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Enamorado de Mi Cruel CEO
Enamorado de Mi Cruel CEO
Penulis: Betty06

Capítulo 1: El Viejo Caballo

Penulis: Betty06
last update Tanggal publikasi: 2026-10-13 00:46:36

POV de Julián Martinez

​El cepillo de cerdas duras pasaba una y otra vez sobre el lomo de Centella. A sus casi veinte años, el azabache ya no era el corcel brioso que devoraba los potreros de la hacienda, pero yo lo cuidaba como si fuera de oro.

​Era el caballo de Antonia.

​Cada cana en el hocico del animal y cada cicatriz en su pelaje me recordaban a ella. Me recordaban a la niña consentida de la casa grande que aprendió a galopar a mi lado, y a la muchacha de dieciséis años con la que me había entregado por primera vez entre los cristales del viejo vivero de flores, antes de que el mundo y la clase social nos destrozaran. Me recordaba a la mujer arrogante que, siete años atrás, empacó sus maletas para irse a estudiar al exterior, dejándome clavado en la tierra con mi orgullo hecho pedazos.

​Hoy, a sus veintitrés años, ella regresaba convertida en una heredera inalcanzable. Y yo, a mis veinticinco, seguía siendo el mismo peón humilde oliendo a sudor y paja.

​El sonido de unos pasos lentos y el golpeteo sordo de un bastón sobre la piedra de la cuadra interrumpieron mis pensamientos.

​—Sigues consintiendo a esa bestia como si fuera tu propia vida, Julián —dijo una voz desgastada por los años y la enfermedad.

​Me giré de inmediato y dejé el cepillo sobre el balde. Don Alfredo Arango estaba de pie a la entrada del establo. Se le notaba la fatiga en los hombros caídos y en la palidez de su rostro, pero sus ojos grises conservaban el destello de autoridad de quien levantó un imperio corporativo con sus propias manos.

​—Es el caballo de la niña, don Alfredo. Mientras viva, nada le va a faltar —respondí con voz baja, limpiándome las manos en el pantalón de lona.

​El viejo suspiró, mirando al azabache con nostalgia, y luego clavó su mirada en mí. Una mirada pesada, cargada de una preocupación que llevaba días rondándolo.

​—Acompáñame al despacho, muchacho. Tenemos que hablar de dos cosas urgentes.

​Caminé tras él en silencio. A pesar de la diferencia de sangre y de clase social, para mí don Alfredo era el único padre que había conocido. El hombre que me dio techo, comida y respeto cuando mi madre y yo no teníamos nada.

​El despacho olía a cuero viejo, tabaco y madera de cedro. Don Alfredo se dejó caer sobre su sillón de orejas con un leve quejido de dolor y me indicó con la mano que me acercara.

​—Lo primero es sencillo —empezó diciendo, apoyando ambas manos sobre la cabeza de plata de su bastón—. Antonia viene conduciendo su propio carro desde Bogotá y me acaba de avisar que ya está entrando al pueblo. Como no quiere llamar la atención en la entrada de la hacienda, me pidió que alguien la espere allá para escoltarla y ayudarla con el equipaje. Quiero que vayas tú mismo en la camioneta a buscarla.

​El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Sentí una mezcla amarga de rencor y rabia contenida quemándome la garganta. Hacía siete años que no la veía. Siete largos años desde que recogió sus cosas para marcharse al extranjero, demostrándome lo poco que valía un capataz para una heredera Arango.

​—Entendido, patrón. Iré por ella —logré decir, apretando los puños para disimular la tensión.

​—Y lo segundo, Julián... es algo mucho más grave —continuó el viejo, poniéndose serio y mirándome con absoluta fijeza—. Sabes muy bien cómo está mi salud. El médico dice que a mi corazón le quedan pocos latidos, y las hienas de la familia ya están oliendo la sangre.

​—No diga eso, don Alfredo...

​—Es la verdad y hay que enfrentarla —me cortó con firmeza—. Antonia es mi única heredera directa. Todo el patrimonio, las acciones de la empresa y esta tierra van a pasar a sus manos. Pero ella está sola, Julián. Su madre es una mujer banal a la que solo le importa el estatus, y su primo Alejandro es una serpiente capaz de cualquier cosa con tal de quitarle la presidencia corporativa.

​El viejo se inclinó hacia adelante, y la frialdad de su mirada dio paso a una súplica desesperada.

​—En esta finca y en esa junta directiva no hay una sola persona en la que yo confíe... excepto tú. Te crié como a un hijo, conozco tu madera y sé de qué estás hecho. Necesito que me hagas una promesa sagrada hoy mismo.

​—Pídame lo que sea, patrón. Usted sabe que por usted doy la vida.

​—Quiero que defiendas a Antonia —dijo el viejo con voz firme—. Defiéndela de Alejandro, de la prensa, de la alta sociedad que la va a devorar viva... e inclusive, defiéndela de sí misma y de su propio orgullo. Prométemelo, Julián.

​Se me hizo un nudo en la garganta. Proteger a la mujer que me había destrozado el alma, a la heredera que me miraba por encima del hombro, parecía una broma cruel del destino. Pero la lealtad que le debía al viejo pesaba más que cualquier herida de mi pasado.

​—Se lo prometo por mi madre y por mi vida, don Alfredo —sentencié, sintiendo que estaba firmando mi propia sentencia de muerte emocional—. Mientras yo respire, nadie le va a tocar un solo pelo a su nieta.

​Don Alfredo asintió en silencio, con una mueca de alivio cruzándole el rostro cansado. Lo que yo no sabía en ese momento, mientras salía del despacho con la promesa latiéndome en las sienes, era la trampa que el viejo estaba tejiendo en su cabeza. No me había dicho ni una sola palabra del verdadero plan que tenía guardado para los dos... ni del papel que tendría que firmar esa misma noche para atar mi destino al de Antonia Arango para siempre.

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