener ninguna prisa por despedirse del todo. Kai fue el primero en acercarse, tomándome del rostro entre las manos con una suavidad que contrastaba con la intensidad que le brillaba en los ojos. —No puedo esperar a que llegue mañana por la noche —murmuró, antes de inclinarse para besarme despacio, un beso que empezó suave y que fue profundizándose poco a poco, sus dedos deslizándose desde mi mejilla hasta la nuca para sostenerme más cerca. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, dejando que un suspiro pequeño se me escapara entre los labios cuando su mano bajó hasta mi cintura, apretándome contra su cuerpo con una necesidad que no intentaba disimular en lo absoluto. Le devolví el beso con la misma intensidad, enredando los dedos en su cabello, y solo nos separamos cuando la falta de aire se volvió inevitable, ambos respirando un poco más rápido de lo normal. —Mañana por fin vamos a dormir juntos —le dije, dejando que la voz me saliera un poco más ronca de lo que esperaba. Kael, que había esperado su turno apoyado contra la pared con los brazos cruzados, se acercó entonces con esa elegancia depredadora tan suya, tomándome de la cintura para atraerme hacia él sin ningún preámbulo. Su beso fue distinto al de Kai, más pausado al inicio pero cargado de una intensidad que se fue construyendo despacio, sus manos recorriéndome la espalda con una firmeza que me arrancó un gemido bajo, apenas audible, contra sus labios. —Vas a tener que aprender a controlar esos sonidos tan bonitos que haces —murmuró él contra mi boca, con una sonrisa torcida —. Porque después de mañana, no pienso dejarte mucho descanso. Sentí el calor subirme por el cuello ante el comentario, y antes de que pudiera responder nada, Kael volvió a besarme, esta vez con más urgencia, sujetándome la mandíbula con los dedos para profundizar el contacto mientras Kai se acercaba por detrás, dejando un rastro de besos suaves a lo largo de mi cuello y mi hombro descubierto, sus manos posándose con delicadeza sobre mi cintura desde el otro costado. Me encontré atrapada entre los dos, con la espalda casi rozando el pecho de Kai y los labios todavía cautivos entre los de Kael, sintiendo cómo el calor de ambos cuerpos se filtraba a través de la tela de mi ropa, encendiendo algo en mi interior que ya no sabía distinguir del todo si seguía perteneciendo a la actuación que llevaba semanas sosteniendo o si, sin darme cuenta, se había convertido en algo genuinamente mío. Dejé escapar otro suspiro tembloroso cuando los labios de Kai encontraron el punto exacto detrás de mi oreja, y sentí la risa grave de Kael vibrarle en el pecho contra el mío, satisfecho con la reacción que había logrado provocar entre los dos. —Deberíamos parar —dijo Kai, aunque su voz sonaba tan poco convencida como se sentía mi propio cuerpo, sin ninguna intención real de alejarse todavía. —Deberíamos —concedió Kael, sin soltarme tampoco, dejando un último beso lento sobre mis labios antes de apartarse apenas lo suficiente para mirarme de frente, con los ojos oscurecidos por algo que no intentó disimular—. Mi madre nos va a matar si nos encuentra todavía aquí parados. Solté una risa suave, todavía con el pulso acelerado y la respiración un poco irregular, y me obligué a dar un paso hacia atrás, sintiendo el frío repentino de la ausencia de sus cuerpos como algo casi físico contra mi piel. —Buenas noches —les dije, con la voz todavía un poco ronca, apoyando la mano sobre el picaporte de mi puerta. —Buenas noches, futura esposa —respondió Kai, con esa sonrisa amplia que nunca terminaba de apagarse, robándome un último beso corto antes de que Kael lo empujara suavemente hacia el pasillo, en dirección al ala de sus padres. —Duerme bien, Mila —murmuró Kael, deteniéndose un instante más que su hermano, con esa media sonrisa torcida suavizándose en algo mucho más tierno—. Mañana empieza el resto de tu vida. Los observé alejarse juntos por el pasillo, empujándose el uno al otro con comentarios que no alcancé a escuchar del todo, hasta que doblaron la esquina y desaparecieron de mi vista. Me quedé un momento más de pie frente a la puerta, con los labios todavía hinchados por los besos y el corazón latiéndome a un ritmo que no terminaba de calmarse, antes de finalmente entrar a la habitación y cerrar la puerta detrás de mí, dejando que el silencio de aquel cuarto nuevo me envolviera por completo.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







