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La mesa quedó en silencio.La taza se le escapó de las manos a mamá, cayó al suelo y se hizo pedazos. Ella ni siquiera intentó recogerla. Se limitó a mirar a Dylan mientras las lágrimas le corrían por la cara.Papá apartó la cara, pero el temblor de sus hombros lo delató.Dylan actuó como si no hubiera visto nada. Cerró los ojos, juntó las manos frente al pecho y respiró antes de pedir su deseo.—Deseo que Ches esté en un lugar muy bonito, rodeado de personas que lo quieran y lo consientan —pidió con una seriedad que hizo más pesado el silencio—. Deseo que esté sano. Que pueda decir cuando algo le duela o cuando tenga ganas de llorar. Y que nunca más tenga que guardárselo todo.La voz se le fue quebrando hasta que las últimas palabras salieron entre sollozos.Nadie se atrevió a decir nada. En el comedor solo se escuchaba el leve crujido de las mechas mientras las velas se consumían.Yo flotaba sobre la mesa y observaba a Dylan llorar. Luego miré las caras destrozadas de mis padr
Pero cada vez que intentaba tocar a Dylan, mis manos atravesaban su cuerpo.Al principio insistía. Volvía a estirar los brazos, intentaba agarrarlo por los hombros y hasta colocaba las manos frente a su cara para llamar su atención. Nunca funcionaba. Él seguía solo con su dolor y yo tenía que observarlo sin poder hacer nada.Una tarde, mamá vio la marca tenue que el brazalete había dejado alrededor de su muñeca. Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque habló con una calma que asustaba.—Dylan, nosotros no te culpamos —le aseguró mientras observaba aquella marca.Esas palabras terminaron de derrumbarlo. Dylan se cubrió la cabeza con las manos y empezó a llorar sin poder respirar bien.—¡Todo fue mi culpa! —gritó entre sollozos—. ¡¿Por qué tuve que nacer con esta enfermedad?! ¡¿Por qué hice que Ches recibiera todo mi dolor?! ¡Si no fuera por mí, él seguiría vivo! ¡Yo era quien debía morir!Mamá lo rodeó con los brazos y lo apretó contra su pecho. Los dos lloraron juntos, aferrados
Al final, se llevaron mi cuerpo.Mamá se desplomó en el suelo y se quedó mirando la puerta con los ojos vacíos. Ni siquiera reaccionó cuando la camilla desapareció al final del pasillo.Yo floté detrás de la camilla y salí al exterior. La luz del sol me envolvió con un calor agradable. Esperé el ardor por costumbre, pero esa vez no sentí ni una sola punzada.¡Qué bonito era el sol cuando no hacía daño! Por fin, nada me dolía.Dentro de la casa, en cambio, todo terminó de venirse abajo.Los días siguientes se llenaron de investigaciones, interrogatorios, discusiones con la empresa de los brazaletes y problemas legales que nadie sabía explicar. Entraban y salían personas a todas horas, pero ninguna respuesta podía cambiar lo ocurrido.Papá se encerró en el estudio y fumó un cigarrillo tras otro hasta llenar el cenicero. Casi no comía, no dormía y solo abría la puerta cuando alguien insistía durante mucho tiempo.Mamá pasaba el día entero en el cuartito donde yo dormía. Se sentaba
Quise decirle a mamá que sí me había dolido. Durante todos esos años, el sol me había quemado la piel de verdad. Cada ampolla que se abría, cada herida pegada a la ropa y cada pedazo de piel que se desgarraba al moverme me habían hecho sufrir más de lo que yo me atrevía a admitir.Pero jamás los había culpado. Ni a ella, ni a papá, ni siquiera a Dylan.La abuela seguía junto a la puerta cuando escuchó los gritos y el llanto que salían de mi pequeño cuarto. Intentó apoyarse en el marco, pero la vista se le nubló y las piernas le fallaron.—¡Mamá! —chilló la tía Deborah mientras corría hacia ella.La tía y varios familiares se apresuraron a sostenerla antes de que se golpeara. En cuestión de segundos, el pasillo se convirtió en un caos: unos pedían espacio, otros intentaban despertarla y nadie sabía a quién ayudar primero.Los demás parientes seguían paralizados. Algunos miraban mi cuerpo con culpa. Otros bajaron la cabeza porque ya no podían soportar la escena. Los que unos minutos
Mamá tropezó al avanzar y se lanzó hacia mí. Cayó de rodillas a mi lado y el golpe retumbó en la habitación.Cuando sus dedos tocaron mi cuerpo, el frío de mi piel la hizo retirar la mano.—¿Che… Ches? —balbuceó, aterrada.Volvió a tocarme y me sacudió por el hombro. Mi cuerpo se movió bajo sus manos, pero no reaccionó. Mi cabeza cayó hacia un lado y mis ojos permanecieron cerrados, por más que ella repitiera mi nombre.—¡Despierta, Ches! —me rogó con la voz temblorosa—. El suelo está frío…Yo flotaba sobre ella y observaba cómo intentaba despertarme. Verla así me llenó de tristeza. Quise bajar, rodearla con los brazos y decirle que ya no sentía frío ni dolor, que no tenía que seguir preocupándose por mí.Pero cuando intenté tocarla, mis dedos la atravesaron.Cuando estaba vivo, habría dado cualquier cosa por verla correr hacia mí de esa manera. Durante años había deseado que me abrazara, que llorara por mí y me diera un poco de su calor. Ese deseo acababa de cumplirse, pero ya
La sonrisa de mamá desapareció. Señaló la puerta cerrada de mi habitación como si detrás de ella solo hubiera un niño malcriado.—Está ahí adentro, haciendo un berrinche —le explicó a la abuela.Después alzó la voz para que pudiera escucharla a través de la puerta.—¡Ches, sal de ahí! —me ordenó—. ¡Hoy es Año Nuevo! ¡Ya no voy a castigarte!Corrí hacia ella y agité las manos frente a su cara.—¡Mamá, estoy aquí! —le grité con todas mis fuerzas—. ¡Ya no me duele nada! ¡Dylan también está mejor!Pero mamá no reaccionó. Nadie volteó hacia mí. Mi voz no llegaba hasta ellos.Al otro lado de la puerta, mi cuerpo seguía acurrucado sobre el suelo helado.Mamá frunció el ceño y golpeó la puerta con los nudillos.—¡Chester! ¡¿Me escuchas?! ¡Sal ahora mismo! —insistió, molesta.Dylan bajó del regazo de la abuela y se acercó a la puerta.—Chester, sal —me llamó—. Ya no te culpo por lo que pasó. La abuela te extraña.Pasaron varios segundos. Como no recibió respuesta, mamá perdió la pac