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Capítulo 5: La Trampa del Viejo

Penulis: Betty06
last update Tanggal publikasi: 2026-10-13 06:30:33

​Bajé las escaleras cuando la mesa ya estaba servida. Las tejas de la casona aún retumbaban con el goteo de la lluvia, pero dentro del comedor el ambiente estaba tan tenso que podía cortarse con un cuchillo.

​Antonia apareció en la puerta luciendo apenas un jean desgastado y una camiseta básica de algodón; lo único que mi madre había logrado conseguirle entre sus cosas sencillas mientras toda la ropa de marca de la heredera terminaba de secarse. Pensé que sin sus trajes de ejecutiva europea perdería esa aura de intocable, pero me equivocaba. Se veía jodidamente hermosa. Ese desaliño forzado solo resaltaba la belleza natural que siempre había intentado esconder detrás de capas de arrogancia y maquillaje caro.

​Yo vestía como todos los días: camisa de trabajo, jeans oscuros y las mismas botas de cuero que usaba para recorrer las trochas. Al mirar a mi alrededor, no pude evitar sentir un nudo en el estómago. Mi madre, mi hermana y yo desentonábamos por completo en medio de la magnificencia de ese gran comedor de caoba, rodeados de cubiertos de plata, vajilla fina y retratos al óleo de antepasados que jamás nos habrían mirado a la cara.

​—Siéntense, por favor. Esta noche no hay empleados ni patrones en esta mesa —dijo don Alfredo, rompiendo el hielo con una vitalidad que no le veía desde hacía meses.

​El viejo llegó contento, con una sonrisa amplia que me puso en guardia de inmediato. Se sirvió un poco de vino y, para sorpresa de todos, empezó a hablar del pasado, desempolvando los recuerdos de sus viejas aventuras con mi padre, Ramiro, quien había entregado su vida entera trabajando como su capataz de confianza.

​—Todavía me acuerdo como si fuera ayer —dijo el viejo, mirando a mi madre con nostalgia—. Ese muchacho llegó a mi despacho sudando frío a pedirme un préstamo para comprar un anillo y pedirle matrimonio a Carmen. Yo mismo lo llevé a la joyería del pueblo. Él quería comprar uno modesto, ajustado a su sueldo de peón, pero lo que no contaba Ramiro era que yo ya me le había adelantado y había comprado el más fino de la vitrina.

​—Ay, patrón, usted siempre tan terco —murmuró mi madre, sonriendo con timidez y limpiándose disimuladamente una lágrima del rostro—. Ramiro pasó años apenado pensando cómo le iba a pagar semejante joya.

​—Nunca quise aceptarle un solo centavo de vuelta a Ramiro —continuó don Alfredo, alzando la copa con firmeza—. Se lo dije mil veces: "Ramiro, no seas mulo". Para mí, él fue el hijo que nunca tuve. Y al irse, me regaló a este muchacho, que para mí es como un hijo más de esta familia.

​—Usted sabe que mi papá lo respetaba como a nadie, don Alfredo —intervine con voz baja, clavando la vista en la mesa y apretando los cubiertos—. Pero nosotros sabemos bien cuál es nuestro lugar en esta finca.

​—Tu lugar es donde yo diga que estás, Julián —replicó el viejo, mirándome fijamente antes de girarse hacia su nieta.

​Antonia escuchaba atenta desde el otro lado de la mesa. La luz de las arañas de cristal se reflejaba en su rostro, pero sus ojos oscuros eran completamente indescifrables. No había arrogancia explícita en su postura en ese instante, solo una atención tensa y analítica.

​—Abuelo, es muy lindo recordar el pasado —interrumpio Antonia con voz pausada, cruzando los brazos sobre la mesa—, pero supongo que no nos reuniste a todos aquí solo para hablar de las anécdotas de la hacienda. Sabes muy bien la situación crítica en la que está el holding en Bogotá y el tiempo que me costó llegar hasta acá.

​—Siempre tan impaciente, Antonia —sonrió el viejo, dejando la copa sobre la caoba con un golpe seco que apagó los murmullos—. Tienes la misma prisa que tu padre, pero la cabeza fría de tu madre. Está bien, hablemos de negocios.

​El silencio cayó como una losa pesada sobre el comedor. Yo, en cambio, solo esperaba el bombazo que el viejo estaba a punto de lanzar. Conocía demasiado bien a don Alfredo: todas estas historias emotivas y los brindis por el pasado eran solo el preámbulo para algo grande. Un endulzante antes de la estocada.

​—Yo sé, querida Antonia, que viniste desde Bogotá buscando mi apoyo absoluto para asumir la presidencia y frenar a tu primo Alejandro... y lo tendrás, pero a mi manera —sentenció el viejo con una frialdad ejecutiva que nos heló la sangre a todos—. Para ello, debes comprender de una vez por todas que Carmen y sus hijos son para mí familia, exactamente al igual que tú y tu madre.

​—¿De qué estás hablando, abuelo? —preguntó Antonia, enderezando la espalda de golpe y frunciendo el ceño—. Mi posición en la empresa no tiene nada que ver con los empleados de la hacienda.

​—Tiene todo que ver —la cortó el viejo levantando una mano—. Voy a nombrar a Julián como mi apoderado legal absoluto de todos mis bienes hasta el día de mi muerte. Y para que tú puedas heredar la totalidad de mis acciones y asumir el control del holding, la condición es una sola: debes casarte con él antes de que termine este mes.

​El silencio que siguió fue atronador. Mis oídos comenzaron a pitar y sentí un balde de agua helada cayéndome por la espalda. Las palabras de don Alfredo flotaban en el aire como una sentencia de muerte.

​No podía creer lo que ese zorro viejo pretendía. Un nudo de rabia, incredulidad y desconcierto me apretó la garganta hasta dejarme casi sin aire. Nos había metido a todos en una trampa perfecta, utilizando la memoria sagrada de mi padre y la ambición desmedida de Antonia para atarnos de manos en una farsa de matrimonio. Sentí la sangre hervirme en las venas de pura impotencia, consciente de que quedaba atrapado entre la lealtad al hombre que nos lo dio todo y el asco de tener que unir mi vida a la mujer que me destrozó el corazón.

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