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CAPÍTULO 2 – LA LISTA DE DESEOS (Parte 2)

Author: ELSA RIVERS
last update publish date: 2026-04-14 21:05:07

Punto de vista de Bella

Me llenó con una embestida brutal. Mi cuerpo se estiró alrededor de él, el aire abandonó mis pulmones y mi grito quedó ahogado contra las sábanas. Sus manos sujetaron mis muñecas atadas, usándolas como riendas, arrastrándome hacia cada golpe castigador.

Al principio el dolor fue agudo, crudo, ardiendo por las nalgadas anteriores, pero pronto se transformó en otra cosa. Calor. Placer. Mi cuerpo me traicionó, contrayéndose, chorreando, suplicando más incluso mientras gemía.

Dios jadeé, con la cara hundida en la cama. Tan profundo…

No es Dios gruñó, empujando más fuerte. Señor.

¡Sí! grité. ¡Sí, Señor…!

Esa palabra hizo que embistiera aún más profundo, su ritmo implacable, cada golpe como una onda de choque a través de mi cuerpo tembloroso. Mis brazos forcejeaban contra la seda que los ataba, mis tacones se clavaban en las sábanas mientras intentaba sujetarme contra él. Nunca me habían follado así. Ni con suavidad, ni con delicadeza. Solo usada, reclamada, exactamente como había fantaseado durante años.

Mi orgasmo se formó rápido, demasiado rápido, ardiendo con fuerza en mi vientre. Estaba a punto de suplicar cuando él se retiró de repente, dejándome vacía, contrayéndome alrededor de la nada.

¡No! jadeé, mirándolo desesperada por encima del hombro.

Su sonrisa fue pura crueldad.

¿Creíste que te dejaría correrte sin permiso?

Gemí, mi cuerpo palpitando, chorreando por mis muslos.

Me dio la vuelta sobre mi espalda sin esfuerzo, con las muñecas atadas por encima de la cabeza. Se colocó sobre mí, a horcajadas sobre mis caderas, su polla arrastrándose húmeda contra mi estómago mientras se inclinaba. Su mano volvió a cerrarse alrededor de mi garganta, presionando lo justo para que la habitación girara.

Te correrás cuando yo decida que te lo has ganado susurró con voz baja y peligrosa. Hasta entonces, solo eres mi juguete.

Mis caderas se movieron solas debajo de él, mis pezones doloridos contra el encaje del sujetador que aún llevaba. Nunca me había sentido tan indefensa, tan expuesta… y nunca me había sentido tan viva.

La noche se convirtió en una sucesión de tormento y placer.

Me torturó con los dedos, rodeando mi clítoris hasta que estaba a segundos de romperme, y luego se apartaba con una sonrisa perversa. Me dio más nalgadas, más fuertes esta vez, hasta que mi culo quedó sensible y palpitante. Me mordió el cuello, chupó moretones en mi piel que florecerían morados al día siguiente, pruebas de esta noche que nunca podría explicar.

En un momento me arrastró fuera de la cama por las muñecas atadas y me inclinó sobre el escritorio junto a la ventana, con las luces de la ciudad extendiéndose debajo de nosotros. Mi reflejo me miraba en el cristal: cara sonrojada, maquillaje corrido, cuerpo temblando mientras él me abría.

Mírate ordenó con voz áspera. Mira lo sucia que estás para mí.

Lo hice. Y Dios me ayude, me encantó.

Me folló allí, contra la ventana, con una mano enredada en mi pelo y la otra apretando mi garganta mientras suplicaba, sollozaba y gemía su nombre aunque ni siquiera lo conocía. Mis pechos se aplastaban contra el cristal, mi aliento lo empañaba, la ciudad ajena abajo.

Cada vez que estaba a punto de correrme, él se detenía. Cada maldita vez. Hasta que temblaba sin control, con lágrimas cayendo por mis mejillas de pura desesperación.

Por favor sollocé al fin, destrozada. Por favor, Señor, lo necesito… necesito correrme, no aguanto más…

Me metió dos dedos en la boca para callarme.

Cállate y tómalo. Aún no has terminado.

Chupé sus dedos con desesperación, la saliva chorreándome por la barbilla, mi cuerpo convulsionando denecesidad. Estaba perdida, arruinada, solo un recipiente para su control. Y era todo lo que había deseado.

Por fin, por fin, me empujó de nuevo sobre la cama y se colocó sobre mí, su cuerpo aplastando el mío, su polla deslizándose entre mis pliegues empapados. Su boca aplastó la mía en otro beso brutal, sus dientes raspando mi labio hasta que gemí.

¿Quieres correrte? gruñó contra mi boca.

Sí, Señor sollocé. Por favor, lo necesito… haré lo que sea…

Entonces córrete cuando yo te lo diga.

Y con eso, me penetró de nuevo, más fuerte que antes, con embestidas brutales y despiadadas. Su mano se cerró con fuerza alrededor de mi garganta, cortándome la respiración, mientras la otra retorcía mis muñecas atadas y me follaba contra el colchón.

Ahora gruñó.

El orgasmo me atravesó como una explosión. Mi cuerpo se arqueó violentamente, mi visión se volvió blanca y grité tan fuerte que me ardía la garganta. Cada nervio se encendió, mi coño contrayéndose alrededor de él mientras me follaba a través del clímax, prolongándolo hasta que me retorcía debajo de él.

Buena chica gruñó, y por fin se corrió dentro de mí con un gemido gutural.

Me derrumbé bajo su peso, temblando, destrozada, cada músculo temblando.

Nos quedamos así un largo momento, su peso presionándome contra las sábanas, los dos respirando con dificultad. Al final desató mis muñecas, la seda deslizándose sobre mi piel enrojecida. Flexioné los dedos, doloridos y temblorosos, pero no me moví.

Pasó el pulgar por las marcas de mi garganta, casi con ternura, aunque su expresión era indescifrable.

Cuando por fin me giré de lado, el amanecer ya se filtraba pálido a través de las cortinas. La ciudad afuera despertaba, pero yo no estaba lista. Quería congelar ese momento, quedarme en él un poco más.

Pero lo había escrito claramente en mi lista: una noche. Sin nombres. Sin ataduras.

Así que cuando me senté y alcancé mi vestido, él no me detuvo.

Ninguno de los dos dijo una palabra.

No pregunté su nombre. Él no preguntó el mío.

Cuando salí descalza de aquella habitación de hotel, con los tacones colgando de mi mano, el cuerpo dolorido, marcado y aún chorreando de él, sonreí.

Tenía veinticinco años. Y por fin me había dado el único regalo que realmente quería: una noche inolvidable de rendición.

El recuerdo de su mano en mi garganta, su voz en mi oreja, su orden corriendo por mis venas… sabía que me perseguiría para siempre.

Y quería que lo hiciera.

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