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Capítulo 6

Autor: Catalina Ramírez
Antes de partir, Alejandro visitó el Palacio del Silencio. Encontró a Leonor tomando el sol en el patio. Ella se puso de pie e hizo una reverencia.

—Me ausentaré varios días en la Sierra Occidental. Tú… cuídate.

Contempló la mejilla aún hinchada y pareció querer decir algo más, pero terminó por callar.

—Que tenga buen viaje, Majestad.

Él permaneció allí unos instantes. Luego sacó de la manga un pequeño frasco de porcelana.

—Es un ungüento para las contusiones. Úsalo.

Leonor lo recibió sin mirarlo a los ojos.

—Gracias, Majestad.

Cuando los sonidos de la comitiva desaparecieron a lo lejos, abrió la mano. El frasco cayó al suelo y se hizo pedazos; el ungüento quedó esparcido entre los fragmentos.

—¡Mi señora! —exclamó Clara.

—Límpialo.

Leonor regresó al interior.

Al día siguiente comenzaron los rumores. Se decía que, antes de entrar al palacio, Leonor había tenido un amor: un joven distinguido con quien había intercambiado poemas y promesas. De no haber mediado el decreto imperial, habrían formado una pareja perfecta. Otros aseguraban haberla visto llorar ante el retrato de un apuesto muchacho que no era el emperador.

Los rumores se extendieron rápidamente por todo el palacio. Aquella misma tarde, Isabela aprovechó la ausencia de Alejandro para ordenar que llevaran a Leonor ante ella, pese a que él había prohibido que saliera de su reclusión. Alegó que debía esclarecer los rumores y preservar la moral de la corte.

—Corromper la corte con tus amoríos… Qué audacia la tuya —dijo con una voz baja y venenosa—. Su Majestad lleva fuera apenas un día y estos rumores inmundos ya recorren el palacio. ¿No puedes soportar la soledad o es que toda tu familia carece de honor?

Arrodillada sobre el suelo frío, Leonor mantuvo la espalda recta.

—Son acusaciones sin fundamento. Le ruego que juzgue con justicia.

—¿Sin fundamento? Los rumores no nacen de la nada. ¿Toda esa virtud que exhibías era una actuación para engañar al emperador mientras pensabas en otro hombre? Cuando Su Majestad regrese, solicitaré una investigación exhaustiva de las mujeres de tu familia…

—Su Majestad no actuará contra mí —la interrumpió Leonor. Habló muy bajo, pero con una certeza absoluta.

Isabela quedó desconcertada y después soltó una risa furiosa.

—¿Qué dijiste?

—Su Majestad no es completamente indiferente hacia mí.

El aire se congeló.

Isabela se levantó de golpe y se plantó frente a ella. Los celos le volvieron aguda la voz.

—¿A quién pretendes engañar? Su Majestad y yo nos unimos en la juventud. Hemos arriesgado la vida juntos. Me prometió un solo amor para toda la vida. Te admitió únicamente para obtener herederos y apaciguar a los Valdés. Para él no eres más que un adorno, un vientre. ¿Cómo podría sentir algo por ti?

Cada palabra expuso los celos que había acumulado durante tres años. Leonor la escuchó hasta que el eco de aquella voz desapareció y entonces respondió con una serenidad inquietante.

—No me atrevería a afirmar que Su Majestad siente por mí lo mismo que por usted. Sin embargo, hace poco leí una crónica sobre un tirano de la dinastía anterior y su primera esposa. También habían compartido adversidades y se profesaban un afecto profundo. Tras ascender al trono, comenzó a favorecer a otra mujer, se alejó de la emperatriz y terminó creyendo calumnias que casi lo llevaron a matar a su esposa y a su propio hijo. Si el príncipe mayor no hubiera regresado a tiempo con el ejército bajo su mando, la emperatriz habría muerto acusada injustamente.

El rostro de Isabela perdió el color.

—La historia no miente —continuó Leonor, con el mismo tono sin emoción—. Soberanos y emperatrices pueden distanciarse; los esposos pueden volverse enemigos. A veces ni el amor más profundo resiste el paso de los años, la sonrisa de una mujer nueva o el lazo de la propia sangre.

Su mirada pasó, como por casualidad, por el vientre de Isabela y volvió a bajar.

