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Capítulo 6

Author: Lia Maxwell
last update publish date: 2026-10-23 01:33:21

Adrian

Por las mañanas, era más ruidosa.

Adrian estaba sentado frente a ella en la mesa del comedor, escuchando el flujo constante de comentarios que se desarrollaba dentro de su cabeza mientras su rostro permanecía cortésmente sereno. El contraste era extraordinario. Por fuera, era todo lo que el contrato había prometido: elegante, reservada y apropiadamente deferente. Por dentro, era un filo afilado que no dejaba de cortar.

Por favor, que esto sea breve.

Controlar la narrativa. Claro. Porque nada dice «relación saludable» como un collar con GPS hecho de cortesía.

Generoso. Sí. El hombre que ahora es legalmente dueño de un año de mi vida me está ofreciendo privilegios de compra. Me siento tan querida.

Tomó un sorbo lento de café para ocultar la leve curva que amenazaba con aparecer en la comisura de sus labios.

La habilidad no había desaparecido durante la noche. Si acaso, la proximidad y la tensión residual de la boda parecían haberla fortalecido. Cada pensamiento le llegaba con absoluta claridad en el instante en que ella lo formulaba. Sarcasmo. Resentimiento. Una conciencia involuntaria de su presencia. Bajo el humor corría una corriente de auténtica inquietud, y esa inquietud ya estaba alimentando algo posesivo en su interior.

Ella no era Vivienne Quinn.

Ya no necesitaba más pruebas.

La verdadera Vivienne jamás se habría referido a él como una escultura de hielo ni habría comparado su matrimonio con un activo que debía administrarse. La verdadera Vivienne había sido preparada para desempeñar exactamente ese papel y lo habría aceptado con una elegancia ensayada. Esta mujer llevaba el papel como un abrigo prestado que pensaba devolver en cuanto pudiera.

Y no tenía ni idea de que él podía escucharla mientras intentaba quitárselo.

Adrian dejó la taza sobre la mesa y continuó explicándole las reglas prácticas de la casa. La observó asimilar cada punto y vio el destello de resistencia en sus ojos, una resistencia que nunca llegaba a manifestarse en sus labios. Cuando ella lo acusó de mirarla demasiado, él le dio la respuesta más sencilla y verdadera que tenía a su disposición.

—Eres mi esposa. Sería extraño que no lo hiciera.

Su reacción fue inmediata, aunque solo en su interior.

Esposa. Lo dice de la misma manera en que otras personas dicen «activo» o «problema que hay que gestionar». Encantador.

Algo más frío y, al mismo tiempo, más interesado se asentó en su pecho.

Ella ya estaba intentando clasificarlo. Ya buscaba la perspectiva que le permitiera sobrevivir aquel año sin perder el sentido de quién era. Adrian encontró aquel esfuerzo... fascinante.

El desayuno terminó sin más conversación. Ella se levantó cuando él lo hizo, con la postura impecable y una expresión neutral. Adrian todavía podía escuchar la irritación residual que acompañaba sus pensamientos mientras se preparaba para salir del comedor.

—Serena —dijo.

Ella se detuvo.

Durante una fracción de segundo, perdió el control. Fue algo mínimo, apenas una ligera tensión en los hombros, pero él lo notó. No había esperado que él utilizara nombre alguno. En el contrato figuraba como Vivienne. El personal había recibido instrucciones de tratarla como tal. Adrian aún no había decidido cuánto tiempo permitiría que la ficción continuara en privado.

La observó con atención.

—Señora Vale —se corrigió con suavidad y deliberación—. Esta tarde tengo trabajo en la ciudad. La señora Lang estará disponible si necesitas algo. Cenaremos a las siete.

Ella asintió una vez.

—Por supuesto.

Por supuesto. Otra comida. Otra ronda de silencios cuidadosamente calculados. No puedo esperar.

Adrian la dejó marcharse.

Permaneció en el comedor después de que ella se fuera, terminando el resto de su café mientras la casa recuperaba su silencio habitual. La habilidad se desvaneció con la distancia, dejándole la mente despejada y nuevamente bajo su propio control. Sin embargo, ahora el silencio se sentía diferente. Menos absoluto.

Sacó el teléfono y envió dos mensajes breves.

El primero fue para su jefe de seguridad, a quien pidió una revisión discreta y exhaustiva de los registros médicos y de viaje recientes de la familia Quinn, prestando especial atención a la hospitalización de Vivienne Quinn.

El segundo fue para su abogado, a quien le ordenó preparar un anexo confidencial al contrato matrimonial, uno que resultara mucho más difícil de rescindir que el acuerdo original.

Adrian no tenía intención de desenmascararla ese día.

Tampoco tenía intención de hacerlo nunca, si podía evitarlo.

Ella había entrado en su casa con un nombre falso y una voz que no debería existir. En menos de veinticuatro horas, se había convertido en la variable más interesante de su vida meticulosamente ordenada.

Adrian no tenía la costumbre de dejar escapar las cosas interesantes.

A las siete, ella volvería a sentarse frente a él.

Y él seguiría escuchando.

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