LOGINPOV Julián
La camioneta frenó frente a la escalinata de la casona con las llantas patinando sobre el pavimento húmedo. La lluvia no daba tregua, convirtiendo la noche en un laberinto de agua y viento. Mantuve las manos aferradas al volante, con los nudillos blancos y los músculos del cuello tensos como cuerdas. A través del parabrisas empañado, vi cómo Antonia abría la puerta del pasajero de un empujón y bajaba esquivando charcos con una torpeza desesperada, entorpecida por los tacones arruinados que apenas la sostenían en el fango. Antes de que yo pudiera hacer el menor ademán de bajarme para ayudarla, se dirigió a la parte trasera. En un despliegue de soberbia estúpida que solo una mujer como ella podía lograr, agarró su maleta principal. La valija de marca estaba pesadísima, chorreando agua y llena de costras de lodo, pero ella no dudó. Se la cargó al hombro con un jadeo ahogado por el esfuerzo, hundiéndose en el barro. Apretó los dientes y, manteniendo la barbilla en alto como si estuviera en una pasarela de París, echó a correr hacia los portones de madera de la entrada. Claro... la gran heredera Arango jamás le pediría ayuda a un simple capataz, pensé para mis adentros, soltando un resoplido cargado de ironía mientras observaba su silueta desaparecer bajo la penumbra del pórtico. No iba a mover un solo dedo para correr detrás de ella. Que cargara con su propio equipaje, con sus trapos caros arruinados y con la maldita soberbia que la había caracterizado siempre. El muchacho ingenuo que la adoraba en el vivero de cristal había muerto el mismo día en que ella abordó ese avión hacia Europa sin mirar atrás. Apagué la camioneta, saqué la llave y bajé bajo la cortina de agua. Dejé que la lluvia helada me secara el sudor de la cara antes de entrar por la puerta trasera de servicio. Al cruzar el pasillo y asomarme al vestíbulo principal, me encontré de frente con una escena que me frenó en seco. Antonia había dejado caer la maleta embarrada directamente sobre la alfombra costosa del recibidor, sin importarle la mugre. Estaba arrodillada en el suelo, junto al sillón de orejas donde descansaba don Alfredo. Lo abrazaba con una fuerza desmedida, casi desesperada, escondiendo el rostro en el pecho del anciano mientras sus hombros temblaban en silencio. Don Alfredo, con el rostro pálido y la respiración fatigada, le acariciaba la espalda con una mano temblorosa y una sonrisa llena de nostalgia, perdonándole en un segundo toda la arrogancia con la que había cruzado las puertas de la finca. Me quedé inmóvil en la penumbra del corredor, apoyando el hombro contra el marco de madera y sintiendo una punzada extraña y molesta en la mitad del pecho. Vaya... con que la bruja sí tiene sentimientos, me dije en un susurro, apretando la mandíbula. Era insoportable ver el contraste: la ejecutiva implacable que cerraba negocios en Europa se derrumbaba como una niña frágil ante el viejo. —Mírense nada más, parecen dos perros rabiosos peleando bajo la lluvia —dijo una voz suave a mis espaldas. Me giré. Mi madre aparecía desde la cocina cargando una bandeja con una taza humeante de café y una toalla seca. Traía su delantal impoluto y esa mirada maternal cargada de preocupación. Nos conocía a los dos desde que gateábamos por estos corredores y sabía leer perfectamente la tensión que dejábamos a nuestro paso. —¿Discutieron otra vez, verdad? —continuó, entregándome la toalla—. Se nota a leguas que se odian con las mismas ganas con las que peleaban cuando eran unos críos. —Ella se busca el desprecio solita, mamá —murmuré, tomando la toalla y pasándomela por la cara mojada mientras clavaba la vista en la maleta embarrada que Antonia había dejado tirada en el piso—. Voy a cambiarme de camisa, vengo hecho una sopa. Subí a pasos lentos por la escalera de servicio hacia los cuartos de los empleados. Apenas unos minutos después, mientras terminaba de abotonarme