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last update 게시일: 2026-09-21 18:24:26

Hubo unos segundos de silencio antes de que continuara:

—He aceptado el acuerdo.

La otra mujer guardó silencio durante unos instantes, como si necesitara asimilar sus palabras.

Luego su voz se llenó de entusiasmo:

—¿De verdad?... Me alegra muchísimo que hayas aceptado. Has tomado la decisión correcta. Te prometo que su vida será muy, muy feliz. Estudiará en las escuelas y universidades más prestigiosas... y...

Asia la interrumpió, preguntándole con amargura:

—¿No me conocerá cuando crezca?... ¿Sabrá que soy su madre?

Reem suspiró, exasperada ante su ingenuidad.

—Asia, te estás adelantando a los acontecimientos.

Asia cerró los ojos con fuerza y apretó el teléfono entre los dedos hasta sentir un ligero dolor en las articulaciones.

—Solo respóndeme.

Hubo un breve silencio al otro lado.

Entonces Reem respondió con una voz más tranquila:

—No... Lo más probable es que no lo sepa.

El corazón de Asia se contrajo con tanta fuerza que sintió que la respiración se le atascaba en el pecho.

—¿Y cuando pregunte por su madre?

—Tendrá dos padres. Una familia completa. No sentirá que le falta nada.

Asia soltó una pequeña risa rota que escapó de sus labios contra su voluntad.

—Pero yo sí lo sentiré.

Se sentó lentamente en el borde de la cama y se quedó mirando el suelo con los ojos perdidos.

—¿Sabes qué es lo peor?

No esperó una respuesta.

—Que ya lo amo.

Las palabras salieron en un susurro tembloroso, apenas audible.

Sin darse cuenta, colocó una mano sobre su vientre.

—Lo amo aunque nunca lo haya visto... aunque ni siquiera sé si es un niño o una niña.

Sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.

—Pero el amor no alimenta a un niño, Reem.

Su voz tembló al pronunciar aquella última frase.

En aquel preciso momento, no estaba pensando en sí misma.

No pensaba en la soledad, ni en el miedo, ni en las miradas de la gente.

Pensaba en un niño que podía llegar al mundo encontrando a una madre incapaz de garantizarle siquiera sus derechos más básicos.

Un niño que heredaría las deudas antes que el apellido.

Un niño que crecería viendo cómo su madre se quebraba día tras día, igual que ella había visto a la suya.

—¿Estás segura de tu decisión? —preguntó Reem con calma.

Asia bajó la cabeza.

La pregunta era sencilla, pero responderla parecía arrancarle una parte del alma.

Pasaron largos segundos antes de que susurrara:

—No.

Luego tragó con dificultad y añadió:

—Pero estoy segura de que no quiero que tenga mi vida.

Cerró los ojos con fuerza.

Esta vez no intentó contener las lágrimas.

Dejó que cayeran en silencio mientras sus dedos continuaban sobre su vientre, como si se disculpara con aquel pequeño ser por una decisión que aún no había nacido, pero que ya había comenzado a hacerle daño.

Terminó la llamada y se derrumbó llorando.

Quedó tendida sobre la cama, mirando el techo en un largo silencio.

No sabía cuánto tiempo había pasado, ni siquiera en qué momento se había quedado dormida.

El cansancio terminó venciéndola.

Se despertó con el sonido insistente del timbre, que rompía el silencio del apartamento con una persistencia irritante.

Abrió los ojos lentamente, como si la arrancaran del fondo de un cansancio sin límites.

Pasaron unos instantes antes de que comprendiera dónde estaba y por qué su cuerpo se sentía tan agotado.

El timbre volvió a sonar.

Se incorporó con dificultad, se limpió el rostro con una mano temblorosa y se dirigió hacia la puerta con pasos lentos.

No tenía ganas de saber quién llamaba.

Tampoco tenía fuerzas para siquiera imaginarlo.

Todo dentro de ella estaba confuso, como si ya no quedara espacio para nada nuevo.

Se quedó frente a la puerta durante unos segundos, escuchando el sonido del otro lado.

—Está bien... está bien.

Lo murmuró con fastidio mientras giraba el pomo.

La puerta se abrió.

Y se quedó completamente paralizada.

Como si alguien hubiera vertido agua helada directamente por sus venas.

Había estado pensando en él antes de quedarse dormida.

Había estado huyendo de él.

Convenciéndose de que estaba lejos.

Lo suficientemente lejos como para recuperar el aliento y decidir qué hacer con su futuro.

Pero en cuanto levantó la cabeza, todas aquellas ilusiones se derrumbaron de golpe.

Él estaba allí, justo frente a ella.

Alto, imponente, con unos ojos que esta vez no pudieron ocultar nada.

Sintió que su corazón se hundía hasta el fondo de su pecho.

Sus ojos se abrieron involuntariamente.

Susurró su nombre, como si no pudiera creer lo que estaba viendo:

—Mazen...

Él simplemente la miró durante un largo instante.

Después bajó la mirada hacia su vientre.

Y entonces lo supo...

La catástrofe que llevaba días posponiendo finalmente había llegado a su puerta.

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