로그인Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
더 보기Después de ocuparse de Alberto, Elba no fue al hospital ni volvió a su departamento.En cambio, condujo hasta la casa que alguna vez fue nuestra.En el pasillo, varias luces estaban fundidas y todo quedaba sumido en una penumbra grisácea.Cuando sacó las llaves para abrir la puerta, su mano se detuvo un instante.Hacía cinco años que no volvía a usar ese llavero y, aun así, la llave seguía encajando en la cerradura.Con un clic seco, la puerta se abrió.Dentro, el polvo se acumulaba en una capa todavía más espesa de lo que ella había imaginado. Bastaba con una corriente de aire para levantar una nube grisácea que quedaba flotando en el ambiente.La luz del sol entraba por la ventana cubierta de mugre, y en el haz se veían incontables motas suspendidas en el aire.Ella se quedó parada en la entrada. Ni siquiera se atrevía a seguir avanzando con los tacones, como si temiera perturbar algo.Yo flotaba en medio de la sala, observándola avanzar poco a poco.Su mirada se posó en el sofá.Ese
Después de aquel día, Elba se encerró en su oficina y pasó dos días y dos noches sin pegar ojo.Sobre el escritorio se acumulaban montones de documentos, todos relacionados con Alberto.Había registros de las ocasiones en que había alterado historiales médicos años atrás; facturas de los equipos importados que había comprado desviando fondos del hospital; y también los reportes de la cirugía vinculada a aquel último caso de negligencia médica, en los que quedaba claro que había cometido irregularidades durante el procedimiento.El celular no dejaba de vibrar sobre la mesa. En la pantalla, el nombre de Alberto se encendía y se apagaba una y otra vez.Era evidente que Alberto no había tomado en serio la advertencia que Elba le había dado aquel día, porque sus mensajes eran cada vez más desesperados:"Elba, ¿dónde estás?""La policía ya revisó las cámaras del quirófano, ¡haz algo!""Sé que me equivoqué, no me dejes solo con esto."Elba tomó el celular y, sin siquiera mirar bien la pantall
Elba lloró en la cafetería durante muchísimo tiempo. Solo cuando se le acabaron las lágrimas se puso de pie, con los ojos hinchados y enrojecidos.Salió tambaleándose hasta la puerta. En cuanto el viento frío le golpeó el rostro, se estremeció.Yo la seguí afuera y la vi quedarse junto a la acera, quieta, como un alma en pena que no sabía adónde ir.Pasó un buen rato antes de que sacara el celular.Sus dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla durante un largo momento, pero al final llamó a Alberto.—¿Elba? —se oyó la voz de Alberto al otro lado de la línea, con una preocupación fingida—. ¿Dónde estás? Llevo rato buscándote.Elba respiró hondo. Tenía la voz tan ronca que casi no sonaba como la suya.—Ven. Tenemos que hablar.—¿Hablar de qué? ¿Ya hay noticias de Antonio?—Ven y lo sabrás.Elba no esperó su respuesta. En cuanto terminó de hablar, colgó.Luego fue a sentarse en un banco del parque y se quedó mirando las hojas caídas en el suelo, perdida en sus pensamientos.Yo flota
No sé cómo describir la expresión de Elba en el instante en que vio ese mensaje. Solo sentí que, de golpe, era como si le hubieran arrancado el alma.Ni siquiera se acordó de su bolso; se dio la vuelta y salió corriendo.Los tacones le repiqueteaban sin compás en el pasillo, y ella iba tropezando a cada paso. Varias veces estuvo a punto de torcerse el tobillo.Ya dentro del auto, una lágrima cayó con un golpecito seco sobre el volante. Después vinieron más, una tras otra, hasta convertirse en un hilo continuo.Con una mano se limpiaba la cara y con la otra maniobraba el volante casi a ciegas, hasta estar a punto de estrellarse contra la barrera de contención del camino.—No puede ser… Antonio no puede estar muerto… Él siempre podía con todo, siempre salía adelante…Yo flotaba sobre el asiento del copiloto y volví la vista hacia ella. Miré esos ojos rojos de tanto llorar. Esos mismos ojos que, cuando me despidieron del hospital, me miraron con puro desprecio.Los mismos que, cuando me a












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