LOGINCAPÍTULO 81: Ella es mi amigaVALENTINAMe había despedido de Laura hacía horas. Ya casi no quedaba nadie en el edificio cuando finalmente termine de revisar la última lista de proveedores nuevos.Llegué a los ascensores principales y presioné el botón de llamada. El suave ding metálico rompió la quietud del pasillo, y las puertas de acero se abrieron con un siseo.Di un paso al frente y me detuve en seco.Allí, recostado contra el panel de espejos del fondo, con el nudo de la corbata ligeramente aflojado y sosteniendo un maletín de cuero oscuro, estaba mi hermano Germán. —Tan tarde te vas, hermanita —me dijo, enderezándose lentamente para darme espacio en la cabina. Entré al ascensor y me coloqué a su lado, mirando el reflejo de ambos en las puertas metálicas que se cerraban frente a nosotros. Éramos el vivo retrato de la dinastía Valente: impecables por fuera, agotados por dentro.—Parece que los dos somos iguales —le respondí, dejando escapar un suspiro mientras el ascensor come
CAPÍTULO 80: Solo paso a saludarMIGUELIntenté por todas las formas posibles ingresar al edificio por las buenas. Me acerqué al mostrador principal exigiendo ver a mi esposa, corrigiendo de inmediato la palabra en mi mente: a mi exesposa. El jefe de seguridad, un tipo fornido que antes me llamaba "señor Argüello", me bloqueó el paso. Me dijo que tenía órdenes estrictas de no dejarme pasar del lobby. Vi a lo lejos a Laura, la asistente de Valentina. No podía permitirlo. No iba a dejar que me trataran como a un perro callejero. Necesitaba aclarar los asuntos con Valentina cara a cara. No podía terminar de esta manera, en la ruina absoluta, acorralado por los abogados de Isabel y despojado de toda mi dignidad.Aprovechando el segundo en que Laura y el jefe de seguridad intercambiaban palabras y se daban la vuelta, retrocedí hacia el pasillo lateral que conectaba con la zona de carga y descarga. No me detuve a pensar. El pánico y la adrenalina borraban cualquier rastro de cordura. Est
CAPÍTULO 79: Otra vez.. otra vez tu VALENTINAEl reloj digital de mi computadora marcaba las once y cuarto de la mañana. Justo cuando estaba marcando el primer dígito en la pantalla, la puerta se abrió.Laura cruzó el umbral caminando con su característica prisa, sosteniendo una tableta en una mano y un vaso de café helado a medio terminar en la otra. Dejé caer el teléfono sobre el escritorio de cristal con un ruido sordo que la hizo saltar en su sitio.—¡Al fin llegas! —exclamé, incapaz de contener el tono de reclamo, caminando rápidamente hacia ella con los brazos cruzados—. Ya me estaba empezando a preocupar en serio por ti, Laura. Te he llamado ciento de veces. ¿Qué te sucedió? ¿Dónde estabas? Tu teléfono manda directo al buzón de voz.Laura parpadeó, mirándome con una mezcla de confusión y diversión contenida. Caminó hacia su propio espacio en la oficina contigua, dejando el café sobre la mesa antes de girarse hacia mí, arqueando una ceja con esa actitud de confianza que solo
CAPÍTULO 78: Sólo quiero que firmesLUCASLa cita con Valentina de la noche anterior había sido innegablemente agradable. Compartir ese pequeño espacio con ella me había dado una dosis de esperanza que mi corazón necesitaba desesperadamente. Recuerdo a la Valentina adolescente, la hermana pequeña de Germán; una chica llena de un fuego incombustible, que me miraba con una adoración transparente y una rebeldía que no conocía barreras. Esa Valentina habría saltado al abismo sin dudarlo.El sonido brusco de la puerta abriéndose de golpe me sacó de mis pensamientos.No hubo toques previos, ni el anuncio por el intercomunicador de mi secretaria. Marcela entró a mi despacho cargando un par de carpetas rojas bajo el brazo. —He logrado que el juez firme el embargo precautorio sobre los remanentes de las cuentas secundarias de Argüello —anunció Marcela, acercándose a mi escritorio y dejando caer una de las carpetas frente a mí con un golpe seco—. No es mucho, pero asegurará al menos un par d
CAPÍTULO 77: Confesiones a ciegasVALENTINAEl reloj digital sobre mi escritorio marcaba las nueve y cuarenta y cinco de la mañana. Me resultaba muy raro, por no decir completamente alarmante, que Laura no hubiera llegado a la oficina hoy.Estaba a punto de levantar el auricular del teléfono para intentar nuevamente contactarla, cuando escuché dos golpes firmes y secos en la puerta de madera.Solté un suspiro de alivio absoluto.—¡Adelante! —dije en voz alta, acomodándome en el sillón ejecutivo, preparándome para soltarle un sermón sobre la importancia de avisar cuando se llega tarde.La puerta se abrió lentamente, pero no fue el repiqueteo de los tacones de mi asistente lo que resonó sobre el suelo de porcelanato. —Germán —lo saludé, ocultando mi decepción—. ¿A qué debo el honor de tu visita hoy? Pensé que estarías lidiando con la junta directiva y los inversores asiáticos.Él no sonrió ante mi broma. Se acercó a paso lento hasta detenerse frente a mi escritorio. Plantó ambas manos
CAPÍTULO 76: Puertas que no se cierranVALENTINA—Me di cuenta a tiempo que no íbamos a funcionar —me dijo con soberbia.Sus palabras fueron directas. No hubo titubeos. Lo dijo con la arrogancia de quien toma una decisión y no mira atrás. Y no necesita validación de nadie. Bajé la vista hacia mi pequeña taza de cerámica.—Ojalá me hubiese dado cuenta de eso mismo yo también —le respondí, con la voz apenas por encima de un susurro, arrastrando las palabras cargadas de una melancolía que no pude disfrazar.Pensé en Miguel. Pensé en los años de matrimonio. Pensé en las alertas que ignoré, en la forma en que permití que mi propia voz se apagara. Lucas descruzó los brazos y se inclinó hacia mí. Extendió la mano sobre la mesa y tomó la pequeña jarra de sake tibio, sirviendo un poco más en mi taza y luego en la suya.Levantó su bebida, buscando mis ojos en la penumbra del restaurante.—Por los nuevos comienzos, Valentina —brindó, con una voz profunda que vibró en el aire—. Al fin y al cabo







