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Capítulo 2

Author: Wayne Wyeth
Papá tardó mucho en ir a buscarme a casa de Lily. Durante el camino de regreso, no me dirigió la palabra.

Apenas entramos, señaló las escaleras con la barbilla. Subí a mi habitación sin protestar.

Mi habitación era un cuartito sin calefacción que también usaban para guardar cosas. Apenas cabían mi cama y unas cuantas pertenencias. Los suministros del tratamiento de Dylan ocupaban el resto de la casa, así que ese era el único espacio que quedaba para mí.

Todo el dinero de la familia se había ido en el tratamiento de Dylan. Por eso, la calefacción solo se encendía en el cuarto de mi hermano.

Al cerrar la puerta, mi aliento formó una pequeña nube frente a mi cara. Me acurruqué en la cama y me abracé las piernas. El calor de las manos de Lily desapareció de mi piel en pocos segundos.

A través de la pared, escuché a mamá hablar entre lágrimas.

—Dylan, pórtate bien y tómate la medicina —le pidió con dulzura—. Te sentirás mejor cuando lo hagas. Eres mi bebé precioso. Voy a hacer lo que sea para que vivas, aunque tenga que darte mi propia vida.

—Así es, Dylan. No tengas miedo —añadió papá con voz tranquila—. Estamos aquí contigo.

Apreté las rodillas contra mi pecho. Ninguna de aquellas palabras era para mí. Las lágrimas empezaron a correrme por las mejillas, pero me tapé la boca para que no me oyeran llorar.

Una luz sobre mi muñeca me hizo bajar la mirada. La pantalla del brazalete acababa de encenderse.

«Doce horas».

La cuenta regresiva había comenzado.

Me limpié las lágrimas con la manga y sonreí.

«¡Qué bien! Muy pronto, Dylan tendrá una vida larga, muy larga», pensé.

***

No recordaba en qué momento me había quedado dormido. Soñé que mamá me abrazaba contra su pecho. En sus brazos no hacía frío y tampoco me dolía nada.

Un dolor intenso me despertó.

Abrí los ojos. Mi habitación seguía helada y sentía que me habían despedazado el cuerpo. Tenía heridas nuevas por todas partes. El pus se había secado durante la noche y había dejado mi ropa pegada a la piel.

Me agarré del borde de la cama para incorporarme. La tela tiró de mis heridas y tuve que apretar los dientes hasta lograr sentarme.

Entonces escuché risas en el patio. Fui hasta la ventana arrastrando los pies y miré hacia afuera. Mis padres jugaban con Dylan en la nieve. Los tres reían mientras armaban un muñeco.

Bajo la luz del sol, el cabello y las pestañas de mi hermano se veían tan blancos como la nieve. Dylan parecía un personaje sacado de un cuento de hadas.

Bajé la mirada hacia mis propias heridas. La sangre atravesaba la ropa y corría por mi piel. Sentí como si aquel muñeco de nieve hubiera metido una mano gélida en mi pecho para apretarme el corazón.

Cerré los puños.

«No me duele. ¡No le tengo miedo al dolor!», me repetí.

Me puse el abrigo sobre la ropa pegada a mis heridas y me aferré al barandal para bajar las escaleras. Cada escalón me arrancó una punzada de dolor, pero no me detuve. En cuanto llegué abajo, salí al patio lo más rápido que pude.

Los ojos de Dylan se iluminaron al verme. Parecía haber olvidado lo que había pasado el día anterior.

—¡Ches, rápido! —me llamó mientras me hacía señas—. ¡Ven a hacer un muñeco de nieve con nosotros!

—¡Ahí estás! Llegaste justo a tiempo —dijo papá mientras se sacudía la nieve de la ropa—. Juega un rato con Dylan. Tu mamá y yo vamos a subir a preparar la comida. Le haremos una sopa.

Mamá ya caminaba hacia las escaleras, pero volteó hacia mí antes de subir.

—Ches, cuida bien a Dylan —me ordenó.

Después, los dos subieron y nos dejaron solos en el patio.

Dylan me agarró de la mano y tiró de mí hasta llevarme junto al muñeco. Mientras Dylan jugaba bajo el sol, todo el dolor que la luz debía causarle seguía pasando a mi cuerpo.

El ardor se extendió por mis brazos, como si me clavaran miles de agujas al rojo vivo. Apreté los dientes para no quejarme. Ver a Dylan jugar sin dolor valía la pena.

Entonces escuché varios pasos sobre la nieve. Un grupo de niños pasaba frente a la casa. Cuando vieron a Dylan, caminaron más despacio, se dieron codazos y lo señalaron entre risas.

—¡Miren al rarito de pelo blanco! —se burló uno de ellos.

La sonrisa de Dylan desapareció. Me apretó la mano y palideció.

Me planté delante de él y abrí los brazos para protegerlo.

—¡Váyanse! —les grité—. ¡No se atrevan a meterse con mi hermano!

El niño que iba delante se acercó y me empujó con fuerza.

—¡¿Y tú quién te crees?! ¡Vete tú de aquí! —me gritó.

Caí sobre la nieve. Mi rodilla chocó contra una piedra escondida debajo y empezó a sangrar. Varias gotas rojas mancharon la nieve.

Mientras intentaba incorporarme, los demás niños rodearon a Dylan y empezaron a jalarle el cabello.

—¡Ja, ja! ¡De verdad es blanco! ¡Parece un monstruo! —se burló otro niño.

—¡Dejen en paz a mi hermano! —les grité.

Clavé las manos en la nieve e intenté levantarme. Pero cuando apoyé la pierna herida, el dolor me hizo caer otra vez.

Solo pude mirar cómo Dylan empezaba a llorar mientras aquellos niños se reían de él.

Entonces la voz de mamá retumbó desde la casa.

—¡Váyanse! ¡Todos, fuera de aquí! —gritó.

Bajó corriendo y apartó a los niños a empujones. Después se arrodilló frente a Dylan, lo apretó contra su pecho y lo protegió con su cuerpo.

Los niños salieron corriendo en diferentes direcciones.

Mamá temblaba de pies a cabeza. Le sostuvo la cara a Dylan entre las manos, revisó su cabello y después le recorrió los brazos en busca de alguna herida.

—Dylan, ¿estás bien? —le preguntó con la voz llena de miedo—. ¿Te duele algo? Dímelo.

Solo entonces volteó hacia mí. Yo seguía tendido sobre la nieve y la sangre se deslizaba por mi pierna.

—¡Chester! —gritó.

Se levantó y caminó hacia mí a grandes pasos, cegada por la rabia.

—¡Te dije que cuidaras a Dylan! —me gritó desde arriba—. ¡¿Te quedaste ahí sin hacer nada mientras esos niños lo atacaban?! ¡¿Para qué carajos sirves?!

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