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Capítulo 3

Author: Wayne Wyeth
Me cubrí la rodilla con ambas manos. La sangre se deslizaba entre mis dedos y manchaba la nieve, pero mamá seguía mirándome como si yo fuera el culpable de todo.

—Mamá, uno de esos niños me empujó —intenté explicarle con la voz temblorosa—. Me sangra la rodilla. No puedo levantarme…

—¡Cállate! —me gritó mamá antes de agarrarme del brazo. Sus dedos se clavaron en mi piel y me jaló con tanta fuerza que casi me levantó del suelo—. ¡¿Estás sangrando?! ¡¿Y qué importa?! ¡Dylan está aterrorizado! ¡¿Vas a poder vivir con la culpa si esto lo deja traumado?!

Abrí la boca, pero no salió ninguna palabra. El dolor de mi rodilla ya no parecía importar. A ella tampoco le importaba que aquellos niños me hubieran tirado al suelo por intentar proteger a Dylan.

Papá también bajó al patio. Frunció el ceño al ver lo ocurrido, se agachó frente a Dylan y lo subió a su espalda. Toda su atención estaba puesta en mi hermano. Mientras avanzaba hacia las escaleras, le hablaba en voz baja para tranquilizarlo.

Mamá no aflojó los dedos. Me arrastró escaleras arriba hasta la puerta de nuestra casa mientras yo intentaba apoyar la pierna herida sin caer. Cada peldaño hacía que la tela rozara mi rodilla abierta y me arrancaba otra punzada de dolor.

Al escuchar el escándalo, Lily abrió la puerta de al lado. En cuanto me vio cubierto de heridas y con la ropa manchada de sangre, se quedó horrorizada.

—¡¿Qué estás haciendo?! —protestó mientras salía para detener a mamá—. ¡Solo tiene seis años! ¡No puedes tratarlo…!

—¡¿Tú qué sabes?! —la interrumpió mamá—. ¡Se quedó mirando mientras esos niños atacaban a Dylan! ¡Lo que quiere es que su hermano se muera rápido!

Lily abrió la boca para responderle, pero yo forcé una pequeña sonrisa. No quería que siguieran discutiendo por mi culpa.

—Señora Lance, fue mi culpa —admití en voz baja—. No protegí bien a Dylan…

Mamá me llevó a empujones dentro de nuestra casa y no se detuvo hasta encerrarme en mi habitación.

—¡Te quedarás aquí hasta que entiendas lo que hiciste! —me ordenó.

Antes de cerrar, me señaló con el dedo. La rabia en sus ojos me dio más miedo que cualquiera de mis heridas.

—¡¿En el fondo esperas que le pase algo a Dylan?! —me acusó—. ¡¿Quieres que se muera para quedarte con papá y conmigo?!

Sentí que esas palabras me atravesaban el pecho. Yo acababa de entregarle todos mis años de vida a Dylan. ¿Cómo podía creer que quería verlo muerto?

—¡No! ¡Mamá, yo nunca…! —intenté defenderme.

La puerta se cerró con un golpe tan fuerte que hizo temblar la pared. Me quedé a oscuras y el frío me hizo temblar de pies a cabeza.

La sangre de mi rodilla ya se había coagulado y el hielo había pegado la tela del pantalón a la herida. Cada respiración hacía que la ropa tirara de mis llagas y me quemara la piel.

En medio de aquel silencio gélido, el brazalete de mi muñeca comenzó a vibrar con tanta fuerza que me sacudió el brazo. Bajé la mirada. El número de la pantalla descendía segundo a segundo.

Antes de que pudiera entender qué ocurría, todo se volvió negro.

Un montón de imágenes pasaron frente a mis ojos, una tras otra.

Me vi poco después de nacer. Mamá me sostenía con cuidado entre sus brazos, pero las lágrimas que caían de sus ojos mojaban mi cara.

—¡Ches, eres mi ángel! —me aseguró—. Llegaste a este mundo para salvar a Dylan…

Papá también lloraba cuando me ajustó el brazalete en la muñeca. Cuando lo cerró, empecé a llorar a gritos. Sin embargo, ninguno de los dos pudo mirarme a los ojos.

Después apareció el recuerdo de la primera vez que Dylan salió a escondidas al balcón. Yo jugaba con mis bloques en el suelo cuando él sacó uno de sus brazos al sol. Apenas la luz lo tocó, mi brazo se llenó de llagas y grité a todo pulmón.

Mientras yo lloraba, mamá corrió hacia mí y empezó a cubrirme las heridas con pomada. Se inclinó sobre mi brazo y trató de calmarme.

—Perdóname, Ches. Lo siento tanto —me decía con la voz quebrada—. Déjame soplarte la herida. Ya no te va a doler…

Pero aquello volvió a ocurrir una y otra vez. Con el tiempo, aprendí a soportarlo. Primero dejé de gritar cada vez que aparecía el dolor. Después dejé de llorar.

Mamá también cambió. Ya no me cargaba mientras curaba mis heridas ni trataba de consolarme. Solo me ponía la pomada y se marchaba cuando terminaba.

Cuando abrí los ojos, todos aquellos recuerdos desaparecieron.

Ya no me dolía el cuerpo.

«¿Había muerto?», me pregunté entonces.

¡La transferencia de años de vida había funcionado!

Una alegría enorme me llenó el pecho. Quise saltar, reír y correr por toda la habitación. Por fin lo había logrado. Dylan viviría y mis padres ya no tendrían que preocuparse por perderlo.

—¡Sí! ¡Estoy muerto! —canté lleno de emoción—. ¡Le di mi vida a Dylan! ¡Ahora va a vivir!

Me puse de pie y corrí hacia la puerta. Tenía que contarle a mamá aquella noticia tan maravillosa. Seguro que se alegraría cuando supiera que todo había salido bien.

Extendí la mano hacia la manija, pero mis dedos atravesaron el metal como si no existiera. Me quedé inmóvil, mirando mi propia mano.

Entonces escuché varias voces al otro lado de la puerta.

—¡Mamá, qué bueno que llegaste! —la saludó mi madre con alegría—. Debiste pasar mucho frío durante el viaje.

—Ay, Dylan. Déjame verte —dijo una voz que conocía muy bien—. ¿Estás más delgado?

¡Era mi abuela, Mable Jeater!

Atravesé la puerta sin pensarlo. Dylan llevaba ropa nueva y estaba acurrucado entre los brazos de la abuela. La tía Deborah también había venido y acomodaba la fruta sobre la mesa.

Solo entonces me di cuenta de que era el primer día del año.

La abuela sacó un regalo y se lo entregó a Dylan.

—Toma, cariño —le dijo con una sonrisa—. ¡Que este nuevo año te traiga muchas cosas buenas!

Después volteó hacia mamá y miró alrededor, como si buscara a alguien.

—¿Y Chester? —preguntó—. También traje un regalo para él.

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