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Capítulo 6

Author: KarenW
POV de Adrianna

Él dio un paso al frente y me agarró de la muñeca.

—Vete. Antes de que Don Conti te vea.

Bianca lo detuvo.

—Yo la invité.

—Nena...

En ese momento, Bianca gritó.

—¡Ay... mi anillo!

De pronto, su mano estaba vacía.

—Lo habré dejado en el baño. —Miró hacia el lado por donde yo acababa de venir y luego volvió a mirarme—. Adrianna... ¿no estabas tú en el baño hace un momento?

Les hizo una seña a dos hombres para que revisaran el lugar; cuando volvieron unos minutos después negando con la cabeza, se volteó hacia mí, me apretó la muñeca con más fuerza y me jaló bruscamente hacia su cuerpo.

—¿Dónde está? Sácalo ya mismo. Esta es la mansión de los Conti, no el casino. No podemos permitirnos molestar a Don Conti.

Bianca abrió mucho los ojos y puso una cara dulce e inocente. El mismo teatro. ¿Es que nunca se cansaba? Aproveché el momento y me zafé de su agarre.

—No lo tengo.

Apretó la mandíbula. Bajó la voz; apenas se contenía.

—Sácalo. Ya.

—Dije que no lo tomé.

Un grupo de chicas dio un paso al frente y de inmediato reconocí sus rostros por las fotos que Bianca publicaba en internet. Una de ellas, con un gesto de desprecio, se tapó la nariz.

—Parece que nuestra bondadosa Bianca trajo una ratita.

—¿Ratita? —se burló otra, mirándome de arriba a abajo—. Más bien una perra callejera. Miren ese vestido barato.

Se rieron. Una de ellas ladeó la cabeza.

—Me dijeron que eres huérfana.

Se inclinó hacia Bianca.

—Eres demasiado buena. La gente así se cría robando. A estas alturas, seguro ya le sale natural.

—Sin padres que les enseñen modales —añadió otra, como si nada.

Cada vez hablaban con más crueldad.

—¿Necesitas que llame a un médico para que te revise el oído? Ya dije que no lo tengo. ¿No me escuchaste?

Las sonrisas se les borraron.

—¿Qué acabas de decir?

—¿Por qué tendríamos que creerte? —saltó una de ellas—. Yo que tú, la registraría. Seguro lo tiene escondido.

—Sí, desvístanla para ver dónde lo ocultó.

Dos de sus amigas se adelantaron, listas para sujetarme. Detrás de ellas, Bianca parpadeó despacio y habló con voz tranquila, casi gentil.

—Adrianna... siempre te consideré una amiga. Hasta te perdoné que me empujaras el otro día. —Suspiró—. Ese anillo lo es todo para mí. Es el símbolo del amor de Marco. Si te gustan las joyas, puedo darte cualquier otra cosa, pero ese anillo...

Me buscó la mirada.

—¿Me lo devuelves, por favor?

Cuanto más dulce sonaba, más claro era que estaba montando un espectáculo, como si me estuviera “protegiendo”. Una chica a su lado estalló:

—Estás celosa porque Bianca lo tiene todo y tú no eres más que una huérfana patética.

Marco no las detuvo ni me defendió. Se limitó a mirarme.

—Te lo voy a preguntar una última vez, Adrianna —dijo con dureza—. ¿Lo robaste o no?

—Si te digo que no... ¿me vas a creer? —Lo miré a los ojos.

Él dudó, apenas un segundo, y luego apartó la vista.

—Ese día en el casino ya estabas celosa de Bianca. Hasta la empujaste. ¿Ya desde entonces pensabas robarte el anillo?

Entonces remató:

—¿Cuándo te volviste tan miserable?

—Marco —intervino una de las chicas—, ya basta de tanta charla. Regístrala y punto. Eso lo va a demostrar todo.

—Sí, ¡haz que lo saque!

—¿Todavía vas a fingir? ¿Después de robarle el anillo a Bianca?

Me rodearon.

—Adrianna, esta es tu última oportunidad —dijo él con dureza—. Devuélvelo. No me hagas olvidar lo que alguna vez tuvimos.

Tomé una botella de la mesa más cercana y la rompí; el vidrio se hizo añicos en mi mano. Levanté el filo dentado hacia ellas.

—Si me tocan, todas se van a arrepentir.

Algunas retrocedieron, pero dos todavía parecían dispuestas a intentarlo. Antes de que pudiera reaccionar, alguien me empujó por detrás. Trastabillé y choqué de espaldas contra la mesa. Los fragmentos de vidrio se me clavaron en las manos y una punzada de dolor me atravesó.

El bolso se me resbaló de la mano y cayó al suelo; de inmediato, se abalanzaron sobre él para vaciar su contenido. Fue entonces cuando alguien gritó:

—¡Ahí está! ¡Lo robó, ahí tienen la prueba!

Marco se puso serio.

—Y todavía tenías el descaro de negar que lo robaste, Adrianna. ¿No te dije que acabaras con esta farsa?

—¡No fui yo! —repliqué. No tenía idea de cómo había terminado ese anillo en mi bolso.

Me agarró del brazo y me arrastró hasta la puerta.

—Te vas ahora mismo. Bianca te invitó por pura amabilidad, así que no mereces estar aquí.

Traté de soltarme, pero él me apretó más fuerte. En ese momento, una voz fría e imperiosa resonó en el patio.

—¿Quién se atreve a insultar a mi hija?

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