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Punto de vista de Bella
Era mi vigésimo quinto cumpleaños y, en lugar de pastel y velas, yo quería pecado.
En la página veintitrés de ese cuaderno secreto de cuero que guardaba bajo la cama, con una letra desordenada que moriría antes de dejar que nadie viera, las palabras estaban subrayadas dos veces:
Una noche. Sin nombres. Sin ataduras. Un desconocido. Sumisión total.
Siempre me había preguntado cómo se sentiría soltarme, dejar de controlarlo todo, dejar de preocuparme por lo que era “apropiado”, dejar de reprimir los pensamientos sucios que vivían en las sombras de mi mente. Quería que un hombre me tomara, me usara y me poseyera, al menos una vez. Solo una noche en la que no tuviera que pensar.
Tal vez fueron los dos bourbons que ya me había tomado, tal vez el roce de la seda del vestido contra mis muslos, o tal vez el simple hecho de que por fin tenía veinticinco años y estaba harta de esperar a que la vida sucediera. Fuera cual fuera la razón, decidí que esa noche sería la noche.
El bar del hotel olía a whisky, cuero y perfume caro. Tenía las piernas cruzadas, el vestido rojo subido, los labios pintados de un rojo oscuro mientras bebía lo último de mi copa. Fingía estar relajada, pero por dentro cada parte de mí estaba tensa, esperando.
Y entonces lo sentí.
Entró como si fuera el dueño del lugar: alto, hombros anchos bajo el traje negro, la corbata floja como si ya estuviera harto de comportarse con civilidad. No miró alrededor del bar, no perdió tiempo con nadie más. Sus ojos se clavaron directamente en mí, firmes e inquebrantables, como si ya hubiera tomado una decisión.
Mi pulso se disparó. Dios. Era él.
Se acercó con pasos deliberados hasta quedar tan cerca que pude olerlo: cálido, ahumado, con un leve toque de cuero y peligro.
Pareces problema dijo con una voz grave y ronca que se me metió bajo la piel.
Hice girar el hielo en mi vaso y forcé una sonrisa que no sentía del todo.
Y tú pareces el tipo de hombre que disfruta los problemas.
Sus labios se curvaron ligeramente. Se inclinó hacia mí, tan cerca que su boca rozó mi oreja al hablar.
Dime una cosa… ¿obedeces órdenes?
La pregunta atravesó mi compostura como un puñetazo. No podía saberlo. Era imposible que adivinara que esa era exactamente la línea de mi lista de deseos, el secreto que llevaba años guardando. Y sin embargo allí estaba, preguntándome si obedecía órdenes.
Apreté los muslos bajo la barra. Se me secó la boca. Pero sostuve su mirada y logré que mi voz sonara firme.
Depende. ¿Eres el tipo de hombre que merece ser obedecido?
Algo oscuro y satisfecho brilló en sus ojos. En ese instante lo supe.
Esto iba a pasar.
Las puertas del ascensor se cerraron detrás de nosotros y, antes de que pudiera respirar, me empujó contra la pared espejada. Su mano se cerró alrededor de mi garganta, firme, controladora, lo suficiente para hacerme gemir de sorpresa.
Joder jadeé, con los labios entreabiertos, justo antes de que su boca se estrellara contra la mía.
No fue un beso. Fue una toma de posesión. Su lengua obligó a la mía a rendirse, sus dientes mordieron mi labio inferior hasta que me derretí contra el espejo. Mi reflejo me miraba: mejillas sonrojadas, ojos muy abiertos, una mano desconocida en mi garganta y el vestido ya subido indecentemente.
Se apartó solo lo necesario para gruñir contra mi oreja:
Esta noche harás exactamente lo que yo diga. ¿Entendido?
Mi cuerpo ardía, la sangre me corría como fuego por las venas. Era eso. Era la noche. Era la fantasía de mi lista de deseos que había guardado tanto tiempo.
Sí susurré. Luego, más atrevida: Sí… Señor.
La mirada que puso cuando pronuncié esa palabra me debilitó las rodillas.
Su suite era enorme y lujosa, pero apenas me fijé. En cuanto la puerta se cerró con llave, se volvió y señaló.
Desnúdate.
El calor me subió a las mejillas. Dudé solo un segundo, luego dejé que los tirantes del vestido rojo se deslizaran por mis hombros. La seda se arremolinó a mis pies. Me quedé con los tacones y las bragas negras de encaje, temblando, más expuesta de lo que jamás me había sentido.
No se apresuró. Me rodeó lentamente, sus dedos rozando mi columna, bajando por mi cadera y acariciando la curva de mi culo. Ese roce me hizo estremecer y endureció mis pezones contra el encaje.
