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last update publish date: 2026-09-21 05:22:33

Se despidió de Salma en la puerta del edificio antes de que ella se marchara en su automóvil, acordando encontrarse por la tarde para visitar a la doctora.

En su interior, aquello le provocó una sonrisa amarga.

En lugar de sus constantes salidas con su amiga para distraerse, ahora tenían un único motivo para salir...

La doctora.

Mientras subía las escaleras, con la mente ocupada intentando analizar lógicamente lo ocurrido durante el encuentro de aquel día, se cruzó con el señor Hamdy, su vecino, que acababa de entrar.

Él la recibió con una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes irregulares.

La saludó con una efusividad exagerada, extendiendo la mano:

—Señorita Asia, ¿cómo está? Espero que todo vaya bien.

No tenía energía para aquello.

Le estrechó la mano rápidamente, intentando poner fin a la conversación y marcharse, pero él la prolongó al interponerse en su camino con una pregunta llena de curiosidad:

—¿Todo está bien?... Desde hace semanas noto que estás pálida y cansada todo el tiempo.

Con una descarada confianza, levantó la mano y rozó su piel.

Ella apartó su mano de inmediato y se marchó de allí, mientras todos los demonios del mundo parecían perseguirla.

¿Acaso le faltaba aquello?

Aquel hombre despreciable y su esposa, la mujer insolente que no dejaba de acusarla de mirar a su marido y coquetear con él...

Sentía asco cada vez que lo miraba.

¿Cómo podía siquiera pensar en coquetear con él?

La sola idea le provocaba ganas de vomitar.

Mientras tanto, él permaneció observando cómo se alejaba hasta que desapareció de su vista.

Luego murmuró mientras se pasaba la lengua por sus gruesos labios:

—Rebelde... pero me vuelve loco.

Lo que ignoraba era que un par de ojos de halcón había estado siguiendo la escena desde el principio, esperando el momento de darle su merecido.

Una voz cargada de odio murmuró:

—Hombre despreciable y traicionero... haré que sirvas de ejemplo.

❈-❈-❈

Se sentó a secarse su cabello rubio después de terminar una ducha fría al regresar a casa.

Pero estaba ausente, perdida en sus pensamientos.

Una fuerte sensación de asfixia la acompañaba.

Se aisló durante el resto del día. No tenía fuerzas para enfrentarse a su madre y verla triste, aplastada bajo el peso de las deudas que se acumulaban sobre ellas.

Asia siempre había sido una chica conforme desde pequeña.

Se conformaba con lo poco y jamás ambicionaba demasiado.

Y, a pesar de ello, odiaba la pobreza.

Odiaba a su padre.

Porque, si él hubiera estado presente, quizá sus vidas habrían sido menos crueles...

Si no las hubiera abandonado con tanta facilidad...

Una lágrima caliente rozó tímidamente su mejilla.

La limpió rápidamente, como si se negara a permitirse volver a mostrarse débil.

No quería que el niño que estaba por llegar tuviera una vida miserable como la suya.

Sería egoísta elegir que permaneciera con ella a pesar de saber de antemano el doloroso futuro que le esperaba.

Su vida había transcurrido con normalidad, de manera rutinaria, hasta que aquella noticia del embarazo lo había cambiado todo.

Entonces, ahí estaba la solución.

El embarazo era el punto clave.

Si se deshacía de él, todo volvería a ser como antes...

Se derrumbó llorando ante la crueldad de aquello que estaba a punto de hacer.

Su corazón ni siquiera sería capaz de hacerle daño.

Dejó el secador a un lado, se levantó de su lugar y tomó el teléfono de encima de la cama.

Lo manipuló durante unos instantes hasta llevárselo al oído y esperar una respuesta.

Después de unos segundos, escuchó su voz aguda al otro lado de la línea:

—Hola.

—Soy Asia...

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