Mamá tropezó al avanzar y se lanzó hacia mí. Cayó de rodillas a mi lado y el golpe retumbó en la habitación.Cuando sus dedos tocaron mi cuerpo, el frío de mi piel la hizo retirar la mano.—¿Che… Ches? —balbuceó, aterrada.Volvió a tocarme y me sacudió por el hombro. Mi cuerpo se movió bajo sus manos, pero no reaccionó. Mi cabeza cayó hacia un lado y mis ojos permanecieron cerrados, por más que ella repitiera mi nombre.—¡Despierta, Ches! —me rogó con la voz temblorosa—. El suelo está frío…Yo flotaba sobre ella y observaba cómo intentaba despertarme. Verla así me llenó de tristeza. Quise bajar, rodearla con los brazos y decirle que ya no sentía frío ni dolor, que no tenía que seguir preocupándose por mí.Pero cuando intenté tocarla, mis dedos la atravesaron.Cuando estaba vivo, habría dado cualquier cosa por verla correr hacia mí de esa manera. Durante años había deseado que me abrazara, que llorara por mí y me diera un poco de su calor. Ese deseo acababa de cumplirse, pero ya
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