Entonces me agarró del pelo con el puño, tirando mi cabeza hacia atrás hasta obligarme a mirarlo. Sus ojos eran fuego oscuro.
Esta noche eres mía dijo con voz plana. Cada parte de ti. ¿Entiendes?
Sí susurré. Soy tuya.
De rodillas.
Mi cuerpo cayó al instante, como si hubiera estado esperando esa orden toda la vida.
Temblaba mientras me arrodillaba frente a él, mirándolo desde abajo y esperando. Bajó la cremallera lentamente, con deliberación, y sacó su polla, dura y gruesa. Se me hizo agua la boca.
Abre ordenó.
Obedecí. Su polla se deslizó sobre mi lengua, gruesa y pesada, y me atraganté cuando empujó más profundo de lo que esperaba. Las lágrimas me nublaron la vista mientras la saliva me chorreaba por la barbilla, pero no me detuve. Dejé que me usara, con el puño apretado en mi pelo mientras embestía mi boca una y otra vez.
Así gruñó. Desordenada. Obediente. Justo como me gusta.
Mis ojos lloraban más fuerte. Me ardía la garganta. Pero por dentro estaba volando. Esto era exactamente lo que había escrito en secreto en mi lista de deseos. Esto era rendición.
Cuando por fin me apartó, mis labios estaban hinchados y la saliva brillaba en mi barbilla. Jadeaba buscando aire, con el pecho agitado, y él me miró desde arriba con una sonrisa arrogante.
Buena chica.
Dios. Esas palabras me hicieron temblar.
Se quitó la corbata y la hizo chasquear entre las manos.
Muñecas. Detrás de la espalda.
Se me cortó la respiración, pero obedecí, juntando las muñecas. La seda se apretó con un nudo firme y de pronto quedé indefensa, atada, jadeando.
Me empujó boca abajo sobre la cama, con el culo en alto. Su palma acarició mi piel una, dos veces… y entonces llegó la primera nalgada.
El escozor me encendió los nervios, agudo y sorprendente, y gemí contra las sábanas.
Otra. Más fuerte. Otra, y otra, hasta que mi culo ardía y estaba sensible, mis muslos temblaban y mi respiración era entrecortada.
¿Te gusta? exigió, dándome nalgadas más fuertes.
Sí gemí. ¡Sí, Señor!
Su risa fue oscura y peligrosa.
Entonces esto te va a encantar.
Sus dedos se deslizaron entre mis pliegues, ya empapados, rozando mi clítoris antes de apartarse otra vez, negándome lo que necesitaba. Mi cuerpo se sacudió inútilmente, mis muñecas tirando de la seda, mi voz quebrándose.
Por favor supliqué. Por favor, lo necesito…
¿Lo necesitas? Su puño se enredó en mi pelo, tirando mi cabeza hacia atrás. Sus labios rozaron mi oreja y su voz se convirtió en un gruñido. Dilo. Di que esta noche me perteneces.
Yo… te pertenezco jadeé. Solo por esta noche, soy tuya.
Y entonces me penetró de un golpe brutal, abriéndome, robándome el grito de la garganta.
La promesa que fue suyanarración en primera persona—Ven aquí —dijo Belisario en cuanto la puerta de la suite en la finca andaluza se cerró tras nosotros; su voz ya sonaba ronca, cargada de esa misma hambre que nos había seguido desde Madrid—. Me he pasado todo el trayecto pensando en cómo me miraste en la gala, justo después de que retirara la reclamación. Ya me he cansado de andarme con rodeos; quiero dejarte tan marcada que nadie más pueda desearte. Apenas tuve tiempo de dejar la fotografía de su madre sobre la mesa antes de que sus manos me atraparan, girándome y empujándome contra la fría pared de yeso. Su cuerpo me encerró; sentí la dureza de su miembro, firme e insistente, presionando contra la parte baja de mi espalda a través de la tela de sus pantalones. —Dime que lo quieres con rudeza —gruñó cerca de mi oído, mientras una de sus manos se enredaba con fuerza en mi cabello y la otra subía mi vestido negro por encima de las caderas—. Dime que quieres que te folle como si el
La esposa que se negó a arrodillarsePunto de vista en primera persona«Llévate el anillo», dije en el instante en que Belisario entró en la suite de invitados, con el contrato falsificado aún arrugado en mi mano. «Si esta cláusula se presentó antes incluso de que estuviéramos ante el funcionario del registro, entonces cada noche que he pasado bajo tu techo ha formado parte de un plan mucho más amplio del que admitiste en Toledo. No voy a llevar tu apellido mientras alguien utiliza mi firma como arma». Él cerró la puerta tras de sí y cruzó la estancia; el calor de su cuerpo me llegó antes que sus manos. «No redacté esa cláusula ni autoricé su presentación. He pasado las últimas doce horas con Leocadio rastreando la marca de tiempo y el sello. Alguien en el despacho del abogado de la familia preparó la modificación semanas antes de la gala, aquella en la que apareciste vestida de rojo. No estoy aquí para defender una falsificación que jamás firmé. Estoy aquí porque esta mañana ha lleg
