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Entregué Mi Vida a Mi Hermano
Entregué Mi Vida a Mi Hermano
Author: Wayne Wyeth

Capítulo 1

Author: Wayne Wyeth
Esperé de pie frente a la puerta durante dos horas.

Las ampollas aparecían una tras otra, se hinchaban y reventaban contra la tela. Al poco tiempo, mi ropa quedó pegada a las heridas. Cada vez que intentaba respirar, la piel tiraba y el dolor me recorría todo el cuerpo.

Mis padres regresaron por fin. Durante un segundo pensé que alguno preguntaría qué me había pasado o por qué seguía afuera.

Ninguno lo hizo.

Mi hermano mayor, Dylan Jeater, venía cubierto de vendas. Mi padre, Robert Jeater, lo sostenía con tanto cuidado como si pudiera romperse entre sus brazos. Lo llevó hasta la cama y lo acostó sin hacerle daño.

Mi madre, May Jeater, caminó hacia mí. Ni siquiera miró mis ampollas. Levantó la mano y me dio una cachetada con todas sus fuerzas.

El golpe me hizo voltear la cara. Mi mejilla empezó a arder y mis oídos zumbaron tanto que apenas pude escuchar sus siguientes palabras.

—¡¿Ahora sí estás contento?! —me gritó, cegada por la rabia—. ¡El médico dijo que el estado de Dylan empeoró! ¡Puede que ni siquiera llegue a cumplir dieciséis años!

Sentí cómo mi cara empezaba a hincharse. Me quedé paralizado, sin entender por qué me culpaba.

Eso no podía ser verdad. Dylan iba a vivir hasta los cien años. ¡Yo acababa de entregarle todos los años que me quedaban!

Quise explicárselo, pero Dylan se incorporó con dificultad antes de que pudiera hablar. Agarró la foto familiar que estaba sobre la mesa de noche y arrancó la parte en la que aparecía él. El papel se rasgó con un sonido seco.

—¿Ahora sí estás contento? —me reclamó con voz ronca mientras las lágrimas le corrían por la cara y se mezclaban con la pomada—. ¡Perfecto! Cuando muera, serás el único hijo de mamá y papá. Entonces te consentirán toda la vida, ¿verdad?

—No, Dylan. No quise decir eso… —intenté explicarle.

Di un paso hacia él y le extendí el brazalete. Solo tenía que ponérselo. Cuando descubrieran lo que había hecho, entenderían que nunca había querido lastimarlo.

—Dylan, por favor, póntelo —le rogué con la mano temblorosa—. Perdóname… Ya no le tengo miedo al dolor…

—¡No te acerques! —gritó.

Agarró el pedazo de la fotografía y me lo lanzó. El papel me golpeó en el pecho antes de caer a mis pies.

—¡Te odio! ¡Los odio a todos! —gritó a todo pulmón—. ¡¿Por qué tenía que ser yo quien naciera con esta enfermedad?! ¡¿Por qué yo?!

La fotografía no me había hecho daño, pero sus palabras sí. Bajé la mirada hacia el pedazo arrugado en el suelo y apreté el brazalete entre los dedos.

Mamá rodeó a Dylan con los brazos y lo apretó contra su pecho. Le acarició la espalda con una ternura que yo llevaba mucho tiempo extrañando.

—Tranquilo, cariño. Estoy aquí contigo —le aseguró con la voz quebrada—. No voy a dejar que te pase nada…

Papá tomó el brazalete de mi mano y se frotó el puente de la nariz. Parecía agotado por aquella escena.

—Ches, ve a casa de la señora Lance y quédate allí un rato —me ordenó—. Dylan está muy alterado. Tienes que irte.

Su tono dejó claro que no aceptaría un no por respuesta. No importaba que estuviera herido ni que acabara de esperar dos horas frente a la puerta. En ese momento, lo único que necesitaban de mí era que desapareciera de la vista de Dylan.

Lily Lance era nuestra vecina. Su casa quedaba cerca, pero cada paso hacía que la ropa rozara mis ampollas abiertas. Apreté los dientes y seguí caminando sin quejarme.

Cuando llegué, toqué la puerta como ya era costumbre. Había perdido la cuenta de cuántas veces había acabado bajo su cuidado.

La ocasión más reciente había sido durante una reunión de padres y maestros en el kínder. Les dije a mis padres que no hacía falta que fueran, que yo podía encargarme de todo.

Dylan empezó a llorar cuando me escuchó.

—¿Me lo estás restregando en la cara porque yo no puedo ir a la escuela? —me reclamó entre lágrimas.

Después de aquella discusión, volví a tocar la puerta de Lily.

Pero todo había comenzado años atrás, cuando mis padres se enteraron de que un especialista había llegado desde la capital. Esa misma noche, llevaron a Dylan a verlo para que lo atendiera.

Cuando regresé de la escuela al día siguiente, esperé frente a nuestra casa hasta que anocheció. El frío fue tan intenso que terminé con una fiebre muy alta. Cuando Lily me encontró, apenas podía mantenerme despierto. Sobreviví de milagro gracias a ella.

Mis recuerdos se interrumpieron cuando Lily abrió la puerta. Sus ojos recorrieron mi ropa sucia y las heridas que quedaban al descubierto. Después suspiró y, sin hacer preguntas, me tomó de la mano para hacerme pasar.

—¡Joy, trae el botiquín! —gritó hacia el interior de la casa.

Joy era su hija. Salió de su habitación refregándose los ojos, pero al verme bajó las manos y se quedó inmóvil.

—¡Ches! ¡¿Qué haces aquí?! ¡¿Volvieron a echarte?! —preguntó, alarmada.

Luego apretó el puño con rabia.

—¡¿Cómo pueden hacerte esto?! —protestó—. ¡Solo les importa Dylan! ¡Es muy injusto!

Negué con la cabeza. No podía permitir que hablara así de mis padres cuando todo lo que hacían era intentar salvar a mi hermano.

—¡No es cierto! —repliqué—. ¡Dylan está enfermo y todos tenemos que cuidarlo! Además…

Me subí la manga sucia. La piel de mi brazo estaba cubierta por capas de cicatrices. Algunas todavía estaban rojas. Otras llevaban tanto tiempo allí que ya formaban parte de mí.

—¿Ves? —insistí mientras mantenía el brazo extendido—. Las heridas de Dylan pasan a mi cuerpo y mamá las cura todas con sus propias manos. ¡Ella no es injusta! No importa que me duela un poco si con eso Dylan puede ser feliz. Eso es lo único que importa.

Joy observó mis heridas y negó con la cabeza. Parecía que quería decir algo, pero se quedó callada.

Lily regresó con los medicamentos y se sentó a mi lado. Sostuvo mi brazo con cuidado, como si temiera lastimarme más. Sus manos tenían el mismo calor que las de mamá, pero no se movían igual: cuando mi cuerpo se tensaba por el dolor, Lily esperaba antes de continuar.

Mamá, en cambio, siempre me curaba con prisa, como si atender mis heridas fuera un fastidio.

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