MasukDesde que nací, mis padres me mantuvieron conectado a un Sistema de Transferencia de Dolor. Por culpa de esa cosa, crecí con el cuerpo cubierto de cicatrices. Mi hermano mayor, Dylan Jeater, tenía albinismo e hidroa vacciniforme. Su enfermedad era tan grave que no podía exponerse a la luz. Los médicos aseguraron que solo viviría hasta los dieciséis años. Pero Dylan siempre había sido muy travieso. Se escapaba de casa para jugar afuera y, con el tiempo, las llagas terminaron cubriéndole el cuerpo. Mi padre, Robert Jeater, trabajó día y noche hasta reunir el dinero necesario. Después pagó una fortuna por dos brazaletes del Sistema de Transferencia del Dolor: uno para Dylan y otro para mí. Durante seis años, cada vez que mi hermano se exponía al sol, todo su dolor pasaba a mi cuerpo. Mi madre, May Jeater, solía abrazarme con cariño mientras me curaba las heridas. —Chester, perdóname —me pedía con dulzura—. Solo quiero que Dylan sea feliz durante el tiempo que le queda. Espero que puedas entenderlo. En la víspera de Año Nuevo, mis padres llevaron a Dylan a pasear. Aquel día el sol pegaba con fuerza. Apenas salimos de casa, me aparecieron ampollas por todo el cuerpo. El dolor fue tan intenso que no pude contener un grito. Dylan se arrancó el brazalete y empezó a llorar. —¿Te duele? ¡Está bien! Si tanto te duele, desactiva la transferencia y déjame morir del dolor —me gritó entre sollozos—. De todos modos, solo viviré hasta los dieciséis. Voy a morir tarde o temprano. Sin la protección del brazalete, su cuerpo sufrió quemaduras graves y perdió el conocimiento. Mamá me empujó con tanta fuerza que caí al suelo. —¡Dylan soportó todos esos años sin quejarse ni una sola vez! —me gritó, cegada por la rabia—. ¡Tú solo llevas seis años cargando con su dolor y ya no aguantas! ¡Él solo vivirá hasta los dieciséis! ¡¿Acaso está mal querer que sea feliz durante los pocos años que le quedan?! Papá cargó a Dylan en brazos. —Tampoco quiero verte sufrir —aseguró sin mirarme—, pero el dolor solo puede transferirse entre hermanos biológicos. Después, los dos corrieron con Dylan al hospital. Cuando se fueron, recogí del suelo el brazalete que mi hermano había tirado. Lo sostuve entre las manos y, en ese momento, el mío vibró en mi muñeca. Bajé la mirada. La pantalla se había encendido y mostraba un mensaje: «¿Desea transferir los años de vida que le quedan al usuario vinculado?». Sin dudarlo, presioné «Confirmar».
Lihat lebih banyakLa mesa quedó en silencio.La taza se le escapó de las manos a mamá, cayó al suelo y se hizo pedazos. Ella ni siquiera intentó recogerla. Se limitó a mirar a Dylan mientras las lágrimas le corrían por la cara.Papá apartó la cara, pero el temblor de sus hombros lo delató.Dylan actuó como si no hubiera visto nada. Cerró los ojos, juntó las manos frente al pecho y respiró antes de pedir su deseo.—Deseo que Ches esté en un lugar muy bonito, rodeado de personas que lo quieran y lo consientan —pidió con una seriedad que hizo más pesado el silencio—. Deseo que esté sano. Que pueda decir cuando algo le duela o cuando tenga ganas de llorar. Y que nunca más tenga que guardárselo todo.La voz se le fue quebrando hasta que las últimas palabras salieron entre sollozos.Nadie se atrevió a decir nada. En el comedor solo se escuchaba el leve crujido de las mechas mientras las velas se consumían.Yo flotaba sobre la mesa y observaba a Dylan llorar. Luego miré las caras destrozadas de mis padr
Pero cada vez que intentaba tocar a Dylan, mis manos atravesaban su cuerpo.Al principio insistía. Volvía a estirar los brazos, intentaba agarrarlo por los hombros y hasta colocaba las manos frente a su cara para llamar su atención. Nunca funcionaba. Él seguía solo con su dolor y yo tenía que observarlo sin poder hacer nada.Una tarde, mamá vio la marca tenue que el brazalete había dejado alrededor de su muñeca. Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque habló con una calma que asustaba.—Dylan, nosotros no te culpamos —le aseguró mientras observaba aquella marca.Esas palabras terminaron de derrumbarlo. Dylan se cubrió la cabeza con las manos y empezó a llorar sin poder respirar bien.—¡Todo fue mi culpa! —gritó entre sollozos—. ¡¿Por qué tuve que nacer con esta enfermedad?! ¡¿Por qué hice que Ches recibiera todo mi dolor?! ¡Si no fuera por mí, él seguiría vivo! ¡Yo era quien debía morir!Mamá lo rodeó con los brazos y lo apretó contra su pecho. Los dos lloraron juntos, aferrados
Al final, se llevaron mi cuerpo.Mamá se desplomó en el suelo y se quedó mirando la puerta con los ojos vacíos. Ni siquiera reaccionó cuando la camilla desapareció al final del pasillo.Yo floté detrás de la camilla y salí al exterior. La luz del sol me envolvió con un calor agradable. Esperé el ardor por costumbre, pero esa vez no sentí ni una sola punzada.¡Qué bonito era el sol cuando no hacía daño! Por fin, nada me dolía.Dentro de la casa, en cambio, todo terminó de venirse abajo.Los días siguientes se llenaron de investigaciones, interrogatorios, discusiones con la empresa de los brazaletes y problemas legales que nadie sabía explicar. Entraban y salían personas a todas horas, pero ninguna respuesta podía cambiar lo ocurrido.Papá se encerró en el estudio y fumó un cigarrillo tras otro hasta llenar el cenicero. Casi no comía, no dormía y solo abría la puerta cuando alguien insistía durante mucho tiempo.Mamá pasaba el día entero en el cuartito donde yo dormía. Se sentaba
Quise decirle a mamá que sí me había dolido. Durante todos esos años, el sol me había quemado la piel de verdad. Cada ampolla que se abría, cada herida pegada a la ropa y cada pedazo de piel que se desgarraba al moverme me habían hecho sufrir más de lo que yo me atrevía a admitir.Pero jamás los había culpado. Ni a ella, ni a papá, ni siquiera a Dylan.La abuela seguía junto a la puerta cuando escuchó los gritos y el llanto que salían de mi pequeño cuarto. Intentó apoyarse en el marco, pero la vista se le nubló y las piernas le fallaron.—¡Mamá! —chilló la tía Deborah mientras corría hacia ella.La tía y varios familiares se apresuraron a sostenerla antes de que se golpeara. En cuestión de segundos, el pasillo se convirtió en un caos: unos pedían espacio, otros intentaban despertarla y nadie sabía a quién ayudar primero.Los demás parientes seguían paralizados. Algunos miraban mi cuerpo con culpa. Otros bajaron la cabeza porque ya no podían soportar la escena. Los que unos minutos






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