una camisa seca de franela, escuché voces en el descansillo del segundo piso. Antonia acababa de salir de su recámara. Se había quitado el traje arruinado y llevaba una bata ligera, con la piel aún húmeda del baño. Mi madre se le había adelantado para recibirla con los brazos abiertos. A pesar de los años que Antonia pasó fuera, mi mamá siempre la había querido con un cariño casi maternal, habiéndola cuidado durante los largos meses en que doña Victoria prefería viajar por el mundo antes que criar a su propia hija. Vi desde la sombra del pasillo cómo Antonia se tensaba instintivamente ante el gesto afectuoso, pero al mirar los ojos honestos de mi madre, su postura cedió y permitió que la estrechara entre sus brazos. Incluso escuché cómo Antonia le dirigía unas palabras suaves, en un tono bajo y respetuoso que jamás usaba conmigo. —Déjeme esa maleta ahí, niña Antonia —le dijo mi mamá con dulzura, agachándose para tomar el equipaje sin importar las manchas de lodo—. Yo misma le lavo a mano y le pongo a secar la ropa. Mañana a primera hora la tiene impecable en su closet. Negué con la cabeza en silencio. Me di media vuelta y bajé las escaleras directo hacia la zona de las cuadras para revisar el ganado y cerrar los portones. Necesitaba trabajar con las manos para sacarme de la cabeza la imagen de su cuerpo mojado en la trocha y el maldito trozo de encaje negro que había tenido entre mis dedos. Sin embargo, la aparente paz duró muy poco. A eso de las siete de la noche, cuando la tormenta se había reducido a una llovizna densa, mi madre y yo estábamos terminando de cenar algo ligero en la cocina de nuestra vivienda adosada a la casa principal. De repente, el sonido pesado de un bastón golpeando los baldosines del corredor nos hizo erguir la espalda. Don Alfredo apareció bajo el marco de la puerta. Se veía envejecido y pálido, pero sostenía la cabeza en alto con esa mirada astuta y dominante del hombre que había levantado un imperio desde el fango. —Esta noche nos espera una cena juntos en el comedor principal —sentenció el viejo con una voz grave que no admitía replicas—. Como la familia que somos. Los cuatro. Mi madre dejó el trapo que tenía en la mano y abrió los ojos de par en par, frotándose los dedos contra el delantal con evidente incomodidad. —Ay, patrón... no creo que sea prudente —intervino ella con timidez—. La niña Antonia acaba de llegar de un viaje larguísimo, está cansada... y usted sabe muy bien cómo se ponen las cosas cada vez que Julián y ella coinciden en el mismo espacio. No queremos ser una molestia en la mesa principal. —Nadie va a ser una molestia en mi mesa, Carmen —la interrumpió don Alfredo, dibujando en los labios una sonrisa fría y calculadora que me puso los pelos del cuello de punta—. No estoy pidiendo un favor, es una orden. Los quiero a los dos sentados a la mesa a las ocho en punto. Mi madre dudó un segundo más, pero terminó asintiendo con un suspiro de resignación. Yo me mantuve en silencio, cruzado de brazos contra la pared, clavando mis ojos en la figura del viejo. Conocía demasiado bien a don Alfredo Arango. El viejo estaba tramando algo grande, algo que iba mucho más allá de una simple cena de bienvenida. Una corazonada oscura me recorrió la espina dorsal, advirtiéndome que esa cena era una trampa impecable... y que Antonia y yo íbamos directo a caer de cabeza en ella.POV Antonia No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara. Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces. Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc. —Necesito hablar contigo. Julián no se volvió. —Es tarde, patroncita. Vaya a dormir. —No me des órdenes. —No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora. —Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor. Se det
