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Capítulo 2

Author: Noorie
Más tarde, al volver a casa, esa lujosa villa que Ethan diseñó para mí con piezas exquisitas de todo el mundo antes de regalármela el día de nuestra boda, el lugar me pareció una jaula. Observé nuestra foto nupcial colgada en la sala. Él se veía feliz en la imagen, pero su sonrisa no irradiaba la pasión que le vi en el rostro al estar con Maya.

No subí a mi alcoba. En su lugar, entré a su despacho. La contraseña seguía siendo la fecha de nuestra boda, un falso alarde de su amor por mí. Aunque conocía la clave, jamás puse un pie en esa habitación para no perturbar su paz y privacidad.

¡Quién diría que solo era una esposa ignorante, cegada por el amor!

El ratón de la computadora se sentía frío y pesado en mi mano, un duro contraste con el fuego que se expandía por mi pecho. La pantalla cobró vida. El fondo, una foto espontánea de ambos riendo en nuestra luna de miel en Santorini, parecía una broma macabra.

No tuve que indagar mucho. Ethan, siempre el depredador seguro de sí mismo, ni siquiera se molestó en ocultar su infidelidad. En la barra de tareas descansaba una ventana minimizada. Era una aplicación de mensajería que nunca le vi usar en el teléfono.

Hice clic.

La pantalla se inundó de inmediato con burbujas verdes y grises. El nombre del contacto era solo «M», pero la foto de perfil resultaba inconfundible. Era Maya, envuelta en la bata de seda que compré para nuestro aniversario. Descansaba en nuestra cama mientras yo estaba fuera visitando a mi madre enferma.

Ni siquiera respetó nuestra habitación y la mancilló con su infidelidad al dejar que ella usara mi ropa.

Estuve a punto de vomitar al imaginarlos en mi cama, burlándose de mí. Pero debía continuar. Subí en el historial con los ojos irritados. Mi mirada se fijó en la conversación:

Ethan: Aún percibo tu perfume en las sábanas. Mi esposa vuelve en una hora, pero solo puedo pensar en cómo te veías bajo la luz de la luna anoche.

Maya: ¿Sigue en su papel de la pequeñita y devota ama de casa? ¿No se aburre?

Ethan: Es un fantasma en esta casa, Maya. Una necesidad para las apariencias, pero una carga a puertas cerradas. Solo tú me haces sentir vivo.

Le hablaba con un hambre voraz y desesperada que no sentía de su parte desde hacía años. Mientras yo elegía con esmero las cortinas de su despacho o guardaba silencio para que él pudiera «enfocarse en el trabajo», él escribía descripciones explícitas de lo que deseaba hacerle a Maya en las mismas habitaciones que yo limpiaba.

Entonces encontré la carpeta oculta. No tenía clave. ¿Para qué molestarse? Me creía en extremo ignorante como para pisar ese lugar.

Pasé las fotos. Cada una era un cuchillo de sierra directo a mi corazón:

Una imagen de la gala del mes pasado. Recordé esa noche. Lo esperé hasta las tres de la madrugada con su té favorito porque dijo estar atrapado en una reunión nocturna con la junta directiva. En la foto, Maya lo acorralaba contra la barandilla de un balcón y él enredaba las manos en su cabello con una ferocidad que jamás me mostró.

Luego vi una serie de imágenes de sus «viajes de negocios». No estaban en una sala de juntas. Estaban en un yate privado. En cada toma, los ojos de Ethan brillaban, consumidos por ella en su totalidad.

Vi fechas y horas que coincidían con las noches en que lo llamé envuelta en lágrimas porque me sentía sola. Vi sus respuestas a mis mensajes: «Ocupado, no me esperes», enviadas minutos después de tomarse una selfi con Maya besándole el cuello.

Miré la foto de la boda en el pasillo a través de la puerta abierta y volví a la pantalla. El Ethan del monitor era un extraño, un hombre capaz de llevar a cabo una pasión profunda e ilícita que me negó a propósito. Yo no era solo una esposa a la que dejó de amar. Era un accesorio que usaba para mantener su imagen de hombre estable y exitoso.

El impacto desapareció. En su lugar surgió una revelación gélida y cristalina. Tomé el teléfono del escritorio y marqué a la doctora Smith.

—Doctora, le ruego que no le mencione mi embarazo a Ethan —dije apenas descolgó.

—¿Cómo? —repuso ella, asombrada—. El señor Morgan anhela un heredero, señora Morgan. Ha esperado cinco años. ¿De verdad quiere mantener esta noticia en secreto?

—Deme dos semanas, doctora. Le preparo una sorpresa —aseguré con un tono cortante y frío.

—Ah, ya entiendo —respondió—. No voy a arruinarlo entonces.

Colgué. En efecto, planeaba una sorpresa.

En quince días estaría lejos de su alcance. Y ese heredero que tanto deseaba... bueno, jamás logrará conocerlo. Él no lo merece.
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