MasukEl motor diésel de la camioneta rugió a través de la neblina antes de frenar a escasos metros de mi deportivo varado. La puerta se abrió con un golpe seco y un par de botas de cuero pesado pisaron el fango con firmeza.
Cuando la luz del faro iluminó su rostro, el aire se me congeló en los pulmones. Ahí estaba él. A sus veinticinco años, Julián ya no era el muchacho delgado con el que me escapaba al vivero de cristal. Se había vuelto un hombre imponente, de espaldas anchas, piel bronceada por el sol campesino y una barba rústica que enmarcaba una mandíbula apretada por la rabia. Llevaba una camisa de trabajo mojada que se le pegaba al pecho y esa misma mirada oscura, penetrante y llena de un resentimiento que me atravesó la piel como una aguja. Se acercó a mi ventana y la golpeó dos veces con los nudillos. Bajé el vidrio apenas unos centímetros, sintiendo que la paciencia se me evaporaba. —Señorita Arango —dijo con una voz gruesa, áspera, helada—. Don Alfredo me mandó a buscarla. Veo que como siempre, usted piensa que puede llevarse el mundo por delante sin mirar por dónde camina. La condescendencia en su tono me encendió la pólvora. —No necesito un sermón de mi capataz, Julián —le espeté, mirándolo desde arriba a pesar de estar atrapada en un carro varado—. El camino es una porquería. Engancha la camioneta a la defensa y saca mi carro de aquí. Tengo prisa por ver a mi abuelo. Julián soltó una risa amarga, seca, que me erizó los vellos de la nuca. Se agachó, examinó el ángulo en el que las llantas delanteras y el chasis del deportivo habían quedado clavadas en la zanja de barro, y sacudió la cabeza con desdén antes de incorporarse por completo. —Este deportivo bajo no sale de aquí ni con una grúa, Antonia —contestó, usándome el nombre de pila con un veneno sutil—. El cárter está sepultado en las piedras. Es imposible sacar el carro del barro esta noche. —No me digas estupideces y haz tu trabajo —le grité, perdiendo los papeles por completo. —No hay otra opción: va a tener que subirse a mi camioneta y dejar esta chatarra tirada —replicó él, cruzándose de brazos con una calma exasperante que me daban ganas de golpearlo—. O se queda aquí a pasar la noche abrazada al timón bajo la tormenta. —¡Eres un imbécil! —le solté con toda la mala leche que tenía acumulada, abriendo la puerta de golpe para bajarme. Al pisar el suelo, la suela lisa de mis tacones de marca cedió ante el lodo. Perdí el equilibrio y estuve a punto de caer de bruces sobre la zanja, pero alcancé a sostenerme tambaleándome del marco de la puerta. El dobladillo de mi vestido y mis zapatos quedaron cubiertos de una masa fría, viscosa y marrón. —Maldita sea —siseé entre dientes, ahogando un gemido de rabia mientras intentaba limpiarme con furia. Julián no se ofreció a ayudarme. Se limitó a rodear el deportivo y abrir el baúl sin pedir permiso para rescatar mi equipaje antes de que el agua terminara de arruinarlo por completo. —Apártese, señorita Arango —dijo pasándome por un lado con brusquedad. —No toques mis maletas, idiota —le reclamé, intentando apartarlo con un empujón inútil que él ni siquiera sintió. Con un movimiento seco y sin ningún cuidado, Julián tiró de la maleta principal de diseño para sacarla del maletero. El cierre, forzado por el ángulo y la prisa, cedió de golpe. La cremallera se abrió por completo con un chasquido metálico y la maleta se desparramó de inmediato sobre el suelo oscuro y cenagoso de la trocha. —¡No, espera! —grité horrorizada. Ropa de seda, camisas finas, chaquetas de marca y lencería delicada cayeron directamente en el fango espeso. —Genial. Tu preciosa ropa de la capital ya es parte de la finca —bufó él con sarcasmo, agachándose de mala gana para empezar a recoger los trapos mojados antes de que la corriente de agua los arrastrara. Avergonzada, furiosa y sintiendo que la rabia me ahogaba, me agachué junto a él bajo el aguacero para rescatar lo que podía. Mis manos temblaban de impotencia mientras manchaba mis uñas de barro intentando salvar mis cosas. De repente, los dedos de Julián se detuvieron en seco sobre el suelo. Extendió la mano y levantó una pequeña prenda de encaje francés, translúcido y negro, que había quedado completamente expuesta sobre una piedra marrón. Era un panty diminuto, extremadamente sensual, de esos que guardaba en el fondo de la maleta para recordarme a mí misma la mujer libre y sofisticada en la que me había convertido lejos de aquí. El silencio se instaló entre los dos, pesado y cortante, roto únicamente por el golpeteo de la lluvia contra la lona. Julián levantó lentamente la vista de la prenda para clavarla en mis ojos. Una chispa de oscuridad y deseo reprimido cruzó por su mirada, mezclándose con la burla. —Veo que en Europa no solo aprendió a cerrar negocios, Antonia —murmuró él con la voz ronca, sosteniendo la pequeña prenda con dos dedos, rozando el delicado encaje manchado de barro—. Todavía le gusta usar ropa interior que promete más de lo que su fría actitud tolera. La sangre me hirvió hasta las mejillas. Sentí una humillación tan violenta que reaccioné por puro instinto defensivo. —¡Dámelo! —le grité, abalanzándome sobre su mano para arrebatárselo de un tirón furioso. Julián apretó el puño por una fracción de segundo, impidiéndome que lo recuperara, obligándome a quedar a escasos milímetros de su pecho. Su otra mano se cerró con firmeza sobre mi muñeca, deteniéndome en el aire. Nos quedamos respirando con