Se connecterNo iba a montar un espectáculo. Se negaba a darle a los medios un asiento en primera fila para presenciar la ruina de su familia.
Micah dio media vuelta y se alejó; las lágrimas le nublaban la vista. Estaba furiosa, pero lo que más le dolía era que Stefan ni siquiera hubiera intentado seguirla.
En cuanto llegó a su coche, Micah marcó el número de Angela. Necesitaba desesperadamente a alguien en ese momento. Al no lograr establecer la conexión, se dejó caer al suelo del vehículo y rompió a llorar, mientras un dolor intenso se apoderaba de su pecho. «¿En qué me equivoqué?», se preguntó.
Recordó las hirientes palabras que Stefan le había dicho esa misma mañana: «Estás engordando».
Era cierto que había ganado algo de peso desde que renunció a su empleo corporativo. Pero Stefan prácticamente le había rogado que se quedara en casa. Le dijo que no quería que se estresara, insistiendo en que se concentrara exclusivamente en intentar tener un bebé. Para mantenerse ocupada en una casa vacía, incluso había despedido a la empleada doméstica, solo para tener tareas que realizar. Más tarde, cuando intentó trabajar desde casa como asistente virtual, Stefan estalló en furia y la obligó a dejarlo.
Había hecho todo tal como él quería. Había vivido su vida bajo sus reglas, sin cruzar jamás ni una sola línea... y, aun así, él le fue infiel.
Dominada por una repentina inseguridad, Micah subió apresuradamente a su dormitorio. La línea de Angela seguía sin dar señal, y el aislamiento se volvía asfixiante.
Desesperada por comprobar su figura, sacó del armario un vestido rojo ajustado; el mismo que había llevado a una fiesta de Año Nuevo con Stefan hacía apenas tres meses. Si su cuerpo había cambiado, aquel vestido lo demostraría.
Se puso la prenda con dificultad, conteniendo el aliento mientras la cremallera se resistía. Cuando por fin logró cerrarla, se miró en el espejo. El vestido le quedaba incómodamente ceñido, limitando sus movimientos y dejando al descubierto una capa de grasa en el abdomen.
Antes de que su estado emocional empeorara, sonó el timbre. Micah bajó corriendo las escaleras y, al abrir la puerta, se encontró con Angela en el porche. —Lo siento muchísimo —dijo Angela al instante, atrayendo a Micah hacia un abrazo apretado.
—Angie... ¿estoy gorda? —preguntó Micah, con la voz entrecortada mientras nuevas lágrimas comenzaban a brotar.
—¿De dónde sacas eso? —preguntó Angela, separándose un poco para mirarla a la cara.
—Stefan me dijo que lo estaba. Quizás por eso se fue con otra mujer —dijo Micah entre sollozos, con los ojos rojos e hinchados—. Había notado señales, pero nunca imaginé que llegaría a hacer algo así.
—Te ves bien, amiga —la consoló Angela con suavidad.
—¡No, no es cierto! Si me viera bien, ¡él no estaría ahora mismo en los brazos de otra mujer! —exclamó Micah, mientras el dolor desgarrador de la mañana volvía a golpearla con fuerza—. Stefan lleva meses sin tocarme, Angie. Incluso cuando intento acercarme, él se aparta.
—Shhh, no llores, cariño. —Angela volvió a abrazarla, acariciándole el cabello con ternura.
—No paraba de preguntarme cuál sería el problema —se lamentó Micah, apoyada en su hombro—. Él solo hace promesas vacías, viaja por trabajo, regresa con regalos caros y luego dice que está demasiado cansado. El problema soy yo, Angie. Voy a apuntarme al gimnasio ahora mismo. —Se apartó, con una repentina determinación endureciendo sus facciones.
—¡Ni hablar, Micah! —respondió Angela de inmediato—. Todavía te estás recuperando de tu aborto espontáneo. ¡Apenas ha pasado un mes!
