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Capítulo 5

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-23 01:32:20

Serena

La mañana llegó como si me guardara rencor.

Desperté en aquella cama ridícula, con la luz gris filtrándose por las cortinas y la clara certeza de que todavía seguía allí. Seguía casada. Seguía fingiendo ser mi hermana en una casa que parecía cobrar el alquiler en almas.

Me quedé inmóvil un momento, mirando el techo.

Día uno de trescientos sesenta y cinco. Si empiezo a gritar ahora, al menos me lo quito de encima temprano.

El reloj de la mesita de noche marcaba las 7:12. El desayuno era a las ocho. Adrian Vale no parecía el tipo de hombre que toleraba la impuntualidad, la debilidad ni ninguna flaqueza humana que no pudiera monetizarse.

Me obligué a salir de la cama y meterme en la ducha. La presión del agua era excelente. Por supuesto que lo era. Todo en aquel lugar era excelente, excepto el pequeño detalle de que estaba atrapada allí.

Me vestí con cuidado con uno de los conjuntos entallados de Vivienne: una blusa color crema, pantalones oscuros y ese tipo de lujo discreto que hablaba de dinero sin necesidad de alzar la voz. Me recogí el cabello como lo habría hecho ella. Me puse el labial rosa. Para cuando me miré al espejo, la transformación resultaba deprimentemente convincente.

—Felicidades —le dije a mi reflejo—. Pareces alguien que toma buenas decisiones.

Mi reflejo no estuvo de acuerdo.

A las 7:55 salí del ala este y seguí las instrucciones que la señora Lang había dejado. El comedor estaba en la planta baja, con sus ventanales altos y una larga mesa pulida. Adrian ya estaba allí, sentado en la cabecera, con una taza de café negro y un periódico cuidadosamente doblado junto a su plato. Llevaba otro suéter oscuro que, de alguna manera, lo hacía parecer más peligroso que el traje formal de la noche anterior.

Levantó la mirada cuando entré.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Por favor, que esto sea breve. Por favor, que sea de los que comen en silencio y luego desaparecen entre sus riquezas. Por favor, que no quiera conversar.

Algo indescifrable cruzó sus ojos. Señaló la silla a su derecha.

Me senté.

Un miembro del personal apareció en silencio, sirvió café y volvió a desaparecer. Los platos ya estaban servidos: huevos, tostadas, fruta; el tipo de desayuno que asumía que habías dormido bien y tenías el apetito de alguien que había descansado como un bebé.

Yo no tenía ni lo uno ni lo otro.

Adrian me observó por encima del borde de su taza.

—¿Dormiste?

—Sí —mentí.

No. Me quedé mirando el techo y preguntándome cuántos años de cárcel corresponden al fraude de identidad en este estado. Pero gracias por preguntar.

Su mirada permaneció en mi rostro un instante más de lo necesario. Después dejó la taza sobre la mesa.

—Hay algunos asuntos prácticos que deberíamos abordar —dijo—. La propiedad es segura. Puedes moverte libremente por los terrenos, pero preferiría que no salieras sin avisarme primero. Al menos por ahora.

—Al menos por ahora —repetí.

—El matrimonio todavía es reciente. Habrá atención mediática. Será más sencillo si controlamos la narrativa.

Controlar la narrativa. Claro. Porque nada dice «relación saludable» como un collar con GPS hecho de cortesía.

Mantuve una expresión serena.

—Entiendo.

—También tendrás que asistir a ciertos eventos. Cenas. Apariciones ocasionales en la ciudad. La junta directiva espera que mostremos una imagen de unidad.

—Por supuesto.

Por supuesto. Sonreiré, asentiré y fingiré que pertenezco a este lugar mientras mi verdadera personalidad se muere lentamente en un rincón. No puedo esperar.

Adrian volvió a tomar su café. Su voz siguió siendo serena.

—Si necesitas algo —ropa, libros, artículos personales—, díselo a la señora Lang. Ella se encargará de conseguirlo.

—Es muy generoso de tu parte.

Generoso. Sí. El hombre que ahora es legalmente dueño de un año de mi vida me está ofreciendo privilegios de compra. Me siento tan querida.

Creí ver que una comisura de sus labios se movía. Cuando lo miré directamente, su rostro volvía a estar tan controlado como siempre.

Comimos en un silencio relativamente cómodo durante unos minutos. Moví la comida por el plato e intenté no fijarme en la frecuencia con la que sus ojos volvían a mí. No era la mirada descarada de alguien que se sentía atraído. Era algo más discreto. Más preciso. Como si estuviera leyendo algo escondido justo detrás de mi expresión.

Regresó aquella sensación de la noche anterior: esa extraña impresión, como un cosquilleo bajo la piel, de que él reaccionaba a cosas que yo no había dicho.

Dejé el tenedor sobre la mesa.

—¿Pasa algo? —pregunté.

Adrian sostuvo mi mirada sin vacilar.

—No. ¿Por qué?

—No dejas de mirarme.

—Eres mi esposa —respondió con sencillez—. Sería extraño que no lo hiciera.

Esposa. Lo dice de la misma manera en que otras personas dicen «activo» o «problema que hay que gestionar». Encantador.

Le dediqué una sonrisa cortés.

—Por supuesto.

Sostuvo mi mirada un segundo más. Luego volvió a su café, como si la conversación hubiera llegado a su fin de manera natural.

Odiaba lo inquieta que me sentía.

Odiaba que una parte de mí ya estuviera intentando descifrarlo.

Pero, sobre todo, odiaba aquella sospecha silenciosa e irracional de que Adrian Vale sabía muchísimo más sobre la mujer sentada frente a él de lo que debería.

El desayuno continuó.

Ninguno de los dos mencionó la boda.

Ninguno de los dos habló del año que se extendía ante nosotros.

Y ninguno de los dos, estaba segura, creía ni por un segundo que aquel acuerdo fuera a seguir siendo tan sencillo.

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