—Además, tanto el príncipe como la princesa que hoy viven en el palacio nacieron de mí. Sería natural que Su Majestad, por consideración hacia sus hijos, se interesara de vez en cuando por mí.

—¡Cállate!

La última frase avivó el temor que Isabela más se esforzaba por ocultar. Siempre los niños. Aquella mujer usaba a sus dos hijos para robar, poco a poco, la atención del emperador. El ejemplo de la crónica pareció mostrarle un futuro aterrador. El miedo devoró su razón y se convirtió en furia.

—¡Desvergonzada! ¡Te atreves a maldecirme, a burlarte de que no puedo tener hijos y a sembrar discordia entre el emperador y yo!

Respirando con violencia, señaló a Leonor y gritó a sus guardias:

—¡Llévenla al patio! Que reciba veinte azotes por corromper la corte y maldecir a la emperatriz. ¡No, treinta! ¡Golpéenla sin piedad! Que todos vean lo que les ocurre a las mujeres perversas que tratan de seducir al soberano.

Arrastraron a Leonor hasta el patio del Palacio de la Corona y la inmovilizaron contra el suelo. La vara pesada cayó sobre su espalda con golpes sordos. Ella apretó los dientes, hundió el rostro entre los brazos y no pidió clemencia ni una sola vez. El sudor frío cubrió sus sienes y la sangre empapó muy pronto la tela de su vestido.

Los sirvientes que alcanzaban a ver la escena desde lejos bajaban la cabeza y se apresuraban a marcharse, aterrados. Al terminar los treinta azotes, Leonor apenas respiraba y casi no podía moverse.

Isabela la contempló desde lo alto de las escaleras.

—Devuélvanla al Palacio del Silencio y manténganlo bajo vigilancia. Nadie entrará ni saldrá sin una orden escrita por mí. Cuando Su Majestad regrese, decidiremos su castigo definitivo.

Dos guardias se la llevaron a rastras fuera del palacio, dejando un rastro oscuro de sangre sobre el camino de piedra.

De regreso en la habitación lateral, fría y sombría, Clara limpió sus heridas y le aplicó ungüento entre sollozos.

—Mi señora, ¿por qué tuvo que provocar a la emperatriz?

Tendida boca abajo sobre el lecho duro, Leonor habló con la respiración entrecortada por el dolor, pero con absoluta claridad.

—Si no la enfurecía, ¿cómo iba a conseguir que quisiera deshacerse de mí cuanto antes?

Las manos de Clara se detuvieron.

—Dicen que basta con huir para empezar de nuevo… —Leonor sonrió con amargura—. Pero a mí no me basta. Irme no me devolverá a mis hijos ni reparará lo que me hicieron.

Cerró los ojos un momento para recuperar el aliento.

—Este palacio me enseñó que soportar los abusos solo da pie a otros nuevos. No voy a seguir perdonando a quienes me hacen daño. Tendrán que pagar por lo que me hicieron.

La noche cayó sobre el Palacio del Silencio. Cerca de la medianoche, el ala lateral se incendió. El viento alimentó las llamas y el fuego se extendió con rapidez hacia el edificio principal. Dentro de los muros estallaron gritos y llamadas de auxilio.

Clara había solicitado días antes la ayuda de los agentes de los Valdés, que habían preparado una vía de escape y permanecían cerca del recinto. Cuando estalló el incendio, aprovecharon la confusión para sacar a Leonor y a Clara sin pasar por la entrada vigilada. Nadie las vio salir, y en el palacio las dieron por muertas.

***

En el campamento de la Sierra Occidental, Alejandro estaba sentado dentro de su tienda y acariciaba un par de brazaletes de jade blanco. Un funcionario local se los había obsequiado el día anterior. La piedra era cálida al tacto y el tallado, exquisito. Desde el primer instante había pensado en Leonor: tenía las muñecas delgadas y la piel clara; le quedarían hermosos.

Nunca le había regalado una joya digna de ella.

Un general adjunto entró a toda prisa y se arrodilló.

—Majestad, acaba de llegar un informe urgente del palacio. Anoche se incendió el Palacio del Silencio. Dan por muertas a la consorte Leonor y a su doncella Clara.

Los brazaletes resbalaron de las manos de Alejandro, golpearon el suelo y se hicieron añicos.

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