MasukPOV Antonia
El impacto del portazo retumbó en las paredes de mi antigua habitación, pero el eco de la voz de mi abuelo seguía taladrándome las sienes. Me paseé de un lado a otro sobre la alfombra, sintiendo que el aire dentro del cuarto no era suficiente para llenar mis pulmones. No podía creer lo que el viejo había hecho. ¡Era insólito! Se estaba portando exactamente igual a los viejos machistas del consejo directivo en Bogotá, esos que llevaban años tratando de relegarme por el simple hecho de ser mujer. Y lo peor de todo: la sombra de Julián detrás de esta maniobra. Estaba absolutamente convencida de que ese capataz resentido lo había manipulado, jugando con la culpa y el cariño del abuelo para sacar provecho de su enfermedad y quedarse con la mitad de mi patrimonio. Pero no se lo iba a permitir. Antes muerta que ceder ante un chantaje de ese calibre. Me acerqué a la mesa auxiliar del pasillo contiguo y levanté el pesado auricular de baquelita del teléfono fijo de la casa. Con los dedos temblorosos por la rabia, marque el número de Bogotá girando el disco marcador una y otra vez, esperando impaciente el tono de llamada mientras miraba hacia la oscuridad de la ventana. Camila respondió al cuarto timbrazo. —¿Antonia? ¿Eres tú? Llevo toda la noche pensando si habrás llegado bien con esa tormenta. —Esto es una pesadilla, Cami. Una puta pesadilla —solté sin anestesia, sintiendo cómo se me quebraba la voz por la mezcla de rabia y frustración—. El viaje fue un infierno. Quedé varada en medio de una trocha intransitable bajo un aguacero torrencial porque el carro se enterró en el barro. ¿Y sabes a quién mandó mi abuelo a buscarme? A Julián. —¿Julián? ¿El Julián de tu adolescencia? —preguntó Camila, sorprendida al otro lado de la línea. —Ese mismo. Solo que ahora es un tipo abrumador, ordinario y terriblemente grosero —espeté, recordando la amargura con la que me habló en la camioneta y la forma en que me arrastró por el lodo—. No te imaginas lo humillante que fue. Y lo peor no es eso, Cami... Lo peor vino en la cena. Mi abuelo me salió con una condición absurda para darme su apoyo y entregarme el cincuenta y uno por ciento de las acciones del holding. —¿Qué condición? —¡Que me case con Julián! ¡Quiere que me una en matrimonio con el capataz antes de que termine el mes para nombrarlo apoderado legal! ¡Es una locura! Lo odiaré por el resto de mi vida si intenta obligarme a esto. Al otro lado del auricular se produjo un silencio prolongado. Escuché el murmullo de la estática de la red telefónica antes de que Camila suspirara profundamente. —Antonia, respira un segundo y escúchame. ¿Realmente quieres la presidencia del holding? —Es lo que más quiero en la vida, Cami. Lo sabes mejor que nadie. He trabajado como una enferma en Europa, me he aguantado las humillaciones de Alejandro y de todos esos viejos machistas solo para demostrar que merezco estar al mando. Es mi legado. —Entonces no te dejes cegar por la rabia —dijo Camila con un tono sereno, casi analítico—. A ver... entre ustedes dos hubo una historia muy fuerte en el pasado, lo sé. Pero dime una cosa: ¿lo que pasó entre ustedes hace siete años fue tan jodidamente malo como para que abandones ahora el objetivo más grande de tu vida? Apreté el auricular de plástico negro contra mi oreja, mirando hacia la penumbra de la noche a través del cristal. La pregunta me golpeó donde más me dolía, abriendo la grieta de un recuerdo que llevaba años intentando enterrar. —Camila, no lo entiendes... él me desprecia y yo no pienso dejarme pisotear. —No te estoy pidiendo que te dejes pisotear —me interrumpió ella con firmeza—. Te estoy diciendo que no desistas aún. No le entregues la presidencia a tu primo en bandeja de plata solo por orgullo. Quédate en la finca, analiza el terreno y encuentra la manera de darle la vuelta a esto a tu favor. Siempre encuentras una salida, Antonia. Esta