—¿Entonces qué sugieres? ¿Que me quede aquí sentada mientras esas buitres de cuerpo escultural me roban a mi marido? ¡Ni de coña! —sentenció Micah, con la decisión ya tomada.
—Mira, entiendo que estés sufriendo y que quieras salvar tu matrimonio, pero primero tienes que pensar en tu salud —razonó Angela.
—Estaré bien en cuanto mi matrimonio vuelva a estar bien —insistió Micah.
Angela suspiró, dándose cuenta de que no había forma de hacerle cambiar de opinión. «Está bien, vale. Te apoyo. Pero prométeme que no te vas a exigir demasiado».
«No lo haré. Te lo prometo».
Angela se apoyó en la encimera, dándose golpecitos en la barbilla. «Si quieres que vuelva a tu cama, supongo que tendrás que darle un poco más de chispa a vuestra vida sexual».
«¿Cómo?», preguntó Micah, con curiosidad genuina.
«Piénsalo. Él viaja constantemente y trata con clientes y extranjeros. La mayoría de los hombres de negocios presumen de sus aventuras desenfrenadas en el extranjero», explicó Angela. «Tienes que traer esa misma energía a casa. Juegos previos, provocaciones, nuevas técnicas... Puedo enseñarte, e incluso ayudarte a elegir la lencería adecuada».
Micah sintió un gran alivio y abrazó a su amiga con fuerza. «¿De verdad? Gracias».
«No es nada, chica. Deja de llorar y límpiate la cara», dijo Angela con una sonrisa, sacándole la lengua de forma juguetona. «Aunque, si alguna vez necesitas desahogarte, ya sabes que estoy disponible».
«¡Vete a la m****a, lesbiana!», soltó Micah entre risas, rompiendo por fin la tensa atmósfera.
«Por cierto, ¿cómo está Scott?», preguntó Micah, cambiando de tema.
La expresión juguetona de Angela se ensombreció al instante. Scott era su novio; era dulce y guapo, pero Angela se negaba a comprometerse del todo porque él no podía costear el estilo de vida lujoso que ella deseaba.
«Está bien», respondió Angela con indiferencia.
«Angela...», le advirtió Micah, riéndose ante el tono desdeñoso de su amiga.
«¿Qué?», preguntó Angela, con aire algo avergonzado.
«No hagas eso. El chico es genial, y hacéis una pareja perfecta».
«¿Perfecta? Quizás si fuera rico. El hombre vive de una asignación mensual», dijo Angela con desdén.
«Se llama sueldo, Angie», se rió Micah.
«¿Qué más da? En ambos casos, solo aparece a final de mes».
«Chica, estás loca. Deberías plantearte sentar la cabeza».
«¿Tal y como están las cosas ahora mismo? Ni hablar», respondió Angela, restándole importancia con un gesto de la mano. —Sinceramente, no quiero divorciarme —dijo Micah en voz baja, perdiendo su aire juguetón—. Amo a mi marido y haré cualquier cosa para salvar nuestra relación.
—Ya veo —respondió Angela con suavidad, guiñándole un ojo de forma tranquilizadora—. Por eso vamos a ir ahora mismo al centro comercial a comprarte algo adecuado. Primero habla las cosas con él y, después, resuelve el resto en la cama.
Micah puso los ojos en blanco con cariño. —Me pregunto qué cosas terribles habré hecho en mi vida pasada para que aparecieras en esta.
—Cosas muy malas —rió Angela—. Pero me alegra verte sonreír de nuevo.
—Gracias. —Micah respiró hondo—. Voy a subir a cambiarme; siento que me asfixio con este vestido.
—¿Quieres que suba y te ayude a desvestirte? —bromeó Angela, haciendo un gesto sugerente con los dedos.
—Eres imposible —rió Micah, negando con la cabeza mientras subía las escaleras.
Al quedarse sola en el salón, la sonrisa de Angela se desvaneció. Sacó su teléfono y escribió rápidamente un mensaje: «Tenemos que hablar». Pulsó enviar, bloqueó la pantalla al instante y se guardó el móvil en el bolsillo.
