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CAPÍTULO | 35

last update Veröffentlichungsdatum: 20.09.2026 13:42:59

DOMINGO 19, ABRIL, 2020.

​El sol entraba con una fuerza tibia y dorada por el enorme ventanal de la habitación, inundando la cama de destellos brillantes que me obligaron a entornar los ojos antes de terminar de despertar del todo. Me quedé inmóvil un momento sobre las sábanas, escuchando el murmullo pausado de la marea que rompía contra la orilla con un ritmo suave y constante.

​Al estirar una pierna despacio, el cuerpo me pasó la primera factura de la noche anterior. No era un daño grave ni mucho menos, pero sí un cansancio profundo, un hormigueo cálido y esa molestia persistente entre los muslos que me recordaba, sin ninguna sutileza, la intensidad sin frenos con la que Kai y Kael me habían tomado anoche. Me encontraba sola en la habitación; los chicos de seguro se habían levantado temprano, dejándome espacio de sobra para descansar, y por un instante me pregunté cuánto tiempo llevaría durmiendo.

​Estaba a punto de incorporarme cuando la puerta del dormitorio se abrió con suavidad y Kai apareció en el umbral. Venía recién bañado, vistiendo una playera blanca que se le ajustaba al pecho y un pantalón claro, con el cabello oscuro todavía algo húmedo. Sus ojos azules se iluminaron por completo en cuanto notó que ya tenía los ojos abiertos y fijos en él.

​—Buenos días, preciosa —murmuró, acercándose a la cama con pasos lentos.

​Se inclinó sobre mí, apoyando una mano a un costado de mi cabeza sobre el colchón, y me dejó un beso tierno y prolongado en los labios, con ese aroma limpio a jabón fresco y a menta que ya empezaba a asociar con él. Cuando intenté acomodarme mejor contra la almohada para corresponderle el gesto, me resultó imposible evitar una pequeña mueca de incomodidad, seguida de un suspiro pesado que se me escapó al sentir el tirón agudo en las caderas.

​Kai se detuvo al instante, separándose apenas unos centímetros para mirarme directamente a los ojos con una atención inmediata y dedicada, como si mi propio cuerpo le importara más que cualquier otra cosa en ese momento.

​—¿Te duele mucho? —preguntó en voz baja, pasando la yema del pulgar por mi pómulo mientras una sonrisa leve, cargada de una preocupación genuina pero también de un orgullo que no intentó disimular en lo absoluto, le curvaba los labios—. Nos pasamos un poco anoche, ¿verdad?

​—Un poco nada más —respondí con la voz todavía ronca por el sueño, dejándome querer mientras apoyaba el rostro contra su palma abierta—. Me cuesta un poco moverme, pero estoy perfectamente bien, de verdad.

​—Quédate acostada si quieres, puedo traerte el desayuno completo hasta aquí —ofreció él de inmediato, dándome un beso corto y juguetón en la punta de mi nariz—. Kael está abajo, terminando de preparar el desayuno en la cocina.

​—No, prefiero levantarme y darme un buen baño —dije, haciendo un esfuerzo consciente por incorporarme del todo sobre el colchón, aunque cada movimiento me arrancara alguna protesta silenciosa del cuerpo entero.

​El malestar volvió a hacerse presente en la parte baja de la espalda y a lo largo de las piernas, pero era una molestia manejable. Kai me ayudó a sentarme en el borde de la cama, rodeándome la cintura con un brazo firme y cálido hasta que aseguré los pies descalzos contra el piso. Me puse de pie despacio, sintiendo la tibieza de la madera bajo las plantas, y caminé con paso lento hacia el baño principal.

​Al cerrar la puerta del baño y quedarme a solas con el sonido del agua comenzando a caer en la ducha, me despojé de la bata y entré bajo el chorro caliente. El vapor llenó el espacio de inmediato, desatando la tensión de mi cuerpo y aliviando poco a poco la molestia muscular que llevaba arrastrando. Apoyé las manos contra el azulejo húmedo y dejé que el agua me corriera por el rostro. Me tomé mi tiempo bajo el chorro, dejando que el agua caliente terminara de deshacer los últimos nudos de cansancio, y cerré la llave solo cuando sentí que el cuerpo entero me lo agradecía. Salí de la tina, me envolví en una toalla grande y me sequé con calma.

​Caminé hacia el vestidor, todavía descalza, y abrí las puertas en busca de algo fresco y ligero que combinara con el calor suave de la mañana isleña. Elegí un vestido midi de color amarillo pastel, de corte asimétrico que dejaba al descubierto mi hombro izquierdo con un aire relajado y veraniego. El diseño llevaba un fruncido suave en el torso que moldeaba mi figura sin apretar de más, abriéndose desde la cintura en una falda fluida de corte A que llegaba hasta media pierna, ideal para moverme sin ninguna incomodidad adicional. En los pies me puse unas sandalias planas estilo slide, en cuero marrón, con la clásica tira calada en forma de H, perfectas para caminar sobre superficies irregulares sin sacrificar comodidad.

​Frente al espejo del tocador me maquillé lo justo para darme un aire fresco y descansado, disimulando apenas la ligera hinchazón que todavía se me notaba alrededor de los ojos. Me apliqué un toque de la fragancia Goddess de Burberry, dejando que las notas dulces y cálidas me envolvieran como una segunda piel. Me ajusté un juego de pulseras rígidas tipo semanario que alternaban aros transparentes, dorados y resinas con efecto carey, y terminé de peinar mi cabello dejándolo caer suelto sobre los hombros, con las ondas naturales todavía marcadas por la humedad del baño. Sobre la cómoda dejé unas gafas de sol de estilo retro y salí de la habitación.

​Al caminar por el pasillo hacia la cocina me llegó el aroma delicioso a café recién molido mezclado con notas de vainilla. Sobre la barra reposaba el servicio que los chicos habían preparado temprano: una selección exclusiva de quesos franceses madurados, brioches recién horneados, tostadas francesas con frutos rojos silvestres, copas de champán Dom Pérignon helado y cuencos con yogur griego orgánico, miel de azahar y fruta fresca.

​Kael estaba de pie junto a la barra, vistiendo una camisa azul claro con las mangas remangadas hasta los antebrazos y un pantalón oscuro. Sus ojos azules se fijaron en mí desde el instante en que aparecí en el umbral.

​Su media sonrisa torcida se asomó de inmediato, suave y casi involuntaria.

​—Miren quién decidió bajar por fin —dijo Kael con su voz grave, dejando la copa sobre la barra y cruzándose de brazos para contemplarme de arriba abajo con esa calma depredadora tan suya—. Pensé que tendríamos que subir a cargarte hasta aquí.

​—Puedo caminar perfectamente, Kael —respondí, avanzando hacia la barra mientras disimulaba, con el mayor esfuerzo que pude reunir, la ligera rigidez de mi andar.

​Kai, que terminaba de acomodar una bandeja con tartaletas de frambuesa, me recibió con una sonrisa amplia y se apresuró a acomodar la silla acolchada para que pudiera sentarme sin esfuerzo extra.

​—Te ves hermosa, bonita —dijo, dándome un beso dulce en la mejilla antes de tomar su propio lugar frente a mí.

​—Gracias —dije, acomodándome despacio en el banco alto, agradeciendo en silencio la comodidad del asiento.

​Kael se acercó por mi otro costado, apoyó una mano firme en mi cintura y me dejó un beso breve pero intenso en los labios, reteniendo mi mirada un instante más de lo estrictamente necesario.

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