Se connecterLlegaron al centro comercial y se dirigieron directamente a la sección de ropa.
Angela le dio un pequeño toque, señalando a una mujer de curvas espectaculares que estaba cerca del pasillo. «No te voy a mentir, su conjunto resalta muchísimo su figura».
«Nada mal», respondió Micah con una leve sonrisa. «Definitivamente tienes buen ojo para el estilo».
Ambas rieron mientras Angela empezaba a sacar varias prendas de los percheros: tops ajustados, conjuntos a juego y algunas elegantes prendas de noche con detallados bordados florales.
«No sé si este estilo me quedará bien», admitió Micah, sintiéndose de repente algo cohibida.
«¡Es lo que se lleva ahora, amiga!», dijo Angela entre risas, mientras echaba la prenda a la cesta.
Mientras seguían mirando, la mirada de Micah se desvió hacia la sección de ropa deportiva. Allí había un hombre indudablemente atractivo, alto y con un físico atlético natural. Durante los siguientes diez minutos, se quedó completamente embelesada. Tenía una mandíbula muy bien definida y, desde donde ella estaba, pudo ver sus llamativos ojos de un tono marrón intenso. Sus brazos estaban tonificados y musculosos, sin llegar a ser excesivamente voluminosos.
«Se nota que pasa mucho tiempo entrenando», comentó Angela.
El comentario devolvió a Micah a la realidad de golpe. «¿Q-qué?», balbuceó.
«Amiga, parece que te tiene totalmente fascinada su rutina de ejercicios», bromeó Angela, arqueando una ceja.
«¡Ay, cállate!», murmuró Micah poniendo los ojos en blanco, mientras un rubor le subía a las mejillas. «Pero sí... está en muy buena forma».
Una vez que terminaron de elegir todo, se dirigieron a las cajas.
«¡Ay, mi teléfono!», exclamó Angela de repente, palpándose los bolsillos. «Debo de habérmelo dejado en el segundo mostrador, donde estuvimos mirando las chaquetas. Vuelvo enseguida».
Angela salió corriendo hacia los pasillos. «¡Nos vemos en la entrada principal!», le gritó Micah.
Al darse la vuelta para caminar hacia atrás, Micah chocó de lleno contra un pecho firme y sólido. «¡Ah!».
Se tambaleó. Al levantar la cabeza para disculparse, se quedó paralizada. Justo delante de ella estaba el hombre de la sección de ropa deportiva.
—Perdón —dijo él, con una voz grave que resonó en aquel espacio silencioso y la dejó desconcertada.
—No... no pasa nada —balbuceó Micah, agachándose de inmediato para recoger los artículos que se habían esparcido por el suelo.
Él se inclinó para ayudarla. Micah intentó detenerlo, pero llegó un segundo tarde: los dedos de él ya habían atrapado la prenda con bordados de flores.
Micah se la arrebató de la mano, sintiéndose profundamente avergonzada, y evitó mirarlo a los ojos. —Ya me encargo yo, gracias.
—Lo siento —dijo él con suavidad, dedicándole un gesto cortés con la cabeza antes de darse la vuelta y alejarse.
Angela regresó trotando, justo a tiempo para presenciar el final del encuentro. —¿Te acabo de ver hablando con él?
—Nos hemos cruzado —murmuró Micah, acelerando el paso hacia la salida. No deseaba otra cosa que desaparecer, mientras una oleada de vergüenza la invadía.
—¡Qué rápida eres, chica! —bromeó Angela, dándole un empujoncito en el hombro.
—Ay, por favor, ya basta —se quejó Micah, con el rostro ardiendo.
Más tarde, esa misma noche, Stefan llegó a casa. Entró por la puerta principal y se dirigió directamente al dormitorio, ignorando por completo a Micah, como si fuera un fantasma.
Furiosa, ella lo siguió hasta la habitación. —¿Ni siquiera vas a disculparte por lo que pasó? ¿De verdad vas a hacer como si nada hubiera ocurrido? —Su intención era mantener una conversación racional, pero el sentimiento de traición aún latente avivó su hostilidad.
