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Capítulo 4

Autor: Aria Salvatore
Dos días después, aguardaba en el vestíbulo de mi casa. El peso del vestido de bodas me aplastaba los hombros. Era una obra maestra de terciopelo negro y filigrana plateada. Me sentía hermosa y con autoridad.

Los regalos del príncipe estaban repartidos por el salón principal. Había barriles de vino de sangre añejo, baúles repletos de copas forjadas a la luz de la luna y tapices antiguos con escenas de la Larga Noche. El ambiente olía a fortuna y el resplandor de los objetos encandilaba la vista.

Mis padres se acercaron con las piernas temblorosas. Mi madre se estrujaba las manos por los nervios.

—Elara —comenzó mi padre en un susurro—. Sobre la confesión de Liana... Quizás todo fue un malentendido. Un arrebato de envidia infantil. Exigirle que pase por esa humillación el día de tu boda es una condena. ¿No puedes tener un mínimo de compasión y la decencia de comportarte como una hermana mayor?

La última esperanza a la que me aferraba estalló en mil pedazos. Por un segundo creí que me mirarían con algo de cariño, aunque fuera por el día de mi boda. Yo misma había tratado de justificar el espacio vacío en mi baúl de dote. Había intentado excusar en mi cabeza la falta de una bendición familiar. Me había querido convencer de que andaban distraídos o se les había olvidado... No, nada de eso. Ah, pero para suplicar por su hija favorita sí se acordaban.

—No —sentencié con la firmeza de un golpe—. El trato sigue en pie. Si no lo cumplen, me niego a salir de este lugar. Ustedes tendrán que darle la cara al príncipe Nocturne y explicarle mi ausencia. Vamos a ver cuánta paciencia les tiene.

Sus rostros se desfiguraron por la rabia que intentaban contener.

Como si ya fuera habitual, un escándalo estalló en la sala principal. Una risa petulante me atormentó los oídos. Era Marcus. Caminé a toda prisa por el pasillo. La cola de mi vestido se arrastraba sobre las piedras. Apenas llegué, vi que el desquiciado estaba en la silla de mi padre con aires de superioridad. Sostenía un fierro de marcar muy delgado. Jugaba con él como si fuera el cetro de un rey. No era un metal asqueroso como el del registro, sino uno forjado con el escudo del león de su linaje.

—¡Ah, Elara! Ahí estás —se burló. La perversión se delataba en el brillo de sus ojos—. Te quedan treinta minutos antes de que el Registro Nupcial te case con cualquier mercenario de los bajos mundos. Así que te traigo una oferta nueva. Hazle una reverencia a Liana, aquí y ahora. Mil ochocientas veces, para ser exactos. Si terminas a tiempo, tendré la bondad de premiarte con mi increíble marca de sirvienta. Es una oferta imperdible a pesar de tu nefasta actitud.

Hizo una pausa y por fin se fijó en el vestido. La sonrisa se le borró de la cara y le cedió el paso a una mueca de asco.

—¿Qué es ese disfraz de luto? ¡¿Acaso intentas robarle el protagonismo a Liana en el día que más apoyo necesita?! —rugió.

Le sostuve la mirada sin dejarme intimidar por su berrinche.

—Me caso hoy. Y no recuerdo haberte invitado —repliqué con frialdad.

—¡Ja! —bufó, y se inclinó hacia adelante—. ¿Sigues con tu papelito de niñita orgullosa? Perfecto. Acabas de desperdiciar tu nueva oportunidad por abrir la boca. Ahora son tres mil seiscientas reverencias para aceptar marcarte. Decide de una vez o yo decidiré por ti.

Chasqueó los dedos y tres de sus secuaces musculosos emergieron de las sombras. El objetivo era claro y la malicia en sus ojos lo gritaba a los cuatro vientos: querían arrancarme el vestido, dejarme desnuda y obligarme a caer de rodillas delante de todos.

Retrocedí a trompicones cuando aquellos brazos fornidos se abalanzaron para atraparme.

—¡Ni se atrevan a ponerme un dedo encima! ¡Hoy me voy a casar! —grité.

Los tipos me acorralaron con sonrisas sádicas y me empujaron hacia atrás.

—¿Y quién nos lo va a impedir? —se mofó uno de ellos—. Vas a ser la sirvienta de Marcus... estarás por debajo de todos nosotros... Quita las manos de ahí. ¿Qué tanto escondes? Vestida así, estás pidiendo a gritos que te toquemos.

Me arrinconaron contra la pared. Marcus abrió los brazos, dispuesto a disfrutar el espectáculo.

En ese preciso instante, todo el salón se sumió en una oscuridad que me erizó la piel. Al otro lado de los ventanales, un enjambre de murciélagos del color de la sangre cubrió los cristales. Todos en la sala palidecieron. Nadie se atrevió a mover ni un músculo.

—Adelante —desafió una voz grave desde la entrada de la sala—. Pónganle un solo dedo encima a mi prometida. Atrévanse.

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