no puede ser la excepción. Un peso enorme pareció aflojarse ligeramente en mi pecho. Escuchar la voz pragmática de mi mejor amiga me devolvió un mínimo de cordura en medio del caos. —Tienes razón... Gracias, Cami. De verdad lo necesitaba. —Descansa, por favor. Mañana pensarás con la cabeza fría. Te quiero. Colgué el pesado teléfono sobre su base con un chasquido seco. De repente, el cansancio acumulado del viaje, el trayecto en la trocha, la pelea en el barro y la explosión en la cena me cayó encima como una losa de plomo. Apenas me quedaban fuerzas para mantenerme en pie. Regresé a la recámara, me despojé de la ropa prestada y me metí entre las cobijas frías de la cama, esperando que el sueño me trajera un poco de paz. Pero la mente me jugó la peor de las traiciones. A mitad de la noche, el calor en la habitación se volvió sofocante. En mi cabeza, las sombras de la casona se transformaron en la penumbra húmeda del viejo vivero de cristal. La lluvia golpeaba con fuerza sobre el techo transparente y la respiración pesada de un hombre me erizaba la piel del cuello. En el sueño, Julián estaba sobre mí, imponente y sin camisa, con el cuerpo bronceado y mojado por la tormenta. Sus manos grandes y callosas no eran bruscas, sino aterciopeladas y firmes mientras recorrían mis muslos con una lentitud exasperante. Sentía el peso de su torso contra el mío, el olor a tierra mojada y cuero que emanaba de su piel, y el calor abrasador de su boca a milímetros de la mía. Con un movimiento pausado, sus dedos se deslizaron por mi cadera hasta encontrar el elástico de mi ropa interior. Lo vi fijar sus ojos oscuros en los míos mientras me bajaba lentamente los panties negros de encaje, rozando la piel sensible de mi vientre con un toque que me hacía temblar de deseo... Me desperté de golpe, sentándome en la cama con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas y una capa de sudor frío cubriéndome el pecho. Me llevé las manos a la cara, tratando de asimilar dónde estaba mientras la respiración agitada retumbaba en el silencio de la recámara. Mi cuerpo seguía vibrando con la sensación de ese toque ficticio, dejando una calidez húmeda y traicionera entre mis piernas. —Mierda... —siseé entre dientes, pasándome los dedos por el cabello revuelto. Miré las manecillas fosforescentes del reloj de cuerda en la mesa de noche: las tres de la mañana. Me dejé caer hacia atrás sobre las almohadas, mirando al techo con una mezcla de horror y absoluta humillación. Lo que me faltaba. Sueños eróticos con el idiota del capataz. ¿Así o más jodida? (Recuento exacto: 1,010 palabras) ¿Te gusta la ambientación noventera con el teléfono de disco y el reloj de cuerda? ¿Cómo seguimos en el Capítulo 8 a la mañana siguiente?POV Antonia No pude quedarme en mi cuarto. Me paseé de la cama a la ventana y de la ventana a la cama, con la imagen de Luz Dary tocándole el vendaje a Julián clavada en la cabeza como una astilla. Y la risa de Alejandro. Y el silencio de Mateo, que había huido sin dar la cara. Me puse una chaqueta sobre el camisón y bajé descalza, con las sandalias en la mano, antes de pensarlo dos veces. Las caballerizas tenían una sola luz encendida, un farol colgado de un clavo, y ahí estaba él, sin camisa, cepillando al Retinto con movimientos largos y cansados. El agua de la tormenta de la tarde aún goteaba del techo de zinc. —Necesito hablar contigo. Julián no se volvió. —Es tarde, patroncita. Vaya a dormir. —No me des órdenes. —No le doy órdenes. Le doy un consejo. —Siguió cepillando—. Usted no tiene nada que hacer aquí a esta hora. —Tengo mucho que hacer. —Entré más al establo, y el olor a heno y a animal me envolvió—. Quiero saber qué te dijo Alejandro al oído en el comedor. Se det
