Se connecterA las siete de la mañana, Micah se despertó para prepararse e ir al gimnasio. Al salir al pasillo, resultó evidente de inmediato que Stefan no había regresado a su dormitorio.
Revisó la habitación de invitados. Estaba vacía. Bajó apresuradamente a la sala de estar, pero él tampoco estaba allí. Fue entonces cuando Micah vio un papel doblado sobre la mesa de centro.
«Tengo que viajar a Japón por un viaje de negocios de dos semanas. Cuídate. Te quiero».
Micah leyó la nota escrita a mano con sentimientos encontrados. Apenas llevaba cuatro días de vuelta y, ahora, la abandonaba de nuevo. Sin embargo, a medida que el dolor inicial se disipaba, surgió en ella una chispa de determinación. Esta ausencia le brindaba dos semanas completas para trabajar en sí misma; podría transformar su cuerpo por completo y sorprenderlo en cuanto regresara.
Su determinación se redobló. Agarró su bolsa de deporte, abrió la tarjeta de socio digital que le habían enviado por correo electrónico y salió.
El gimnasio, JOMA’S, era un centro moderno y de tamaño moderado. Al entrar, Micah observó las filas de máquinas pesadas y equipos complejos, sin tener ni idea de por dónde empezar. Ante la falta de alguien que la orientara, se quedó mirando las cintas de correr un momento antes de subirse a una. Pulsó el botón de inicio y comprobó que la consola era bastante intuitiva.
Sin embargo, por error, seleccionó una velocidad demasiado alta. La cinta se puso en marcha de forma brusca y Micah tuvo dificultades para seguir el ritmo; sus zapatillas golpeaban la superficie con una cadencia frenética y descoordinada. Justo cuando perdió el equilibrio y se preparaba para una caída aparatosa, unos brazos fuertes la sujetaron por detrás.
—A este paso, te vas a torcer los tobillos —advirtió una voz grave.
Una mano pasó por encima de su hombro y pulsó el botón de parada de emergencia. Aquella voz profunda le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Le resultaba increíblemente familiar.
Micah levantó la cabeza y se encontró con la mirada del atractivo hombre que había visto en el centro comercial.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó ella, bajándose de la máquina a la defensiva.
—Eso es un poco duro —respondió él, arqueando una ceja bien definida—. ¿Por qué no esperó a su instructor asignado, señorita Micah?
Micah se quedó paralizada; una oleada de sorpresa desplazó su actitud defensiva. —¿Cómo sabe mi nombre?
Él esbozó una sonrisa burlona, encontrando muy divertida la expresión cautelosa de ella. «Se ve deslumbrante cuando está desconcertada», pensó para sí mismo. —Bueno, digamos que tengo poderes mágicos.
—Ja, ja, qué gracioso —dijo Micah, poniendo los ojos en blanco y cruzándose de brazos—. Suéltalo.
—En realidad, deberías darme las gracias —respondió él en tono juguetón.
Micah hizo una pausa, dándose cuenta de que tenía razón. Si él no hubiera intervenido, probablemente estaría ahora mismo en una sala de urgencias. —Gracias —murmuró, manteniendo una expresión neutral.
—Bienvenida a JOMA'S. Soy Logan, tu instructor personal —anunció él con una sonrisa encantadora.
La sorpresa de Micah se transformó al instante en una profunda vergüenza. —Oh... lo siento muchísimo. No me había dado cuenta.
—No pasa nada, no me importa el malentendido —dijo Logan con una risita, guiándola de vuelta hacia la plataforma—. Veo que has elegido la cinta de correr para calentar. Podemos empezar por ahí.
Él se acercó; su alta figura rozó la de ella mientras ajustaba la máquina a un ritmo seguro y pausado. Micah intentó concentrarse en la consola, pero su mirada se desvió involuntariamente hacia el físico atlético de él, notando cómo su ropa deportiva ajustada no hacía absolutamente nada por ocultar su imponente envergadura.
—¿Está bien este ritmo? —preguntó Logan, sacándola de sus pensamientos.
—Sí, es perfecto —murmuró ella.
Satisfecho, Logan se alejó para atender a otro cliente cerca de allí. Micah se puso los auriculares rápidamente, tratando de ahogar el torbellino de sus pensamientos con música. Al principio, el trote constante le resultó llevadero, pero a medida que pasaban los minutos, sus músculos, poco acostumbrados al ejercicio, empezaron a arder. Justo cuando sintió que sus piernas estaban a punto de fallarle por completo, pulsó el botón de apagado, tomó su botella de agua y bebió con avidez, agotada.
—¿Ya estás cansada? —la voz de Logan sonó a su lado.
—No sabía que un calentamiento básico pudiera ser tan agotador —dijo Micah, negando con la cabeza mientras se secaba la frente.
