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Capítulo 5

Penulis: Catalina Ramírez
—¿Qué está ocurriendo aquí?

La voz profunda y airada llegó desde la entrada. Alejandro estaba ante las puertas del palacio; acababa de salir de la reunión de la corte y ni siquiera se había cambiado las vestiduras ceremoniales. Su mirada pasó de Leonor, arrodillada en el suelo helado con la mejilla hinchada, a Isabela, cuyo rostro aún mostraba la ira. Frunció el ceño.

La expresión de Isabela cambió al instante. Con los ojos enrojecidos, se acercó a él y habló como si fuera la agraviada.

—Majestad, ¡mira cómo se comporta! Apenas intenté corregirla y sacó a relucir al gran canciller Valdés para intimidarme. Me contradijo a cada frase y no mostró el menor arrepentimiento. Perdí la paciencia y…

Alejandro observó la marca en la mejilla de Leonor. La hinchazón roja resaltaba sobre su piel pálida. Sintió una punzada aguda en el pecho; sin embargo, al ver las lágrimas de Isabela y recordar todo lo que había sufrido por él, incluida la pérdida de su capacidad de tener hijos, sofocó aquella punzada. No podía desacreditar a la emperatriz en público ni debilitar su autoridad.

—Leonor, ¿reconoces tu error? —preguntó con dureza—. Isabela está a cargo de los asuntos internos del palacio y tiene el deber de hacer respetar sus normas. La contradijiste, faltaste al respeto a tu superior y provocaste su ira. ¿Qué castigo crees merecer?

Leonor alzó los ojos lentamente. Miró a Alejandro sin rencor ni súplica; ya no esperaba nada de él.

Se inclinó hasta apoyar la frente en la piedra.

—Reconozco mi falta. Aceptaré cualquier castigo que Su Majestad y la emperatriz decidan imponerme.

A Alejandro le dolió la resignación con que Leonor aceptó el castigo. Recordó lo que ella había dicho la noche anterior: podía admitir más consortes. Una ira sin nombre volvió a encenderse en él.

Cerró los ojos y, cuando los abrió, ya había recuperado la indiferencia del soberano.

—Leonor se expresó de manera impropia y ofendió a la emperatriz. Desde hoy será trasladada al Palacio del Silencio, donde permanecerá recluida para reflexionar. No podrá salir sin una orden imperial.

El Palacio del Silencio se encontraba en el rincón más apartado del recinto imperial. Llevaba años deshabitado y era, en la práctica, un lugar de destierro. Un destello de satisfacción cruzó los ojos de Isabela.

Leonor inclinó la cabeza.

—Agradezco la clemencia de Su Majestad.

Alejandro contempló la figura postrada y una oleada de irritación lo invadió sin razón aparente. Con un gesto brusco, ordenó que prepararan su comitiva.

Cuando todos se alejaron, Leonor se levantó con lentitud. Un dolor punzante le atravesó las rodillas. Clara corrió a sostenerla, llorando sin poder contenerse.

—Mi señora, volvamos a sus aposentos…

—Sí. Recoge nuestras cosas. Nos trasladaremos.

El Palacio del Silencio estaba tan deteriorado como decían. La maleza invadía el patio y las telarañas cubrían las habitaciones. Clara dirigió a los sirvientes durante todo el día hasta dejar al menos un espacio habitable.

Esa noche le aplicó compresas en la mejilla. Leonor se miró en el espejo de bronce: la mitad del rostro estaba roja e hinchada y una costra de sangre cubría la comisura del labio. Su aspecto era miserable, pero su mirada permanecía extrañamente serena.

—Clara, ¿crees que he tolerado demasiado durante todos estos años?

Clara se quedó inmóvil.

—Mi padre me enseñó a responder con paciencia a la hostilidad y a anteponer el bien común. He soportado tres años: que me arrebataran a mis hijos, que me obligaran a arrodillarme en la nieve y, hoy, esta bofetada… —Leonor volvió el rostro hacia ella—. ¿Qué conseguí a cambio?

—Lo hizo por su padre, por la estabilidad del imperio.

—Por mi padre. Por la estabilidad —repitió, recorriendo con un dedo la superficie fría del espejo—. ¿Eso significa que debo pasarme la vida a merced de los demás? No pude proteger a mis propios hijos y ni siquiera el honor de mi padre está a salvo de sus insultos.

Retiró la mano.

—La tolerancia solo me ha traído humillaciones cada vez peores y pérdidas que nunca terminan.

Su expresión cambió. La resignación dio paso a una determinación fría.

—Trae el cofre de madera oscura.

Clara llevó el cofre desde el almacén. Dentro había algunos libros, un fajo de poemas y varios sellos. En el fondo descansaba una pintura enrollada.

Leonor la sacó y la extendió sobre la mesa. Mostraba a un joven general cabalgando sobre la nieve: Alejandro, el día de su regreso victorioso, tres años atrás. Lo había pintado la noche antes de entrar al palacio. Ahora, al contemplarlo, solo le parecía absurdo.

Se acercó al escritorio, preparó la tinta y escribió una frase sobre la pintura. Las letras eran tan pequeñas, escondidas en un pliegue de la ropa del retratado, que solo podían verse al observar con cuidado.

Sopló hasta secar la tinta, enrolló de nuevo la obra y se la entregó a Clara.

—Guárdala. Ten mucho cuidado de que no se manche ni se dañe.

La doncella la miró sin comprender.

—Consérvala bien —insistió Leonor, con los ojos puestos en la oscuridad del exterior—. Algún día nos será útil.

Aquella mirada hizo estremecer a Clara.

—Mi señora, ¿qué piensa hacer?

—Nada por ahora. ¿Cuándo partirá Su Majestad a inspeccionar las tropas de la Sierra Occidental?

—Dentro de tres días.

—Bien. Necesito que hagas algo por mí.

Esa misma noche, Leonor envió a Clara fuera del palacio en secreto.

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