Stefan se detuvo y se dio la vuelta con una mueca defensiva. —¿Hablar de qué, exactamente? Sí, me viste con otra mujer. ¿Acaso eso significa automáticamente que hay algo entre nosotros?
Su absoluta seguridad la hizo dudar por una fracción de segundo. —Tenías las manos en su cintura, Stefan. Salían juntos de una habitación de hotel —dijo Micah con la voz temblorosa.
—Y ahí es precisamente donde tu falta de confianza te ciega, Micah. Se torció el tobillo y la estaba ayudando a sostenerse. ¿Nunca has oído hablar de alquilar suites privadas para reuniones de negocios confidenciales? El hotel las ofrece. Si quieres, llama a recepción y compruébalo tú misma —respondió él con tono burlón, mientras se cambiaba de ropa.
Micah se mordió el labio. ¿Qué sentido tenía discutir cuando lo único que ella quería era paz? Además, su explicación sonaba tan bien preparada, tan convincente... Quizás, en realidad, solo estaba proyectando sus propias inseguridades sobre una situación laboral inofensiva.
Al notar que la determinación de ella flaqueaba, Stefan se acercó y suavizó el tono de voz. «Cariño, sé que últimamente no he estado muy presente, y sé que te he dado motivos para sentirte distanciada. Pero te prometo que jamás traicionaría nuestros votos. Nunca». Se inclinó y le dio un suave beso en la frente.
El corazón de Micah se llenó de alivio. A pesar de todo, se sonrojó como una adolescente que experimenta el amor por primera vez.
Más tarde esa noche, Micah se arregló en el baño y se puso, con cuidado, su nuevo conjunto de estampado floral. Al contemplar su reflejo, se sintió totalmente vulnerable; sin embargo, dejó a un lado su orgullo y respiró hondo. «Lo hago para salvar mi matrimonio», se recordó a sí misma.
Al entrar en el dormitorio, intentó mostrarse segura, siguiendo al pie de la letra los consejos de estilo que Angela le había dado poco antes. Stefan estaba tumbado boca arriba, mirando algo en su teléfono.
—Hola, cariño —dijo Micah, acercándose a la cama.
—¡Vaya! —exclamó Stefan, retrocediendo de un salto y sentándose de inmediato.
Micah supuso que, sencillamente, le había tomado por sorpresa su repentina audacia. Decidida a mantener el impulso, se sentó al borde de la cama e intentó acortar la distancia entre ambos. Pero, en cuanto ella se acercó, Stefan se apartó por completo.
Micah perdió el equilibrio y cayó de forma torpe sobre el colchón.
—¿Qué está pasando, Micah? —soltó Stefan con brusquedad, levantándose de la cama por completo.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta el nuevo estilo? —preguntó Micah, mirándolo, desesperada y profundamente avergonzada.
En lugar de acercarse a ella, Stefan dio otro paso atrás y soltó una carcajada cruel y estruendosa.
—¿Qué tiene tanta gracia? —preguntó Micah, mientras un nudo gélido se le formaba en el estómago.
—¿De verdad creías que ese estilo te quedaba bien? —rio él, negando con la cabeza, incrédulo.
—¿Qué tiene de malo mi aspecto? —inquirió Micah, observando el atuendo que había elegido.
—Levántate —ordenó él.
Micah se puso en pie, sintiendo una opresión en el pecho. Stefan se acercó, la agarró firmemente del brazo y la llevó frente al espejo de cuerpo entero.
—Mírate. Pareces totalmente fuera de lugar intentando seguir estas modas —soltó sin rodeos.
Sus palabras le atravesaron el pecho como una hoja afilada, pero él no se detuvo ahí.
—A ver, valoro el esfuerzo, pero mira esto —dijo Stefan, señalando con tono crítico la cintura de ella—. ¿Por qué no te centras en ponerte en forma o vas al gimnasio, y luego pruebas con otro estilo? —rio, alejándose.
—¡Acabo de sufrir un aborto espontáneo, Stefan! —exclamó Micah entre sollozos, destrozada por la humillación—. ¡Es lógico que mi cuerpo haya experimentado cambios físicos!
