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Capítulo 8: Guerra en el Patio

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-13 07:18:33

​Me levanté con un solo objetivo grabado a fuego en la mente: hacerle la vida absolutamente imposible a Julián. Esa sería mi única estrategia de supervivencia. Si mi abuelo pretendía acorralarme y usar la hacienda como una trampa para doblegarme, yo me encargaría de presionar al capataz hasta que fuera él mismo quien rechazara la propuesta frente al viejo. Se iba a arrepentir amargamente de haber aceptado sentarse en esa mesa y de haberse prestado para semejante farsa.

​Aún en bata de seda, salí al balcón de mi antigua recámara para respirar el aire fresco de la mañana. El olor a tierra mojada por el rocío y a hierba cortada inundaba el ambiente. Desde esa altura se dominaba casi toda la propiedad: las caballerizas de madera oscura, los potreros donde pastaba el ganado y, a lo lejos, tapado a medias por los árboles, la silueta abandonada del viejo invernadero de cristal. La estructura ya no era el refugio resplandeciente de nuestra adolescencia; ahora lucía vieja, opaca, con los vidrios manchados y la maleza trepando por los marcos de hierro. Era un reflejo perfecto de lo que quedaba entre nosotros: un esqueleto ruinoso cubierto de olvido.

​De pronto, mi mirada se detuvo en las cuadras principales.

​Ahí estaba él. Julián cargaba pesados bultos de heno sobre los hombros para acomodarlos en las carretas, completamente desprovisto de camisa. El sol suave de la mañana le bañaba la piel dorada, haciendo resaltar el sudor que le corría en finos hilos por la espalda y el pecho. Tenía un cuerpo adulto, fuerte, esculpido y magistralmente formado por los años de trabajo duro bajo el sol del campo. Me quedé embelesada por unos minutos sin poder evitarlo, siguiendo con los ojos la tensión implacable de sus músculos cada vez que levantaba un bulto y el movimiento firme de sus brazos.

​Maldita sea, Antonia... concéntrate, me increpé a mí misma de inmediato, sintiendo un ardor de vergüenza y rabia recorrer mis mejillas. Sacudí la cabeza con furia y me retiré del balcón. No podía caer en ese juego absurdo ni dejarme llevar por la atracción física hacia el hombre que amenazaba con arruinar mi futuro y despojarme de lo que tanto me había costado construir en Europa.

​Me cambié rápidamente con la ropa limpia que doña Carmen me había dejado cuidadosamente doblada la noche anterior y bajé al primer piso de la casona. En la cocina, la madre de Julián ya me tenía preparado un desayuno caliente: café recién colado en talega, arepas de choclo hechas en la tostadora de hierro y queso fresco del día. Doña Carmen me recibió con esa calidez dulce y sincera, ofreciéndome una maternidad genuina y transparente que mi propia madre jamás se molestó en brindarme mientras yo crecía entre viajes, recepciones y compromisos sociales. Por un momento, el nudo apretado en mi estómago se aflojó gracias a sus mimos y a sus atenciones, recordándome por qué jamás podría guardar ningún tipo de despecho o rencor contra ella.

​—Tómese todo el café, niña Antonia, que se ve que no durmió nada bien —me dijo con ternura, acariciándome el hombro antes de volverse hacia los fogones.

​Tras agradecerle de corazón el gesto, salí hacia la parte trasera para dirigirme al despacho de mi abuelo y empezar a mover mis fichas antes de que fuera demasiado tarde.

​Sin embargo, al doblar la esquina del pasillo de piedra que rodeaba el patio central, no vi lo que venía de frente. Impacté de lleno contra una verdadera torre de músculos dura como la roca. El choque fue tan seco que me sacó todo el aire de los pulmones y quedé pegada por un segundo entero contra su pecho desnudo y sudoroso, sintiendo la firmeza de su torso, el calor abrasador que emanaba de su piel y ese aroma inconfundible a tierra, heno y sudor masculino que me mareó de inmediato.

​Di dos pasos hacia atrás con torpeza, tambaleándome por el impacto, y lo empujé del pecho con todas las fuerzas que tenía concentradas en mis puños, llena de rabia por la sacudida y por el choque de sensaciones traicioneras que me recorrió el cuerpo en un segundo.

​—¡Fíjate por dónde caminas, salvaje! —le increpé con la voz alterada y chillona, limpiándome las palmas de las manos contra el pantalón como si me hubiera contaminado con su contacto—. ¡Eres un torpe, un grosero y un tosco de primera! ¿Ni siquiera en tu propia casa sabes caminar sin llevarte a la gente por delante como si fueras un animal desbocado?

​Julián ni se inmutó ante mi empujón; ni siquiera dio un paso atrás. Se quedó plantado firmemente en medio del pasillo de piedra, sosteniendo un bulto de heno sobre el hombro derecho y mirándome desde su imponencia con esos ojos oscuros cargados de una ironía helada.

​—La que venía caminando como ciega y con la cabeza en las nubes era usted, señorita Arango —respondió él con voz pausada, grave y raspada, sin mostrar el menor rastro de disculpa o arrepentimiento—. Este es un patio de trabajo de la hacienda, no la pasarela de sus oficinas en Bogotá ni las calles de París. Si no quiere tropezarse con la gente que sí se levanta desde el amanecer a sudar la camisa, le sugiero que mire muy bien por dónde pisa.

​—¡Eres un cínico impresentable! —le solté entre dientes, apretando los puños a los costados mientras la sangre me hervía de pura impotencia—. Piensas que porque mi abuelo te dio alas anoche ya puedes tratarme como te dé la gana. Te juro que voy a encargarme personalmente de que rechaces esa estupidez de propuesta.

​Julián acomodó el bulto sobre su hombro con una facilidad pasmosa y dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que su sombra me cubrió por completo.

​—Haga el intento que quiera, Antonia —siseó en un murmullo bajo que solo yo pude escuchar—. Pero a mí no me venga a culpar de las decisiones de don Alfredo. Si cree que me muero de ganas por estar atado a una mujer caprichosa y helada como usted, está muy equivocada.

​Lo odiaba. Odiaba su serenidad provocadora, odiaba su arrogancia rústica y, por sobre todas las cosas, odiaba el maldito efecto que su cercanía física seguía teniendo sobre mí a pesar de los años.

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