Mientras tanto, en la sede corporativa, Stefan retomaba su exigente agenda. La reunión de la tarde se había prolongado mucho más de lo previsto, dejándolo completamente agotado. Pensó brevemente en llamar a Micah para ver cómo estaba, pero descartó la idea de inmediato.
No tenía por qué preocuparse; al fin y al cabo, la tenía totalmente bajo su control.
Un golpe seco en la puerta interrumpió su concentración.
—Señor, la señorita Daisy está al teléfono en su línea personal —anunció Jane, su secretaria, desde el otro lado.
—Entendido, la atenderé —respondió Stefan, despidiéndola. Esperó a que la línea se conectara y, con tono severo, espetó: —¿Estás loca? ¿Llamar a mi línea del trabajo? ¿Acaso buscas que te maten?
—Oh, cálmate, tigre —ronroneó Daisy al otro lado de la línea con voz juguetona. «Me preocupé porque tu teléfono personal enviaba las llamadas directamente al buzón de voz. Pensé que quizá tu esposa ya te había localizado».
«Eso no es asunto tuyo», espetó Stefan.
«¿Y qué vas a hacer respecto a ella? Es evidente que nos vio en el vestíbulo», insistió Daisy, con un tono que denotaba una ligera preocupación.
Stefan se reclinó en su sillón de cuero, mientras una sonrisa fría y calculadora se dibujaba en su rostro. «No te preocupes por ella. Tengo planes».
A la mañana siguiente, la alarma sonó puntualmente. Micah se obligó a salir de la cama, se puso ropa deportiva y salió de casa. Completó una carrera a buen ritmo de treinta minutos antes de llegar, por fin, al gimnasio. Lo primero que vio al cruzar la puerta fue a su entrenador.—Buenos días, Micah —dijo Logan en voz baja. Su barítono, profundo y cautivador, provocó una vibración inmediata y familiar que recorrió todo su ser.—Buenos días, Logan —respondió ella, manteniendo un tono alegre y enérgico—. ¿Qué toca hoy?Él esbozó una sonrisa pícara mientras se apoyaba en el mostrador. —Vaya, vaya... Alguien ha amanecido de muy buen humor hoy.—Solo quiero ponerme en forma. Tengo una cuenta atrás en marcha —explicó Micah.—¿Se puede saber a qué se debe esa cuenta atrás? —preguntó él.—¡Eso no se dice! —respondió Micah con un tono vivaz, antes de darse la vuelta sobre sus talones y dirigirse hacia las cintas de correr.Logan la siguió con la mirada; su sonrisa pícara dio paso a un gesto de
En su escritorio corporativo, Stefan ladraba órdenes por teléfono. «Limítate a hacer bien tu trabajo y financiaré el proyecto. Nada de errores», instruyó con brusquedad antes de colgar, apretando los dientes por pura frustración. Se sentía completamente agotado por esa farsa a la que llamaban matrimonio. Tras masajearse las sienes, tomó el teléfono de la oficina: «Comunícame con el abogado James. Concerta una cita».De vuelta en casa, sonó el timbre. Micah se levantó para abrir, sabiendo exactamente quién era.—¿Qué tal, guapa? —la saludó Micah con una sonrisa.Angela pasó de largo hacia la cocina, abrió el refrigerador y sacó una botella de agua bien fría. —Que ahí fuera el sol abrasa, eso es lo que pasa.Micah soltó una risita y entró en la despensa para buscar las galletas favoritas de su amiga. —¡Bendita seas! —exclamó Angela cuando Micah se las entregó. Dio un mordisco y miró a su alrededor—. ¿Está Stefan en casa?—No, se ha ido de viaje —respondió Micah con naturalidad.—¿¡Que s