El pecado bajo el palacioVista en primera persona«Nunca debiste encontrar esa fotografía», dijo Belisario desde el umbral; su voz era baja y estaba cuidadosamente medida, como si cada palabra hubiera sido sopesada antes de salir de sus labios. «La mantuve guardada bajo llave por una razón que nada tiene que ver con ocultarte el pasado, sino con proteger la poca verdad que aún queda». Sostuve la imagen entre ambos; los bordes del papel estaban desgastados por los años que había pasado en aquel compartimento oculto. «Entonces, ¿por qué te casaste conmigo, Belisario? ¿Fue para proteger a mi familia de la subasta que tú mismo organizaste, o para silenciar aquello que mi madre enterró la noche en que estuvo junto a tu padre?». Él entró por completo en la biblioteca; la puerta se cerró tras él con una quietud definitiva que hizo que el aire se volviera más denso. «Me casé contigo porque el fideicomiso incluye una cláusula que permite a un descendiente del linaje Valcárcel impugnar la pr
Las reglas de su reinoNarrado en primera personaMe desperté con la luz gris pálida de una mañana madrileña y el suave chasquido de algo que se deslizaba por debajo de mi puerta. El reloj en la mesita de noche marcaba exactamente las siete. Al abrir la puerta, encontré una hoja de papel grueso de color crema sobre el suelo de mármol; la caligrafía era precisa y oscura. Se enumeraban doce reglas en líneas numeradas y claras: puntualidad en todos los compromisos sociales o profesionales, discreción ante la prensa, honestidad sobre cualquier asunto que pudiera poner en peligro el acuerdo, prohibición de recibir visitas sin previo aviso, no interferir con el personal doméstico... y así sucesivamente, conformando una cuidada arquitectura de control. Al pie de la lista, se había añadido una decimotercera regla, escrita con un trazo más marcado y personal que ya reconocí como suyo: «Nunca confundas mi protección con afecto». Me quedé allí un buen rato leyendo esa última frase, hasta que el
La novia de rojoNarración en primera personaTodavía estaba mirando la fotografía cuando apareció el mensaje debajo de ella; los píxeles eran lo suficientemente nítidos como para que pudiera distinguir la inclinación exacta de la firma de mi padre en un documento que, apenas unas horas antes, él había jurado no haber firmado jamás. «Tu familia tiene cuarenta y ocho horas. Cásate con Belisario de Alarcón o lo perderéis todo». El nombre del remitente aparecía allí, sin atisbo de disculpa: el propio Belisario. Leí las palabras dos veces, y luego una tercera, como si la repetición pudiera suavizar la exigencia; pero, lejos de atenuarse, la exigencia se volvió aún más pesada. Mi padre ya dormía en la habitación contigua, con el aparato de oxígeno emitiendo su constante y mecánica nana; no fui capaz de despertarlo para contarle esto. En su lugar, cerré el teléfono, lo presioné contra mi pecho y sentí el cristal frío a través de la fina seda de mi camisón. Cuarenta y ocho horas. Ese era tod
La Verdad Bajo las Cenizas 2Punto de vista: Isadora—¿Y ahora qué hacemos?Lo miré. —Lo que debimos hacer desde el principio.—¿Qué?—Encontrar al verdadero enemigo.Rafael sostuvo mi mirada. Sus ojos bajaron un instante a mi boca, luego a mi vientre, y regresaron. —Sebastián.Asentí. —Sebastián.Por primera vez, la palabra no representaba solamente venganza. Representaba una guerra. Una guerra que ahora teníamos que librar juntos. Y el “juntos” me hizo sentir un calor distinto, más profundo, que se instaló entre mis piernas y se expandió.Rafael tomó mi mano. Fue un gesto sencillo. Sin órdenes. Sin posesión. Sin juegos. Solo su mano alrededor de la mía, el calor de su piel, el roce de sus dedos contra mi muñeca. Sentí el latido de su pulso. Quise llevarme esa mano a la boca, besar la palma, pero me contuve.—No voy a volver a usarte para llegar hasta él.—Más te vale.Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Esa sonrisa que siempre me desarmaba. —Sigues siendo difícil.—Y tú sigue







