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Capítulo 2: La Heredera

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-13 01:01:06

POV de Antonia

​Regresar a este pueblo de mala muerte era lo último que quería hacer.

​Llevaba apenas unos meses de vuelta en Colombia tras terminar mis estudios y mis postgrados en Europa, donde me había dejado la piel demostrando de qué estaba hecha. Allá cerré alianzas millonarias, expandí la presencia del holding Arango y multipliqué las inversiones de la familia. Sin embargo, para los viejos machistas de la junta directiva en Bogotá, nada de eso parecía importar. Para esa manada de buitres en traje de paño, una mujer de veintitrés años no era capaz de dirigir un imperio corporativo a menos que tuviera a un hombre al lado que le "diera peso" y la apoyara. Una estupidez medieval.

​Por si fuera poco, mi chofer se había tomado el día de permiso por una emergencia familiar, lo que me obligó a conducir yo misma durante cuatro agotadoras horas desde la capital.

​Y ahora estaba aquí, teniendo que volver a la hacienda. Un lugar que odiaba porque me obligaba a encarar mis verdaderas "debilidades", recuerdos que me había esforzado por enterrar bajo capas de arrogancia y trajes de diseñador. Necesitaba ver a mi abuelo Alfredo. Él era la única mente lúcida y el único apoyo real que me quedaba para mantener a raya a mi primo Alejandro.

​Llegué a la plaza principal del pueblo y la frustración se me subió a la cabeza. El lugar estaba atestado de gente, motocicletas y puestos ambulantes. Apreté el volante de cuero de mi deportivo último modelo, sintiendo la claustrofobia del gentío.

​De repente, un tipo se atravesó sin mirar para cruzar la calle. Tuve que clavar los frenos a fondo; las llantas chillaron sobre el pavimento caliente.

​—¡Aprenda a caminar, imbécil! —le increpé por la ventana, con la voz llena de veneno.

​El hombre me devolvió una mala mirada, pero no me quedé a discutir. Él tuvo la culpa, me dije a mí misma, tratando de calmar el pulso. No iba a perder el tiempo esperando a que me enviaran un escolta o a que alguien de la finca me recogiera. Tenía la cabeza a punto de estallar.

​Haciendo un esfuerzo de memoria, intenté tomar la ruta hacia la propiedad, pero a los pocos minutos me di cuenta de que había tomado el camino equivocado. Siete años fuera me habían pasado factura. Sin más remedio, metí reversa, maniobré con fastidio sobre el terreno irregular y retrocedí hasta volver a la vía principal.

​Enganché primera y tomé por fin el desvío correcto hacia la hacienda. Fue el peor error del día.

​A los pocos kilómetros, el asfalto desapareció por completo, dando paso a una trocha horrible, llena de piedras, grietas y barro espeso. El bajo del deportivo golpeaba con rabia contra el suelo desigual cada tres metros, haciéndome maldecir en tres idiomas distintos. Y para rematar la maldición, el cielo se cerró de golpe y empezó a caer un aguacero inclemente que convirtió el camino en un verdadero lodazal.

​Traté de acelerar para salir del paso, pero las ruedas del deportivo patinaron sin tracción. El motor rugió en vano y el carro terminó atascado hasta los ejes en una zanja de barro. Quedé varada, atrapada en medio de la nada, con la lluvia azotando con fuerza el parabrisas.

​Maldije entre dientes por el barro, por la lluvia y por mi propia estupidez, pero sobre todo maldije el solo hecho de tener que poner un pie de nuevo en esa bendita finca. Odiaba saber que, al cruzar esa entrada, tendría que volver a cruzarme de frente con los ojos de Julián. El único hombre que me había tenido entre sus brazos, al que amaba con una intensidad que me aterraba... y al que odiaba con las mismas fuerzas por recordarme todo lo que tuve que dejar atrás.

​De pronto, dos luces amarillas rompieron la espesa neblina a través del vidrio. Un carro venía despacio en mi dirección: mi salvación.

​La camioneta se acercó lentamente y frenó a pocos metros de mi deportivo varado. El conductor bajó la ventana y, al limpiarse el parabrisas empañado para mirar hacia mi auto, la luz de los faros iluminó de lleno su rostro.

​El corazón me dio un vuelco brutal en el pecho. Al otro lado de la lluvia, reconocí al instante esa mirada firme, profunda e inconfundible.

​Eran sus ojos.

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