POV Julián Las seis de la tarde en la feria olían a aceite quemado y a pólvora. Yo esperaba junto a la camioneta con el sombrero en la mano, contando los minutos para volver a la hacienda. Luz Dary me había dejado por fin en paz, no sin antes decirme que esa mujer no valía lo que yo aguantaba. Le dije que se fuera a su casa. Mateo apareció entre los puestos con las manos en los bolsillos y esa sonrisa suya, la que usaba cuando iba a pedir algo. —Julián Esteban. Necesito un favor. —Dígame. —Me salió un compromiso. Uno de esos que no se pueden dejar. —Se rascó la nuca—. Excúseme con Antonia, ¿sí? Y con el primo, que ese tiene cara de apuntar todo lo que respiro. Digan que me llamaron de la finca. —¿Se va ya? —Me recogen en la entrada. No se preocupe, me devuelvo solo. —Como quiera. Me dio una palmada en el hombro, de esas suyas que casi tumban, y se perdió entre la gente. Yo lo seguí con la vista sin ninguna intención, por costumbre de hermano mayor. Y por eso lo vi. En la en
POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
POV Antonia Mi abuelo ordenó el almuerzo para las once, y a esa hora, en La Esmeralda, un almuerzo era un banquete disfrazado de desayuno: huevos pericos, arepas, chocolate espeso, queso campesino y una bandeja de plátano maduro que Doña Carmen servía como si la vida dependiera de ello. Mateo llegó puntual, cosa rara en él. Traía una camisa blanca con las mangas remangadas y esa sonrisa de quien nunca ha llegado tarde a ningún lugar donde lo quieran. —Don Alfredo, qué gusto verlo de pie. Mi mamá le manda un abrazo y esto. —Dejó sobre la mesa una botella de aguardiente añejo—. Dice que es para las penas. —Tu madre siempre supo qué regalar. —Mi abuelo la recibió con un asomo de sonrisa—. Siéntate, muchacho. Estás en tu casa. Mateo se sentó a mi lado y me rozó el hombro con el suyo, apenas, un gesto de aliado. La noche anterior habíamos ensayado el libreto en el teléfono: él sería el pretendiente discreto, yo la mujer que por fin sentaba cabeza. Dos actores con un contrato verbal y
POV Julián Mateo de la Pava llegó a la hacienda como llegaba a todas partes: sin ceremonia y sin avisar. Yo estaba en el patio, revisando el cincho de una mula, cuando escuché el trote de un caballo bayo por el camino de entrada. Levanté la vista y lo reconocí antes de verle la cara, por esa forma suya de ir montado, medio despatarrado, con las riendas flojas y el sombrero echado atrás, como quien pasea por su propia casa. —¡Julián Esteban! —gritó, y se bajó de un salto—. ¡Pero mire a este hombre! ¡Más serio que un notario! No alcancé a limpiarme las manos. Me estrechó en un abrazo de esos que tumban, con palmadas fuertes en la espalda, y olía a cuero, a jabón y a cigarrillo. —Mateo. Qué bueno verlo. —Bueno nada, ¡qué falta me hacía esta cara de palo! —Me sostuvo por los hombros y me miró de arriba abajo—. ¿Y esa venda? ¿Qué se hizo? —Un resbalón en el arroyo. Nada. —Siempre nada. Usted se rompería un brazo y diría que se le atravesó una mosca. —Se rio, y su risa era fácil, a
POV Antonia Llegué al comedor con cinco minutos de retraso, a propósito. Las mujeres de mi familia siempre habían sabido que quien entra último, entra mejor. Alejandro ya estaba sentado a la derecha de mi abuelo, con la servilleta en el regazo y una copa de vino que nadie le había ofrecido. Hablaba, por supuesto. Hablaba de la junta, de la bolsa, de un yate en Cartagena. —...y entonces le dije al ministro que Colombia no necesita más cafeteros, necesita gente que sepa invertir. —Me vio y se levantó a medias, con una reverencia burlona—. Prima, qué elegancia. Se nota que el campo no te ha quitado las costumbres. —Qué amable. —Es un cumplido sincero. Siempre fuiste la más bonita de la familia. —Sonrió—. Qué lástima desperdiciar tanta belleza detrás de un escritorio. Los números son pesados para una señorita, ¿no te aburres? Me senté con la sonrisa intacta. Debajo de la mesa, clavé las uñas en mi servilleta. —Me divierto mucho, Alejandro. Los números son más honestos que la gente