POV Julián Las seis de la tarde en la feria olían a aceite quemado y a pólvora. Yo esperaba junto a la camioneta con el sombrero en la mano, contando los minutos para volver a la hacienda. Luz Dary me había dejado por fin en paz, no sin antes decirme que esa mujer no valía lo que yo aguantaba. Le dije que se fuera a su casa. Mateo apareció entre los puestos con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, la que usaba cuando iba a pedir algo. —Julián Esteban. Necesito un favor. —Dígame. —Me salió un compromiso. Uno de esos que no se pueden dejar. —Se rascó la nuca—. Excúseme con Antonia, ¿sí? Y con el primo, que ese tiene cara de apuntar todo lo que respiro. Digan que me llamaron de la finca. —¿Se va ya? —Me recogen en la entrada. No se preocupe, me devuelvo solo. —Como quiera. Me dio una palmada en el hombro, de esas suyas que casi tumban, y se perdió entre la gente. Yo lo seguí con la vista sin ninguna intención, por costumbre de hermano mayor. Y por eso lo vi. En la en
POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
POV Antonia Mi abuelo ordenó el almuerzo para las once, y a esa hora, en La Esmeralda, un almuerzo era un banquete disfrazado de desayuno: huevos pericos, arepas, chocolate espeso, queso campesino y una bandeja de plátano maduro que Doña Carmen servía como si la vida dependiera de ello. Mateo llegó puntual, cosa rara en él. Traía una camisa blanca con las mangas remangadas y esa sonrisa de quien nunca ha llegado tarde a ningún lugar donde lo quieran. —Don Alfredo, qué gusto verlo de pie. Mi mamá le manda un abrazo y esto. —Dejó sobre la mesa una botella de aguardiente añejo—. Dice que es para las penas. —Tu madre siempre supo qué regalar. —Mi abuelo la recibió con un asomo de sonrisa—. Siéntate, muchacho. Estás en tu casa. Mateo se sentó a mi lado y me rozó el hombro con el suyo, apenas, un gesto de aliado. La noche anterior habíamos ensayado el libreto en el teléfono: él sería el pretendiente discreto, yo la mujer que por fin sentaba cabeza. Dos actores con un contrato verbal y
POV Julián Mateo de la Pava llegó a la hacienda como llegaba a todas partes: sin ceremonia y sin avisar. Yo estaba en el patio, revisando el cincho de una mula, cuando escuché el trote de un caballo bayo por el camino de entrada. Levanté la vista y lo reconocí antes de verle la cara, por esa forma suya de ir montado, medio despatarrado, con las riendas flojas y el sombrero echado atrás, como quien pasea por su propia casa. —¡Julián Esteban! —gritó, y se bajó de un salto—. ¡Pero mire a este hombre! ¡Más serio que un notario! No alcancé a limpiarme las manos. Me estrechó en un abrazo de esos que tumban, con palmadas fuertes en la espalda, y olía a cuero, a jabón y a cigarrillo. —Mateo. Qué bueno verlo. —Bueno nada, ¡qué falta me hacía esta cara de palo! —Me sostuvo por los hombros y me miró de arriba abajo—. ¿Y esa venda? ¿Qué se hizo? —Un resbalón en el arroyo. Nada. —Siempre nada. Usted se rompería un brazo y diría que se le atravesó una mosca. —Se rio, y su risa era fácil, a
POV Antonia Llegué al comedor con cinco minutos de retraso, a propósito. Las mujeres de mi familia siempre habían sabido que quien entra último, entra mejor. Alejandro ya estaba sentado a la derecha de mi abuelo, con la servilleta en el regazo y una copa de vino que nadie le había ofrecido. Hablaba, por supuesto. Hablaba de la junta, de la bolsa, de un yate en Cartagena. —...y entonces le dije al ministro que Colombia no necesita más cafeteros, necesita gente que sepa invertir. —Me vio y se levantó a medias, con una reverencia burlona—. Prima, qué elegancia. Se nota que el campo no te ha quitado las costumbres. —Qué amable. —Es un cumplido sincero. Siempre fuiste la más bonita de la familia. —Sonrió—. Qué lástima desperdiciar tanta belleza detrás de un escritorio. Los números son pesados para una señorita, ¿no te aburres? Me senté con la sonrisa intacta. Debajo de la mesa, clavé las uñas en mi servilleta. —Me divierto mucho, Alejandro. Los números son más honestos que la gente