Logan soltó una carcajada cálida. —Bueno, tengo malas noticias: todavía nos quedan tres circuitos más por completar. ¡Vamos allá! —La tomó suavemente por el codo y la guio hacia la siguiente estación.
Se dirigieron al estudio privado de yoga, situado en la parte trasera de las instalaciones. En esta sesión, eran los únicos que ocupaban la tranquila sala.
—Muy bien, elige una esterilla —indicó Logan.
Micah se acercó y desenrolló una de color azul marino; siempre prefería los tonos oscuros.
—Empezaremos con un estiramiento lateral profundo —dijo Logan, demostrando el movimiento antes de observar cómo ella intentaba imitarlo—. Tienes que inclinarte mucho más, Micah. Intenta que las puntas de tus dedos toquen el suelo.
Él se acercó y se colocó justo detrás de ella. Estaba tan cerca que ella podía sentir el leve calor de su aliento sobre su hombro descubierto. Mientras ella se inclinaba hacia un lado, Logan posó sus grandes manos con firmeza sobre su cintura, ajustando su postura y guiando sus caderas para mejorar su flexibilidad. Aquel contacto repentino e íntimo provocó una intensa descarga de adrenalina en todo su cuerpo. A continuación, él la guió a realizar una serie de sentadillas profundas. Mientras ella subía y bajaba durante las repeticiones, la cercanía resultaba vertiginosa, y la parte inferior de su cuerpo rozaba contra él. Para su sorpresa, aquel contacto accidental no provocó que ella se apartara; al contrario, un calor extraño y electrizante floreció en lo más profundo de su ser.
Tras una última serie, Logan le dio un toque en el hombro. «Por hoy es suficiente. Es tu primera mañana de vuelta, así que no debemos llevar tu cuerpo más allá de sus límites».
Él la ayudó a acercarse a un banco. Las piernas de Micah temblaban visiblemente debido al esfuerzo. Para su asombro, Logan se arrodilló frente a ella, tomó su pie y lo apoyó sobre su propio muslo para masajear suavemente la planta del pie, tensa por el ejercicio.
«¿Ofreces este nivel de atención a todos tus clientes?», preguntó Micah con escepticismo, aunque no podía negar lo increíblemente reconfortante que resultaba aquel alivio.
«Solo quiero asegurarme de que no te saltes la sesión de mañana por culpa de las agujetas», respondió Logan con naturalidad, mientras su mirada se encontraba con la de ella.
Al terminar, la acompañó hasta la salida y le entregó una crema tópica específica para la recuperación muscular.
Cuando Micah llegó a casa, sentía el cuerpo increíblemente pesado y empapado en sudor. Por suerte, el gimnasio estaba a solo unas manzanas de distancia. Entró directamente al cuarto de baño y abrió la ducha.
«De todos los lugares posibles, tenía que estar justo en el gimnasio que elegí», se quejó Micah.
«¡Dios mío, qué guapo es!», pensó, recordando su físico y el contacto corporal que se produjo durante la sesión. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
¡Maldita sea! Había perdido el control por completo, totalmente absorta en los pensamientos sobre su nuevo entrenador personal.
A la mañana siguiente, la alarma sonó puntualmente. Micah se obligó a salir de la cama, se puso ropa deportiva y salió de casa. Completó una carrera a buen ritmo de treinta minutos antes de llegar, por fin, al gimnasio. Lo primero que vio al cruzar la puerta fue a su entrenador.—Buenos días, Micah —dijo Logan en voz baja. Su barítono, profundo y cautivador, provocó una vibración inmediata y familiar que recorrió todo su ser.—Buenos días, Logan —respondió ella, manteniendo un tono alegre y enérgico—. ¿Qué toca hoy?Él esbozó una sonrisa pícara mientras se apoyaba en el mostrador. —Vaya, vaya... Alguien ha amanecido de muy buen humor hoy.—Solo quiero ponerme en forma. Tengo una cuenta atrás en marcha —explicó Micah.—¿Se puede saber a qué se debe esa cuenta atrás? —preguntó él.—¡Eso no se dice! —respondió Micah con un tono vivaz, antes de darse la vuelta sobre sus talones y dirigirse hacia las cintas de correr.Logan la siguió con la mirada; su sonrisa pícara dio paso a un gesto de
