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Capítulo 2

Autor: Aria Salvatore
Al día siguiente por la tarde, visité El Hilo Plateado, una joyería exclusiva para la alta sociedad. Buscaba un obsequio para devolverle el favor al príncipe. Los rumores aseguraban que los ojos del príncipe Nocturne eran de un verde tan tóxico como el veneno. Por eso, al descubrir unos prendedores de plata en forma de serpiente con esmeraldas incrustadas, supe que eran la elección perfecta. Un detalle sencillo y elegante para los puños de su traje.

Justo cuando pagué y di media vuelta hacia la salida, una voz muy familiar me detuvo en seco.

—¡Ay, mi amor, mira! Mi tierna hermanita está desesperada. Ayer rechazó tu increíble oferta y hoy te compra un regalo carísimo. Yo jamás podría ser tan... manipuladora.

Liana venía aferrada al brazo de Marcus. Él clavó la vista en la cajita de terciopelo que yo sostenía y me dedicó una sonrisa cargada de su asquerosa arrogancia.

—Y yo que te creía por encima de estos jueguitos, Elara —se mofó—. ¿Intentas comprar mi perdón? ¿Todo para no casarte con un mercenario?

Entonces lo recordé. Era su cumpleaños. Ese par de ilusos creían que compré un regalo. Marcus echó un vistazo, con desprecio, a los prendedores mientras el joyero terminaba de empacarlos.

—Qué diseño tan horrible. Prefiero los leones, un detalle que deberías saber de memoria.

—No son para ti —aclaré con fastidio—. Son para mi prometido.

El desgraciado se echó a reír en mi cara.

—Nadie en su sano juicio se casaría con una mujer de tu edad. Deja de hacerte la difícil o retiro la gran oportunidad de aceptarte como mi sirvienta.

Liana desvió la atención hacia el local de al lado. El letrero exhibía una gota de sangre a punto de caer sobre un símbolo macabro. Del interior escapó un alarido estridente que se ahogó al instante para darle paso a un silencio sepulcral.

—¡Mira, cariño! —chilló ella y señaló el edificio—. El Registro Nupcial está ahí mismo. Podemos marcarla hoy. No soporto la idea de verla sufrir por su futuro. Vamos... hay que ayudarla.

—Ay, mi niña hermosa —suspiró Marcus. Le dio un toquecito en la nariz y luego me dedicó una mirada diabólica—. ¿Y bien? Ya la escuchaste. ¡Camina!

De pronto, levantó su bastón. Mi cuerpo obedeció a la fuerza del hechizo y mis piernas avanzaron en contra de mi voluntad.

La oficina del Registro Nupcial era un agujero oscuro. Apestaba a desinfectante barato y al terror de las víctimas. En el centro del salón ardía un caldero lleno de carbones al rojo vivo. A un costado destacaba un estante con varios fierros para marcar animales, aunque forjados con símbolos de esclavitud.

Un pobre diablo yacía inmovilizado sobre una mesa de piedra. El verdugo del lugar sacó un fierro ardiente con el sello de «ladrón». El siseo de la carne achicharrada contra el hombro desató un grito de agonía que retumbó en las paredes. Marcus palideció y apartó la vista. Liana no mostró repulsión. Al contrario, un brillo perverso le iluminó los ojos.

Le susurró unas palabras a uno de los guardias. El hombre se abalanzó sobre mí y me inmovilizó el brazo.

—¡Suéltame! —exigí.

—¡Tranquila, Elara! —canturreó Liana. Dio unos saltitos infantiles hasta el estante—. ¡Yo te elijo uno bonito!

Con una calma perturbadora, paseó el dedo por los fierros hasta detenerse en una pieza en particular. Era un símbolo asqueroso. Un sello para marcarte como un simple objeto sexual.

—Este —murmuró. Ahogó una risita macabra al sacarlo de la fila—. ¡Este te va a quedar hermoso!

Se acercó a mí con el hierro en la mano, como si el peso no le importara. El resplandor de la punta ardiente tiñó mi rostro de naranja.

El pánico me inyectó la fuerza necesaria para quebrar la magia de Marcus. Me retorcí a tirones y levanté el brazo libre. No intenté golpearla, solo buscaba alejar ese metal incandescente de mi cara. Sin embargo, Liana fingió un tropiezo y dejó escapar un alarido exagerado, como si yo la hubiera empujado. El hierro cayó y repiqueteó contra la piedra del piso. Una diminuta chispa saltó y aterrizó en el dorso de su mano. Se apagó en un parpadeo sin dejar ni la sombra de una mancha roja. Aun así, Liana, en su papel de actriz, se agarró la piel mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. La muy dramática comenzó a llorar.

—¡Yo solo quería ayudarte para que no te casaran con un mercenario pervertido! ¡Y tú... tú me quemaste! —gimoteó.

Aún no asimilaba semejante teatro cuando Marcus se lanzó en mi contra. No me gritó ni me insultó: me dio un empujón tan violento que perdí el equilibrio por completo. Caí de lado y apoyé las manos en el borde ardiente del caldero. El dolor me cegó. El olor a mi propia carne quemada me nubló el juicio. Me quedé sin aire, incapaz de articular un solo sonido.

Una sombra me cubrió. Marcus agitó su bastón de nuevo. Mi propio puño impactó contra mi rostro con tal fuerza que me partió el labio. El sabor a hierro de mi sangre me inundó la boca. Él me miró desde arriba con un asco profundo.

—¡Eres una maldita escoria! ¡Después de lo buena que fue tu hermana contigo! ¡Pídele perdón! ¡Ahora! —ordenó.

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