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Capítulo 5: Una audacia descarada

Penulis: Eevies Magie
last update Tanggal publikasi: 2026-10-20 08:43:44

En su escritorio corporativo, Stefan ladraba órdenes por teléfono. «Limítate a hacer bien tu trabajo y financiaré el proyecto. Nada de errores», instruyó con brusquedad antes de colgar, apretando los dientes por pura frustración. Se sentía completamente agotado por esa farsa a la que llamaban matrimonio. Tras masajearse las sienes, tomó el teléfono de la oficina: «Comunícame con el abogado James. Concerta una cita».

De vuelta en casa, sonó el timbre. Micah se levantó para abrir, sabiendo exactamente quién era.

—¿Qué tal, guapa? —la saludó Micah con una sonrisa.

Angela pasó de largo hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua bien fría. —Que ahí fuera el sol abrasa, eso es lo que pasa.

Micah soltó una risita y entró en la despensa para buscar las galletas favoritas de su amiga. —¡Bendita seas! —exclamó Angela cuando Micah se las entregó. Dio un mordisco y miró a su alrededor—. ¿Está Stefan en casa?

—No, se ha ido de viaje —respondió Micah con naturalidad.

—¿¡Que se ha ido de viaje!? —el tono de Angela se elevó, revelando una agitación repentina y poco habitual en ella.

Micah parpadeó, sorprendida. —¿Por qué te pones así?

Al darse cuenta de que había reaccionado de forma exagerada, Angela recuperó rápidamente la compostura y suavizó el tono: —Es solo que... acaba de volver y ni siquiera han tenido tiempo de pasar un rato juntos de verdad.

Micah, sin percibir ningún trasfondo oculto en aquel comentario, dio por hecho que su mejor amiga simplemente se preocupaba por su bienestar. —Ya ves... en fin, olvidémoslo —dijo, sin querer estropear el momento.

—Entonces, vístete. Vámonos de compras —insistió Angela, deseando animar a su amiga.

En el centro comercial, ambas eligieron varios vestidos de diseñador y empezaron a probárselos. Mientras Micah estaba cerca de los espejos, Angela le dio un toque brusco.

—Oye, mira hacia las tres —susurró Angela.

Micah siguió su mirada y vio a Jane, la secretaria personal de su marido. —Espera, ¿acaso Jane no se fue de viaje de negocios con él? —preguntó Angela, frunciendo el ceño.

Jane, cargada de bolsas de compras de lujo, se dirigía con aire arrogante hacia el mostrador para pagar. Ya estaba empezando a montar un espectáculo innecesario.

—¡Oigan, tengan cuidado con esos artículos! Son increíblemente caros —espetó Jane con pomposidad al personal de la boutique.

—Sí, señora —respondió el dependiente con cortesía.

—¿Va a pagar en efectivo, mediante transferencia o con tarjeta, señora? —preguntó el cajero.

—Con tarjeta —dijo Jane, rebosante de orgullo. Sacó una elegante tarjeta negra de su bolso de diseñador. Pero, justo en el momento en que iba a entregarla, la soltó antes de tiempo y la tarjeta cayó al suelo con un chasquido.

Jane estalló en furia al instante. —¿Estás loco? ¿Acaso has visto alguna vez una tarjeta negra? ¡Te doy la oportunidad única de tener una en tus manos y resulta que la dejas caer al suelo!

—Lo siento mucho, señora. De verdad, lo siento —balbuceó el cajero, disculpándose una y otra vez.

Micah y Angela se acercaron por detrás. —Oye, cálmate —dijo Micah con firmeza.

—¿Y quién demonios eres tú para decirme que...? —saltó Jane, dándose la vuelta. Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta y su rostro perdió todo el color al darse cuenta de que tenía a Micah justo delante.

La mirada de Micah se posó de inmediato en la tarjeta negra que Jane acababa de recoger del suelo. Era la tarjeta corporativa exclusiva de Stefan. ¿Por qué diablos tenía Jane su tarjeta corporativa personal?

—Señora Micah —dijo Jane, recuperando rápidamente la compostura mientras guardaba la tarjeta en su bolso.

—¿Qué está pasando aquí, Jane? —preguntó Micah, con un tono cargado de sospecha.

—Nada. Es solo que los empleados de aquí son increíblemente molestos —respondió Jane, forzando una sonrisa tensa y artificial.

—Veo que has hecho bastantes compras —añadió Angela con sarcasmo, percibiendo la absoluta falta de respeto que emanaba de la secretaria—. ¿No deberías estar de viaje con tu jefe en este momento? Omitió deliberadamente el destino.

Jane lo captó al instante; sus ojos brillaron, pero se recuperó con soltura. «Así es. El señor Stefan me pidió que hiciera un recado: recoger algunos artículos esenciales y traer unos contratos secundarios. El cliente con el que se reúne ha retrasado la cita tres días, así que él va a prolongar su estancia». Lo explicó con una calma absoluta, casi escalofriante.

