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Capítulo 3

Autor: Noorie
La puerta principal se abrió con un chasquido a las siete de la noche en punto.

Me quedé sentada en la penumbra de la sala, con un libro abierto en el regazo del que no había leído una sola palabra. Salí de su despacho hace unos minutos y me froté las yemas de los dedos para borrar el tacto de su escritorio. Sin embargo, las imágenes de Maya con mi bata de seda seguían grabadas a fuego en mis retinas, tan vívidas que la sola visión de nuestra habitación me producía asco.

—¿Elena? Cariño, ¿por qué estás sentada a oscuras?

La voz de Ethan sonaba como el terciopelo, suave y reconfortante. Caminó hacia mí y se quitó la chaqueta color carbón con una elegancia cansada. Tenía todo el aspecto de un marido devoto y trabajador. Pero al inclinarse para besarme la frente, el aire a su alrededor cambió.

En el pasado habría aspirado su aroma para encontrar refugio en esa fragancia. Ahora, la piel se me erizaba. Bajo la estela habitual de su colonia costosa y el ligero olor a oficina, se escondía algo más. Un dulzor floral y empalagoso:

¡El perfume de Maya!

—Te ves pálida —observó él, mientras su pulgar delineaba mi pómulo con una ternura que me provocaba ganas de gritar—. ¿Te sientes bien? ¿Comiste algo hoy?

—Solo estoy cansada, Ethan —logré articular, con una voz que sonaba hueca hasta para mis propios oídos.

—¿Es por el resultado de la prueba? —susurró, atrayéndome hacia su pecho en un abrazo—. No te angusties si salió negativa. Lo intentaremos de nuevo.

Él asumió que mi tristeza se debía a otro intento fallido por concebir y me consoló como era su costumbre. Jamás me presionaba.

Mi rostro estaba aplastado contra su pecho, justo donde latía su corazón, con un ritmo firme y sereno. ¿Cómo era posible que un hombre con un latido tan normal fuera semejante monstruo?

Mientras me abrazaba, centré la mirada en el cuello de su camisa. Allí, enredado en la costura de forma casi imperceptible, descansaba un pelo largo y rubio platinado. No era mío. Mi cabello era oscuro, un contraste que, según decía, le fascinaba. Me quedé observando aquel mechón, un diminuto hilo de plata que lo ataba a sus mentiras.

—Te extrañé mucho hoy —murmuró contra mi cabello—. Las reuniones fueron eternas. Lo único que deseaba era volver a casa con mi hermosa esposa.

A duras penas me contuve de abofetear a ese hombre que mentía con tanta facilidad. Sus mensajes de texto seguían frescos en mi memoria.

—Hoy salieron las fotos de la gala —comenté de pronto, para probar el filo de la cuchilla—. La del mes pasado. Dijiste que estuviste en reuniones toda la noche, pero la empresa publicó unas fotos espontáneas de los directivos en el balcón.

Sentí que su corazón daba un vuelco, un solo latido irregular, pero su compostura física era de una perfección perturbadora. No se apartó. Se limitó a abrazarme con un poco más de fuerza.

—¿Ah, sí? Debí salir a tomar algo de aire entre las sesiones —adujo con suma tranquilidad—. Ya sabes lo sofocantes que se vuelven esas salas. Seguro ni me di cuenta de los fotógrafos.

Se separó un poco y esbozó aquella sonrisa apasionada, esa misma que ahora yo sabía que era una farsa.

—Maya también estaba allí, casi pegada a ti —proferí, sin apartar la mirada de sus ojos.

Su sonrisa vaciló un instante antes de recuperar el temple.

—Es mi secretaria. Asisto a todas mis reuniones importantes con ella. No puedes confiar en los ángulos de la cámara, cariño. Seguro me susurraba algo que no podía decir en voz alta —argumentó.

Me atrajo de nuevo hacia sus brazos e intentó bromear:

—¿Qué pasa? ¿Acaso mi esposa está celosa?

—¿Debería estarlo? —inquirí con las cejas en alto—. Siempre estás con ella. ¿Debería preocuparme?

Su expresión se volvió solemne. Me miró a los ojos con gran intensidad y sentenció con firmeza:

—¡Por supuesto que no! Nadie puede ocupar el lugar de la señora Morgan, excepto tú. ¿Eso es suficiente para que te sientas mejor?

Acto seguido, se llevó la mano al bolsillo y sacó una cajita de terciopelo.

—Esta es una reliquia de mi familia. Elegí este día para entregártela porque, en mi corazón, nadie puede reemplazarte, Elena. Tú fuiste, eres y serás la única señora Morgan y quien le dará el heredero a nuestra estirpe.

La abrí. En su interior reposaba una pulsera de diamantes que pasaba de generación en generación en la familia Morgan, fría y resplandeciente. Una semana atrás, su detalle me habría conmovido hasta las lágrimas. Aquel día lo veía como lo que en verdad era: dinero para comprar mi silencio. Un soborno para mantener callada y cegada por el brillo a su esposa ignorante.

—Es hermosa —declaré, con una voz tan afilada y gélida como los propios diamantes.

—Solo lo mejor para ti, Elena —replicó él, en dirección a las escaleras—. Voy a darme una ducha. ¿Por qué no nos sirves un poco de vino? Deberíamos celebrarnos... a nosotros.

—Ethan... —lo llamé por la espalda, con la intención de ponerlo a prueba una última vez.

—¿Sí? —contestó.

—El próximo fin de semana estaré ovulando. Además, es mi cumpleaños. ¿Por qué no vamos al lugar que visitamos en nuestra luna de miel y lo intentamos de nuevo? —propuse.

Elegí esa fecha y ese lugar a propósito, pues había leído sus planes de llevarse a Maya a otro sitio para divertirse.

El color abandonó su rostro. Parecía un tanto incómodo y el entusiasmo previo se desvaneció de sus facciones. Pero muy pronto, esbozó una sonrisa y concedió:

—De acuerdo, hagamos lo que desees.

Lo vi alejarse. Apenas se perdió de mi vista, abrí la aplicación fantasma en el teléfono para vigilar su chat con Maya en vivo. Él le escribió a toda prisa.

Ethan: ¡Cambio de planes! No podré llevarte a Italia el próximo fin de semana. Tengo planes con Elena en París.

Maya: ¡Tienes que estar bromeando! ¿De verdad vas a cancelar nuestra diversión para estar con ese culo aburrido?

Ethan: ¡De ninguna manera! Reservaré otra habitación en un hotel cercano. Le inventaré alguna excusa y por la noche iré a verte. Nos vamos a divertir, cariño.

Maya: ¡Ay, papi! Casi pienso que malgasté mi dinero comprando pantis nuevos y juguetes para ti.

Ethan: ¡Ya me estás excitando! No olvides llevar tu lencería roja. Es mi favorita.

Cerré la aplicación de inmediato. No podía soportar más aquella conversación absurda.

Le di una última oportunidad para elegir quién era más importante en su vida. Y acababa de demostrarlo.

Ya no más. Mi paciencia se agotó por completo. Él no merecía mis lágrimas, ni a mi hijo, ni mi amor. Nada.
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Último capítulo

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