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last update publish date: 2026-09-22 16:16:59

Se despertó sobresaltada de golpe.

Se incorporó sobre la cama con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada, como si hubiera estado corriendo durante minutos en lugar de estar soñando.

Necesitó varios largos instantes para distinguir entre la realidad y lo que acababa de ver.

La habitación estaba en silencio.

Oscura.

Vacía.

No había ninguna puerta abierta.

Ningún timbre sonando.

Y Mazen no estaba frente a ella.

Tragó saliva con dificultad y luego se pasó una mano por el rostro.

Solo había sido un sueño.

Pero su corazón no parecía estar de acuerdo.

Seguía latiendo con fuerza dentro de su pecho, y aquella mirada permanecía grabada en su mente con una claridad inquietante.

Cerró los ojos por un instante.

Qué ironía.

Había huido de él durante todo el día, y ahora él la había perseguido hasta sus sueños.

Se había infiltrado en el único lugar donde creía que podría escapar de él.

Abrió nuevamente los ojos y se quedó mirando el techo de la habitación durante un largo silencio.

Después soltó una breve y apagada risa que no tenía nada de divertida.

Porque lo que más la había aterrorizado del sueño...

No había sido la aparición de Mazen.

Sino que, cuando lo vio de pie frente a su puerta...

No se sorprendió.

Como si una parte de ella supiera que, tarde o temprano, él acabaría llegando.

❈-❈-❈

Aquel día era su día libre y había encontrado la oportunidad perfecta para visitar a su madre, especialmente porque Reem había estado ocupada continuamente durante los últimos dos días y había salido durante largas horas en repetidas ocasiones.

Se encontraba frente al espejo, ajustándose tranquilamente los botones de la camisa. Luego tomó las llaves y el teléfono y se preparó para marcharse.

Como de costumbre, sería su visita semanal.

Una costumbre fija de la que no había prescindido durante años.

Una visita que siempre había procurado mantener en secreto de Reem, no por miedo a ella, sino para evitar aquella mirada triste que aparecía en su rostro cada vez que mencionaban a su madre.

Reem estaba convencida de que su madre no la quería.

Y aunque aquello no era del todo cierto, la relación entre ambas siempre había sido tensa.

Su madre no odiaba a Reem personalmente.

Ella no odiaba a nadie.

Simplemente llevaba en el corazón el dolor de una mujer que había dedicado toda su vida a criar a su único hijo, para luego verse envejecer sin llegar a contemplar a un niño con sus rasgos llamándola abuela.

Por eso, Mazen siempre había preferido mantener cierta distancia entre ambas.

Bajó las escaleras y se encontró con la empleada.

Le preguntó con calma:

—¿La señora Reem todavía no ha regresado?

—No, señor... ¿Necesita algo?

—Gracias. Puedes irte.

Lo que había llamado su atención durante los últimos dos días no había sido su madre, sino Reem.

Estaba diferente.

Se despertaba temprano sin quejarse, se movía por la casa con una ligereza poco habitual, sonreía mucho y parecía esconder una noticia feliz que no conseguía mantener completamente en secreto.

Incluso sus risas se habían vuelto más frecuentes.

En cuanto a sus salidas constantes y su ocupación permanente, aquello despertaba poco a poco su curiosidad.

Pero no preguntó.

No quería arruinarle el buen humor con preguntas innecesarias.

Condujo su automóvil hasta la casa de su madre y llegó aproximadamente media hora después.

Su madre lo recibió con la alegría de siempre, hasta el punto de que su rostro parecía iluminarse cada vez que lo veía.

Después de almorzar y sentarse ambos en la sala de estar, tomaron té juntos mientras ella comenzaba a hablarle sobre las noticias de los familiares y de la familia.

—Cariño, el domingo quiero ir a visitar a tu tía. La esposa de Akram ha dado a luz a su tercer hijo, que Dios se lo conserve, y quiero felicitarla.

—Está bien.

Sin poder evitarlo, exclamó con pesar:

—Espero no morir antes de sostener en mis brazos un pedacito de ti, Mazen... Aunque probablemente moriré antes de que eso ocurra.

Él la interrumpió:

—Mamá, no digas eso... Que Dios te conceda una larga vida.

—Mazen, ya has pasado de los cuarenta, hijo mío. ¿Hasta cuándo vas a esperar? ¿Hasta que tu espalda se encorve y se te vaya la vida? Reem no es la única perjudicada en todo esto, hijo. Tú también lo eres... Ella te ha privado de tu derecho a casarte y tener hijos.

—Reem ha sufrido conmigo, y no quiero hacerle daño.

Su madre lo interrumpió con indignación:

—¿De verdad?... ¿Qué sufrimiento es ese? Reem es tu esposa, y cualquier esposa debería estar al lado de su marido. Es algo natural. Eres tú quien exagera las cosas... y no dejas de recordarme cada dos por tres todo lo que ella ha hecho por ti y cuánto esperó hasta que tú volvieras a encaminarte.

Mazen la interrumpió con un cansancio apenas contenido:

—Mamá... basta.

Pero ella no se detuvo.

Dejó la taza de té a un lado y lo miró con la expresión de una mujer que había guardado aquellas palabras en su pecho durante demasiado tiempo, hasta sentirse asfixiada por ellas.

—No, no voy a parar, Mazen. Porque cada vez que intento hablar contigo de esto, huyes del tema.

Él suspiró lentamente mientras ella continuaba, con un tono en el que se mezclaban el reproche y la amargura:

—Reem no es la única perjudicada en esta historia, como siempre intentas convencerte. Tú también tienes un derecho que te ha sido arrebatado.

—No siento que me hayan arrebatado ningún derecho.

Ella negó con la cabeza, apenada.

—Porque te has acostumbrado a la privación hasta creer que es algo normal... Reem insistía en convencerme de que soportaba cosas que ninguna mujer debería soportar. Lo repetía de una manera extraña, como si quisiera que yo comprendiera el tamaño de su sacrificio.

Desvió la mirada hacia la ventana y continuó:

—A veces habla de tus antiguas infidelidades, otras de la chica embarazada y otras de todos estos años en los que permaneció a tu lado... Como si estuviera reuniendo pruebas para demostrar que ella es la persona a la que más le debes en tu vida.

—Porque realmente estuvo a mi lado.

—No he negado eso.

Lo dijo rápidamente.

—Pero estar al lado de un esposo no es un favor, Mazen. Es el matrimonio. Una vida completa que comparten ambas partes. En cuanto a tener hijos... es un derecho que nada puede compensar.

El silencio se instaló entre ambos.

Y aunque él había escuchado aquella conversación decenas de veces, algo en el tono de su madre aquel día parecía diferente.

Más amargo.

Más sincero.

Bajó ligeramente la cabeza y dijo con una voz más suave:

—¿Sabes qué es lo que realmente me duele?

Él no respondió.

Así que continuó por sí misma:

—Cada vez que veo crecer a un niño de la familia, por un instante me imagino cómo habría sido tu hijo.

Mazen tragó saliva con dificultad.

—Mamá...

—No te estoy pidiendo que dejes a tu esposa.

Levantó los ojos hacia él.

—Pero te pido que reconozcas la verdad al menos una vez... Tú has pagado el precio de este matrimonio igual que ella.

Él permaneció en silencio.

Ella soltó un largo suspiro y luego dijo con tristeza:

—A veces siento que todos sienten lástima por Reem porque no ha tenido un hijo... y nadie recuerda que hay un hombre que ha pasado de los cuarenta y que todavía vuelve a casa cada noche sin escuchar una sola palabra llamándolo: «Papá».

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