—Oh, por favor, ahórrate las excusas. Hay mujeres que logran equilibrarlo todo y mantienen sus objetivos de forma física perfectamente encaminados. Tú ni siquiera has sido capaz de llevar un embarazo a término. ¿Qué pasará con tu rutina de ejercicio cuando realmente lo logres? —Se dirigió hacia la puerta y, al llegar al umbral, se detuvo para mirarla una última vez—. «Deslumbrante»... ¿en serio? —rio para sus adentros mientras salía, dando un portazo tras de sí.
Micah se quedó paralizada frente al espejo, sintiéndose completamente vacía por la vergüenza. Temblando, tomó su bata de la silla y se envolvió en ella con fuerza. Lágrimas ardientes rodaron por sus mejillas.
Así que mi cuerpo es el problema. ¿Acaso le resultaba tan poco atractiva? ¿De verdad le decepcionaba tanto?
Las intervenciones médicas estaban descartadas; le aterraban los riesgos y las posibles complicaciones. Pero aún le aterraba más perder a su marido a manos de otra mujer.
—Mañana me inscribiré en el gimnasio —susurró a la habitación vacía, mientras su angustia se transformaba en una resignada determinación.
Tras secarse el rostro, Micah tomó su teléfono y comenzó a buscar centros de acondicionamiento físico locales bien valorados. Después de una hora de búsqueda, encontró un establecimiento exclusivo cerca de allí. Rellenó los formularios y realizó el pago en línea. Por fortuna, el proceso de registro automatizado fue inmediato, y su membresía quedó confirmada para la sesión matutina.
Al bloquear el teléfono, un dolor agudo y sordo recorrió la parte baja de su abdomen. Las indicaciones de su médico resonaron con claridad en su mente: reposo físico absoluto.
Micah se llevó las manos al vientre y cerró los ojos con fuerza, mientras recordaba la risa de Stefan.
«Sin dolor no hay recompensa», se dijo, dejando a un lado la advertencia.
A la mañana siguiente, la alarma sonó puntualmente. Micah se obligó a salir de la cama, se puso ropa deportiva y salió de casa. Completó una carrera a buen ritmo de treinta minutos antes de llegar, por fin, al gimnasio. Lo primero que vio al cruzar la puerta fue a su entrenador.—Buenos días, Micah —dijo Logan en voz baja. Su barítono, profundo y cautivador, provocó una vibración inmediata y familiar que recorrió todo su ser.—Buenos días, Logan —respondió ella, manteniendo un tono alegre y enérgico—. ¿Qué toca hoy?Él esbozó una sonrisa pícara mientras se apoyaba en el mostrador. —Vaya, vaya... Alguien ha amanecido de muy buen humor hoy.—Solo quiero ponerme en forma. Tengo una cuenta atrás en marcha —explicó Micah.—¿Se puede saber a qué se debe esa cuenta atrás? —preguntó él.—¡Eso no se dice! —respondió Micah con un tono vivaz, antes de darse la vuelta sobre sus talones y dirigirse hacia las cintas de correr.Logan la siguió con la mirada; su sonrisa pícara dio paso a un gesto de
En su escritorio corporativo, Stefan ladraba órdenes por teléfono. «Limítate a hacer bien tu trabajo y financiaré el proyecto. Nada de errores», instruyó con brusquedad antes de colgar, apretando los dientes por pura frustración. Se sentía completamente agotado por esa farsa a la que llamaban matrimonio. Tras masajearse las sienes, tomó el teléfono de la oficina: «Comunícame con el abogado James. Concerta una cita».De vuelta en casa, sonó el timbre. Micah se levantó para abrir, sabiendo exactamente quién era.—¿Qué tal, guapa? —la saludó Micah con una sonrisa.Angela pasó de largo hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua bien fría. —Que ahí fuera el sol abrasa, eso es lo que pasa.Micah soltó una risita y entró en la despensa para buscar las galletas favoritas de su amiga. —¡Bendita seas! —exclamó Angela cuando Micah se las entregó. Dio un mordisco y miró a su alrededor—. ¿Está Stefan en casa?—No, se ha ido de viaje —respondió Micah con naturalidad.—¿¡Que s