En su escritorio corporativo, Stefan ladraba órdenes por teléfono. «Limítate a hacer bien tu trabajo y financiaré el proyecto. Nada de errores», instruyó con brusquedad antes de colgar, apretando los dientes por pura frustración. Se sentía completamente agotado por esa farsa a la que llamaban matrimonio. Tras masajearse las sienes, tomó el teléfono de la oficina: «Comunícame con el abogado James. Concerta una cita».De vuelta en casa, sonó el timbre. Micah se levantó para abrir, sabiendo exactamente quién era.—¿Qué tal, guapa? —la saludó Micah con una sonrisa.Angela pasó de largo hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua bien fría. —Que ahí fuera el sol abrasa, eso es lo que pasa.Micah soltó una risita y entró en la despensa para buscar las galletas favoritas de su amiga. —¡Bendita seas! —exclamó Angela cuando Micah se las entregó. Dio un mordisco y miró a su alrededor—. ¿Está Stefan en casa?—No, se ha ido de viaje —respondió Micah con naturalidad.—¿¡Que s
A las siete de la mañana, Micah se despertó para prepararse e ir al gimnasio. Al salir al pasillo, resultó evidente de inmediato que Stefan no había regresado a su dormitorio.Revisó la habitación de invitados. Estaba vacía. Bajó apresuradamente a la sala de estar, pero él tampoco estaba allí. Fue entonces cuando Micah vio un papel doblado sobre la mesa de centro.«Tengo que viajar a Japón por un viaje de negocios de dos semanas. Cuídate. Te quiero».Micah leyó la nota escrita a mano con sentimientos encontrados. Apenas llevaba cuatro días de vuelta y, ahora, la abandonaba de nuevo. Sin embargo, a medida que el dolor inicial se disipaba, surgió en ella una chispa de determinación. Esta ausencia le brindaba dos semanas completas para trabajar en sí misma; podría transformar su cuerpo por completo y sorprenderlo en cuanto regresara.Su determinación se redobló. Agarró su bolsa de deporte, abrió la tarjeta de socio digital que le habían enviado por correo electrónico y salió.El gimnasio
Llegaron al centro comercial y se dirigieron directamente a la sección de ropa.Angela le dio un pequeño toque, señalando a una mujer de curvas espectaculares que estaba cerca del pasillo. «No te voy a mentir, su conjunto resalta muchísimo su figura».«Nada mal», respondió Micah con una leve sonrisa. «Definitivamente tienes buen ojo para el estilo».Ambas rieron mientras Angela empezaba a sacar varias prendas de los percheros: tops ajustados, conjuntos a juego y algunas elegantes prendas de noche con detallados bordados florales.«No sé si este estilo me quedará bien», admitió Micah, sintiéndose de repente algo cohibida.«¡Es lo que se lleva ahora, amiga!», dijo Angela entre risas, mientras echaba la prenda a la cesta.Mientras seguían mirando, la mirada de Micah se desvió hacia la sección de ropa deportiva. Allí había un hombre indudablemente atractivo, alto y con un físico atlético natural. Durante los siguientes diez minutos, se quedó completamente embelesada. Tenía una mandíbula m
No iba a montar un espectáculo. Se negaba a darle a los medios un asiento en primera fila para presenciar la ruina de su familia.Micah dio media vuelta y se alejó; las lágrimas le nublaban la vista. Estaba furiosa, pero lo que más le dolía era que Stefan ni siquiera hubiera intentado seguirla.En cuanto llegó a su coche, Micah marcó el número de Angela. Necesitaba desesperadamente a alguien en ese momento. Al no lograr establecer la conexión, se dejó caer al suelo del vehículo y rompió a llorar, mientras un dolor intenso se apoderaba de su pecho. «¿En qué me equivoqué?», se preguntó.Recordó las hirientes palabras que Stefan le había dicho esa misma mañana: «Estás engordando».Era cierto que había ganado algo de peso desde que renunció a su empleo corporativo. Pero Stefan prácticamente le había rogado que se quedara en casa. Le dijo que no quería que se estresara, insistiendo en que se concentrara exclusivamente en intentar tener un bebé. Para mantenerse ocupada en una casa vacía, in
Micah se acercó, con la intención de acortar la distancia entre ambos en la cama, pero Stefan se alejaba un poco más con cada intento.—¿Qué te pasa? —le preguntó Micah a su esposo.Él emitió un gruñido mientras le acariciaba suavemente la barbilla. —Micah, ¿no podemos simplemente dormir? Estoy muy cansado.—Llevas diciendo eso desde que volviste —dijo ella, acercándose más. Esta vez él no se apartó; al contrario, la estrechó contra sí.—Lo sé, cariño, y lo siento. Prometo compensártelo mañana por la noche, ¿de acuerdo? —Le dio un beso suave en el cuello, con la mano apoyada en su cintura. Luego se detuvo y la besó en los labios—. Mañana tendrás toda mi atención.Micah se derritió, dejando sus dudas guardadas bajo llave por el momento. —¿Lo prometes? —preguntó, buscando confirmación.—Lo prometo —respondió él, interrumpiendo el beso. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, y dejó que el sueño la envolviera en su reconfortante abrazo.Stefan habí







