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CAPÍTULO | 36

Author: Kasia_SV
last update Petsa ng paglalathala: 2026-09-20 13:43:11

​—Buenos días, Mila —murmuró cerca de mi boca, antes de sentarse a mi lado con esa elegancia natural que nunca parecía costarle ningún esfuerzo—. Desayuna bien. Hoy vamos a recorrer el puerto y el centro de la villa, y quiero que disfrutes el día entero sin ninguna preocupación.

​El calor de la mañana se filtraba suavemente por la puerta de la terraza mientras los tres disfrutábamos del desayuno entre comentarios sueltos. Tanto Kael como Kai parecían haber desplegado, sin ponerse de acuerdo, una competencia silenciosa de atenciones hacia mí.

​Si Kai estiraba la mano para servirme una cucharada de caviar sobre un blini tibio, Kael intervenía de inmediato, tomándome los dedos para acercarme una copa de fruta con miel de azahar de forma suave y precisa, dedicándome esa mirada azul y dominante que me obligaba a contener el aliento un segundo entero.

​—No la acapares desde tan temprano, Kael —protestó Kai en tono de broma, inclinándose por encima de la barra para atraparme el mentón con suavidad y robarme un beso rápido, impregnado todavía del sabor dulce de las tartaletas—. Recuerda que hoy la mitad del recorrido por la villa me pertenece a mí.

​—Mila no se divide, Kai —respondió Kael sin perder la calma, devolviéndome una caricia lenta en la parte baja de la espalda que me erizó la piel entera—. Ella está aquí con los dos, pero eso no significa que vaya a dejarte llevar todo el ritmo del día.

​Solté una pequeña risa ante la riña de los gemelos, sintiendo cómo el ambiente juguetón lograba disipar casi por completo el rastro de cansancio que todavía arrastraba desde la mañana. La complicidad entre los dos se mezclaba con una necesidad constante de tocarme, de reafirmar, con cada gesto, que ahora éramos esposos de manera oficial ante todos. Cada rozamiento de sus manos sobre mis hombros, cada beso imprevisto que me dejaban en la mejilla o en el cuello mientras se movían por la cocina, me atrapaba en una red de sensaciones cálidas que ya no me molestaba en analizar demasiado.

​—Bueno, si ambos van a pelearse por quién me atiende mejor, creo que voy a disfrutar mucho todo —comenté, dando un último sorbo a mi copa de champán mientras los miraba a los dos con una sonrisa ligera.

​—No es una pelea, bonita —aseguró Kai, rodeándome por completo con los brazos desde atrás mientras me mantenía sentada en el banco, apoyando su barbilla sobre mi hombro para dejarme un rastro de besos tibios sobre la piel expuesta del cuello—. Es solo que todavía me resulta fascinante tenerte aquí como nuestra esposa.

​—Y no pensamos dejar que se te olvide ni por un segundo —añadió Kael, poniéndose de pie para acercarse a mi otro costado, inclinándose con fluidez para sellar sus labios contra los míos en un beso más profundo, posesivo y exigente, que me hizo cerrar los ojos y responder de inmediato al toque de su boca.

​Cuando nos separamos, con el pulso ligeramente alterado, Kael me tomó de la mano para ayudarme a bajar del banco con delicadeza, cuidando cada uno de mis pasos como si mi propio equilibrio dependiera enteramente de él.

​—Prepara tus cosas, Mila. El convertible ya está listo y la villa nos espera —dijo, acariciando la palma de mi mano con el pulgar antes de soltarme apenas lo necesario para dejarme moverme.

​Terminé de alistarme y caminé de vuelta al dormitorio un momento a buscar las gafas de sol que había dejado listas sobre la cómoda, todavía con la sensación cálida de sus atenciones adherida a la piel. Cuando regresé, encontré a Kai apoyado contra el marco de la puerta principal, ya con sus propias gafas de sol puestas, y a Kael revisando algo en su teléfono con una expresión relajada que rara vez le veía.