Micah sintió que sus sospechas se disipaban. Al fin y al cabo, Jane era su asistente ejecutiva. No era raro que Stefan le entregara su tarjeta para cubrir gastos de la empresa o gestionar viajes.

—Muy bien, señora Micah —dijo Jane, alargando el título con un sutil matiz de burla—. Tengo que irme ya. —Se volvió hacia el cajero, completó la transacción y salió de la tienda.

—¡Qué descaro el de esa secretaria! —exclamó Angela con desprecio, cruzándose de brazos.

—No pasa nada, Angela. Es simplemente su forma de ser —suspiró Micah.

Stefan no había llamado a Micah ni una sola vez desde que se marchó, y su línea había estado completamente desconectada. Más tarde, esa misma noche, al sentir una intensa oleada de soledad, Micah volvió a marcar su número. Para su sorpresa, la llamada entró.

—Hola, mi amor —dijo Micah, suavizando su voz para que sonara lo más dulce posible.

—Hola, cariño. Siento mucho no haberte llamado en todo este tiempo. He estado hasta arriba de trabajo y las cosas no salieron como esperaba —respondió Stefan con tono tranquilo al otro lado de la línea.

Al escuchar su voz suave, el corazón de Micah se enterneció al instante. —Lo sé, cariño. Me lo ha contado Jane.

—¿Has visto a Jane? —La voz de Stefan se entrecortó ligeramente.

En una suite de hotel, a kilómetros de distancia, Stefan dirigió una mirada rápida hacia Jane, quien estaba recostada despreocupadamente sobre la cama, a su lado. Jane esbozó una sonrisa pícara y, acercándose deliberadamente a Stefan, pasó sus brazos alrededor de sus hombros, recorriendo con los dedos su clavícula para provocarlo mientras él hablaba por teléfono.

Stefan soltó un suspiro entrecortado; sus músculos se tensaron bajo la inmensa presión de la mentira. Micah notó aquel cambio repentino en su respiración a través del teléfono.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó Micah, preocupada al instante.

Stefan tardó unos segundos angustiosos en recuperar la calma en su voz. —Estoy bien, cariño... solo que estoy agotado —logró decir en un susurro grave y tenso, mientras lanzaba a Jane una mirada oscura y severa, indicándole que se detuviera. «Está bien, te dejo para que descanses», murmuró Micah, comprendiendo perfectamente lo agotadoras que podían llegar a ser las negociaciones corporativas.

«Gracias por tu comprensión, cariño. Te extraño. Cuídate, ¿vale?», dijo él rápidamente, terminando la llamada antes de que ella pudiera siquiera despedirse.

Stefan arrojó el teléfono sobre la mesita de noche y se volvió hacia Jane con expresión furiosa. «¿Por qué no me dijiste que te la habías encontrado?», gruñó, con la voz cargada de pura irritación.

Jane levantó la cabeza; una sonrisa maliciosa y triunfante se dibujó en sus labios. «¿Quién? ¿Ah, la señora Micah? Fue solo un encuentro casual en el centro comercial». Le dedicó una sonrisa gélida. «Vio la tarjeta corporativa, pero cálmate, grandullón. Le dije que tú me habías pedido que comprara unos artículos personales para llevar a tu reunión. Se lo creyó por completo. No hay absolutamente nada de qué preocuparse».

Jane soltó una risita suave mientras se recostaba contra las almohadas, divirtiéndose ante la facilidad con la que había manipulado a la esposa de Stefan.

Stefan soltó un largo suspiro y su cuerpo se relajó contra el cabecero de la cama, aunque una mirada oscura y calculadora permaneció en sus ojos. «Has sido increíblemente imprudente», murmuró Stefan, con un tono frío y autoritario. «Si vuelves a poner en peligro mi posición de esa manera, habrá consecuencias graves».

En casa, Micah miraba la pantalla del televisor con la mente en blanco. Pero sus pensamientos no estaban en la película; volvían una y otra vez a su mañana en el gimnasio. Recordaba su entrenamiento, la guía constante y atenta de su entrenador, y la imagen imborrable de Logan sonriéndole con una sinceridad genuina.

Por primera vez en mucho tiempo, alguien la había mirado como si ella realmente importara.

«No, no... esto está muy mal. Estoy casada», se susurró Micah a sí misma, sacudiendo la cabeza con fuerza para despejarse. «El simple hecho de pensar así en otro hombre se siente como una traición».

Pero, en el fondo, esa repentina oleada de calidez no terminaba de desvanecerse. Su mente empezaba a desviarse por un camino peligroso, y ella sabía que, si seguía comparando la atención de Logan con la fría indiferencia de Stefan, eso la

llevaría directamente a meterse en problemas.

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