A las siete de la mañana, Micah se despertó para prepararse e ir al gimnasio. Al salir al pasillo, resultó evidente de inmediato que Stefan no había regresado a su dormitorio.Revisó la habitación de invitados. Estaba vacía. Bajó apresuradamente a la sala de estar, pero él tampoco estaba allí. Fue entonces cuando Micah vio un papel doblado sobre la mesa de centro.«Tengo que viajar a Japón por un viaje de negocios de dos semanas. Cuídate. Te quiero».Micah leyó la nota escrita a mano con sentimientos encontrados. Apenas llevaba cuatro días de vuelta y, ahora, la abandonaba de nuevo. Sin embargo, a medida que el dolor inicial se disipaba, surgió en ella una chispa de determinación. Esta ausencia le brindaba dos semanas completas para trabajar en sí misma; podría transformar su cuerpo por completo y sorprenderlo en cuanto regresara.Su determinación se redobló. Agarró su bolsa de deporte, abrió la tarjeta de socio digital que le habían enviado por correo electrónico y salió.El gimnasio
Llegaron al centro comercial y se dirigieron directamente a la sección de ropa.Angela le dio un pequeño toque, señalando a una mujer de curvas espectaculares que estaba cerca del pasillo. «No te voy a mentir, su conjunto resalta muchísimo su figura».«Nada mal», respondió Micah con una leve sonrisa. «Definitivamente tienes buen ojo para el estilo».Ambas rieron mientras Angela empezaba a sacar varias prendas de los percheros: tops ajustados, conjuntos a juego y algunas elegantes prendas de noche con detallados bordados florales.«No sé si este estilo me quedará bien», admitió Micah, sintiéndose de repente algo cohibida.«¡Es lo que se lleva ahora, amiga!», dijo Angela entre risas, mientras echaba la prenda a la cesta.Mientras seguían mirando, la mirada de Micah se desvió hacia la sección de ropa deportiva. Allí había un hombre indudablemente atractivo, alto y con un físico atlético natural. Durante los siguientes diez minutos, se quedó completamente embelesada. Tenía una mandíbula m
No iba a montar un espectáculo. Se negaba a darle a los medios un asiento en primera fila para presenciar la ruina de su familia.Micah dio media vuelta y se alejó; las lágrimas le nublaban la vista. Estaba furiosa, pero lo que más le dolía era que Stefan ni siquiera hubiera intentado seguirla.En cuanto llegó a su coche, Micah marcó el número de Angela. Necesitaba desesperadamente a alguien en ese momento. Al no lograr establecer la conexión, se dejó caer al suelo del vehículo y rompió a llorar, mientras un dolor intenso se apoderaba de su pecho. «¿En qué me equivoqué?», se preguntó.Recordó las hirientes palabras que Stefan le había dicho esa misma mañana: «Estás engordando».Era cierto que había ganado algo de peso desde que renunció a su empleo corporativo. Pero Stefan prácticamente le había rogado que se quedara en casa. Le dijo que no quería que se estresara, insistiendo en que se concentrara exclusivamente en intentar tener un bebé. Para mantenerse ocupada en una casa vacía, in
Micah se acercó, con la intención de acortar la distancia entre ambos en la cama, pero Stefan se alejaba un poco más con cada intento.—¿Qué te pasa? —le preguntó Micah a su esposo.Él emitió un gruñido mientras le acariciaba suavemente la barbilla. —Micah, ¿no podemos simplemente dormir? Estoy muy cansado.—Llevas diciendo eso desde que volviste —dijo ella, acercándose más. Esta vez él no se apartó; al contrario, la estrechó contra sí.—Lo sé, cariño, y lo siento. Prometo compensártelo mañana por la noche, ¿de acuerdo? —Le dio un beso suave en el cuello, con la mano apoyada en su cintura. Luego se detuvo y la besó en los labios—. Mañana tendrás toda mi atención.Micah se derritió, dejando sus dudas guardadas bajo llave por el momento. —¿Lo prometes? —preguntó, buscando confirmación.—Lo prometo —respondió él, interrumpiendo el beso. Ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón, y dejó que el sueño la envolviera en su reconfortante abrazo.Stefan habí