​Salimos de la propiedad bajo un cielo completamente despejado, de un azul tan intenso que parecía pintado a propósito para acompañar el día. El convertible aguardaba en la grava, con la capota bajada y el interior de cuero tibio bajo el sol de la mañana. Esta vez fue Kai quien asumió el volante, mientras Kael se acomodó a mi lado en el asiento trasero, manteniéndome pegada a su cuerpo durante todo el trayecto inicial hacia el centro de la villa, con un brazo extendido a lo largo del respaldo detrás de mis hombros.

​El motor arrancó con un rugido suave y potente, y el auto avanzó despacio, dejando atrás la casa y su fachada de piedra clara. El viento marino nos rodeó de inmediato, revolviéndome el cabello suelto y arrastrando consigo el aroma salado del mar mezclado con el perfume dulce del ambiente costero.

​—Es un buen día para estar aquí —comentó Kai desde el volante, ajustándose las gafas mientras aceleraba suavemente en una curva abierta—. El centro suele ponerse interesante a esta hora.

​—Hace tiempo no nos tomábamos unos días así, sin reuniones ni la presión de mi padre encima —agregó Kael, apretándome suavemente el hombro con la mano que mantenía apoyada detrás de mí.

​—Se nota —respondí, apoyando la cabeza un instante contra su hombro mientras disfrutaba del aire fresco en el rostro—. Nos viene bien a los tres.

​Kai me miró por el espejo retrovisor con una sonrisa confiada.

​—Vas a disfrutar el puerto, Mila. Reservamos un espacio privado en la marina y las boutiques tienen preparadas un par de cosas que pedí antes de viajar.

​—Siempre tan previsor, Kai —comentó Kael con un tono seco pero entretenido, sin dejar de acariciarme la espalda baja.

​La villa se desplegaba frente a nosotros con la solidez y el refinamiento de los destinos más exclusivos de Europa: majestuosos edificios de piedra clara y arquitectura neoclásica mezclados con firmas de alta costura, terrazas panorámicas repletas de visitantes de la alta sociedad y el rugido discreto de motores de lujo paseando por las calles empedradas. Al borde de la bahía, la marina albergaba megayates de varios pisos alineados impecablemente sobre las aguas cristalinas.

​Kai condujo el convertible suavemente hacia la zona del puerto deportivo, ingresando al carril reservado donde los aparcacoches de uniforme impecable se apresuraron a recibir el auto. En cuanto el motor se apagó, el murmullo distinguido del bulevar y la marea terminaron de armar el escenario de la mañana.

​Kael bajó primero y rodeó el auto para abrirme la puerta, ofreciéndome la mano con su habitual distinción natural. Kai rodeó el vehículo de inmediato por el otro lado, extendiendo también la suya para sujetarme del codo con firmeza juguetona.

​—Creo que puedo caminar sola, de verdad —les dije, aunque no solté los agarres firmes de ninguno de los dos.

​—Nunca vamos a dejar que camines completamente sola, Mila —respondió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía—. Ni hoy, ni ningún otro día.

​Caminamos los tres juntos hacia el bulevar del puerto, donde la brisa del mar se mezclaba con el aroma a café expreso y el perfume de las flores frescas que adornaban las terrazas de mármol. Kai se adelantó un par de pasos para indicarnos la terraza privada frente a la marina, mientras Kael se quedaba pegado a mi costado, guiándome con una mano firme y protectora en la espalda baja entre el paseo de compradores y visitantes del puerto.

​—¿Qué quieres hacer primero? —me preguntó Kael, inclinándose un poco hacia mí para que su voz no se perdiera entre el murmullo de la marina.

​—Vamos a caminar un poco por el bulevar —respondí, ajustando mis gafas de sol mientras me dejaba guiar por ambos—. Quiero ver el puerto.

​—Como ordene la señora Sokolov —dijo Kai con un guiño, tomándome de la mano libre mientras avanzábamos a paso tranquilo sobre el mármol del paseo marítimo, listos para empezar el recorrido por el centro de la villa.

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