fuerza, con los rostros mojados por la lluvia, sintiendo el choque eléctrico de la cercanía y el peso de siete años de resentimiento acumulado. —Quédese con su ropa sucia, señorita Arango —siseó él con desprecio, soltándome la muñeca de golpe y arrojando el panty manchado de lodo dentro de la maleta abierta antes de cerrarla a patadas. Se puso de pie de un salto, cargó la maleta al hombro y caminó de regreso a la camioneta sin volver a mirarme. Yo me levanté con las piernas temblando, tragándome las lágrimas de rabia, y me subí al asiento del pasajero de la camioneta dando un portazo que retumbó en medio de la oscuridad. El trayecto hacia la hacienda transcurrió en un silencio absoluto y sepulcral. Ninguno de los dos volvió a abrir la boca. Yo miraba fijamente a través del vidrio empañado, cruzada de brazos, sintiendo el calor insoportable de su presencia a mi lado y sabiendo que aquel maldito encuentro en el barro era apenas el preludio de la guerra que nos esperaba en la casa grande.POV Antonia No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara. Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces. Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc. —Necesito hablar contigo. Julián no se volvió. —Es tarde, patroncita. Vaya a dormir. —No me des órdenes. —No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora. —Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor. Se det
POV Julián Las seis de la tarde en la feria olían a aceite quemado y a pólvora. Yo esperaba junto a la camioneta con el sombrero en la mano, contando los minutos para volver a la hacienda. Luz Dary me había dejado por fin en paz, no sin antes decirme que esa mujer no valía lo que yo aguantaba. Le dije que se fuera a su casa. Mateo apareció entre los puestos con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, la que usaba cuando iba a pedir algo. —Julián Esteban. Necesito un favor. —Dígame. —Me salió un compromiso. Uno de esos que no se pueden dejar. —Se rascó la nuca—. Excúseme con Antonia, ¿sí? Y con el primo, que ese tiene cara de apuntar todo lo que respiro. Digan que me llamaron de la finca. —¿Se va ya? —Me recogen en la entrada. No se preocupe, me devuelvo solo. —Como quiera. Me dio una palmada en el hombro, de esas suyas que casi tumban, y se perdió entre la gente. Yo lo seguí con la vista sin ninguna intención, por costumbre de hermano mayor. Y por eso lo vi. En la en
POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
POV Antonia Mi abuelo ordenó el almuerzo para las once, y a esa hora, en La Esmeralda, un almuerzo era un banquete disfrazado de desayuno: huevos pericos, arepas, chocolate espeso, queso campesino y una bandeja de plátano maduro que Doña Carmen servía como si la vida dependiera de ello. Mateo llegó puntual, cosa rara en él. Traía una camisa blanca con las mangas remangadas y esa sonrisa de quien nunca ha llegado tarde a ningún lugar donde lo quieran. —Don Alfredo, qué gusto verlo de pie. Mi mamá le manda un abrazo y esto. —Dejó sobre la mesa una botella de aguardiente añejo—. Dice que es para las penas. —Tu madre siempre supo qué regalar. —Mi abuelo la recibió con un asomo de sonrisa—. Siéntate, muchacho. Estás en tu casa. Mateo se sentó a mi lado y me rozó el hombro con el suyo, apenas, un gesto de aliado. La noche anterior habíamos ensayado el libreto en el teléfono: él sería el pretendiente discreto, yo la mujer que por fin sentaba cabeza. Dos actores con un contrato verbal y
POV Julián Mateo de la Pava llegó a la hacienda como llegaba a todas partes: sin ceremonia y sin avisar. Yo estaba en el patio, revisando el cincho de una mula, cuando escuché el trote de un caballo bayo por el camino de entrada. Levanté la vista y lo reconocí antes de verle la cara, por esa forma suya de ir montado, medio despatarrado, con las riendas flojas y el sombrero echado atrás, como quien pasea por su propia casa. —¡Julián Esteban! —gritó, y se bajó de un salto—. ¡Pero mire a este hombre! ¡Más serio que un notario! No alcancé a limpiarme las manos. Me estrechó en un abrazo de esos que tumban, con palmadas fuertes en la espalda, y olía a cuero, a jabón y a cigarrillo. —Mateo. Qué bueno verlo. —Bueno nada, ¡qué falta me hacía esta cara de palo! —Me sostuvo por los hombros y me miró de arriba abajo—. ¿Y esa venda? ¿Qué se hizo? —Un resbalón en el arroyo. Nada. —Siempre nada. Usted se rompería un brazo y diría que se le atravesó una mosca. —Se rio, y su risa era fácil, a
POV Antonia Llegué al comedor con cinco minutos de retraso, a propósito. Las mujeres de mi familia siempre habían sabido que quien entra último, entra mejor. Alejandro ya estaba sentado a la derecha de mi abuelo, con la servilleta en el regazo y una copa de vino que nadie le había ofrecido. Hablaba, por supuesto. Hablaba de la junta, de la bolsa, de un yate en Cartagena. —...y entonces le dije al ministro que Colombia no necesita más cafeteros, necesita gente que sepa invertir. —Me vio y se levantó a medias, con una reverencia burlona—. Prima, qué elegancia. Se nota que el campo no te ha quitado las costumbres. —Qué amable. —Es un cumplido sincero. Siempre fuiste la más bonita de la familia. —Sonrió—. Qué lástima desperdiciar tanta belleza detrás de un escritorio. Los números son pesados para una señorita, ¿no te aburres? Me senté con la sonrisa intacta. Debajo de la mesa, clavé las uñas en mi servilleta. —Me divierto mucho, Alejandro. Los números son más honestos que la gente