A las siete de la mañana, Micah se despertó para prepararse e ir al gimnasio. Al salir al pasillo, resultó evidente de inmediato que Stefan no había regresado a su dormitorio.Revisó la habitación de invitados. Estaba vacía. Bajó apresuradamente a la sala de estar, pero él tampoco estaba allí. Fue entonces cuando Micah vio un papel doblado sobre la mesa de centro.«Tengo que viajar a Japón por un viaje de negocios de dos semanas. Cuídate. Te quiero».Micah leyó la nota escrita a mano con sentimientos encontrados. Apenas llevaba cuatro días de vuelta y, ahora, la abandonaba de nuevo. Sin embargo, a medida que el dolor inicial se disipaba, surgió en ella una chispa de determinación. Esta ausencia le brindaba dos semanas completas para trabajar en sí misma; podría transformar su cuerpo por completo y sorprenderlo en cuanto regresara.Su determinación se redobló. Agarró su bolsa de deporte, abrió la tarjeta de socio digital que le habían enviado por correo electrónico y salió.El gimnasio
Llegaron al centro comercial y se dirigieron directamente a la sección de ropa.Angela le dio un pequeño toque, señalando a una mujer de curvas espectaculares que estaba cerca del pasillo. «No te voy a mentir, su conjunto resalta muchísimo su figura».«Nada mal», respondió Micah con una leve sonrisa. «Definitivamente tienes buen ojo para el estilo».Ambas rieron mientras Angela empezaba a sacar varias prendas de los percheros: tops ajustados, conjuntos a juego y algunas elegantes prendas de noche con detallados bordados florales.«No sé si este estilo me quedará bien», admitió Micah, sintiéndose de repente algo cohibida.«¡Es lo que se lleva ahora, amiga!», dijo Angela entre risas, mientras echaba la prenda a la cesta.Mientras seguían mirando, la mirada de Micah se desvió hacia la sección de ropa deportiva. Allí había un hombre indudablemente atractivo, alto y con un físico atlético natural. Durante los siguientes diez minutos, se quedó completamente embelesada. Tenía una mandíbula m
No iba a montar un espectáculo. Se negaba a darle a los medios un asiento en primera fila para presenciar la ruina de su familia.Micah dio media vuelta y se alejó; las lágrimas le nublaban la vista. Estaba furiosa, pero lo que más le dolía era que Stefan ni siquiera hubiera intentado seguirla.En cuanto llegó a su coche, Micah marcó el número de Angela. Necesitaba desesperadamente a alguien en ese momento. Al no lograr establecer la conexión, se dejó caer al suelo del vehículo y rompió a llorar, mientras un dolor intenso se apoderaba de su pecho. «¿En qué me equivoqué?», se preguntó.Recordó las hirientes palabras que Stefan le había dicho esa misma mañana: «Estás engordando».Era cierto que había ganado algo de peso desde que renunció a su empleo corporativo. Pero Stefan prácticamente le había rogado que se quedara en casa. Le dijo que no quería que se estresara, insistiendo en que se concentrara exclusivamente en intentar tener un bebé. Para mantenerse ocupada en una casa vacía, in
Micah se acercó, con la intención de acortar la distancia entre ambos en la cama, pero Stefan se alejaba un poco más con cada intento.—¿Qué te pasa? —le preguntó Micah a su esposo.Él emitió un gruñido mientras le acariciaba suavemente la barbilla. —Micah, ¿no podemos simplemente dormir? Estoy muy cansado.—Llevas diciendo eso desde que volviste —dijo ella, acercándose más. Esta vez él no se apartó; al contrario, la estrechó contra sí.—Lo sé, cariño, y lo siento. Prometo compensártelo mañana por la noche, ¿de acuerdo? —Le dio un beso suave en el cuello, con la mano apoyada en su cintura. Luego se detuvo y la besó en los labios—. Mañana tendrás toda mi atención.Micah se derritió, dejando sus dudas guardadas bajo llave por el momento. —¿Lo prometes? —preguntó, buscando confirmación.—Lo prometo —respondió él, interrumpiendo el beso. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, y dejó que el sueño la envolviera en su reconfortante abrazo.Stefan habí







