LOGIN—Si no lo veo, no lo creo... —La voz de Lale era apenas un susurro al otro lado de la línea.
—¿Dónde lo viste? —preguntó Melani, manteniendo la mirada fija en su hija y su esposo. —Oh... No podemos hablar de esto por teléfono. ¿Podemos vernos en el club privado? —Imposible. Acompañaré a mi suegra a la cena de esta noche. —¡Ah, perfecto! Yo también estoy invitada. No pensaba ir, pero ahora me parece la mejor excusa. —Nos vemos allá —dijo Melani y colgó antes de volver a la habitación. —Terminaré de arreglarme —anunció Elif, dejando a sus padres a solas. —No me dijiste nada —comentó Aras acercándose a su esposa. —No estaba en los planes, pero tu madre insistió. ¿Acaso tengo opción? —Si no te gusta, no lo hagas. —Lo hago por Elif, pero tú y yo tenemos que hablar. —Lo de esta mañana... también tenemos que hablarlo —replicó Aras, aflojándose la corbata. Melani se mordió el labio inferior, pero finalmente asintió. —Bien. Aras no entró a la ducha; en su lugar, se sirvió un vaso de bourbon y se limitó a observarla. La imagen del joven Von Seidl y los movimientos de la mañana continuaban rondando su mente sin saber exactamente a qué juego se enfrentaba. —Es posible que esta noche te cruces con la esposa del ministro de Industria —comentó él. Melani giró la cabeza sin captar del todo el propósito del comentario, recordando lo que su suegra había mencionado minutos atrás: «Hay damas respetadas que quieren conocer a mi nieta». «¿Será una de ellas?», pensó. —Aunque oficialmente están en la ciudad por agenda de Estado, creo que hay algo más —añadió Aras. Lo que su esposo le pedía, sin duda, era cazar información; datos confidenciales que solo entre las mujeres de la alta sociedad se ventilaban por puro orgullo y vanidad. —Entiendo —respondió ella, continuando con su maquillaje. En la planta baja, Boran jugaba muy entretenido en su tablet, hasta que vio bajar a su hermana por las escaleras. —Elif, ¿acaso te invitaron a Miss Turquía? —bromeó chasqueando la lengua. —¿Es mucha belleza para ti, Boran Bey? ¿Temes que eclipse a Eda Öztürk? —¡Shhh! —se levantó de golpe y le tapó la boca a su hermana—. ¿Estás loca? —¡No me toques! —reclamó Elif, conteniendo la risa. —¡Papá podría escucharte! —advirtió el joven, quien con apenas catorce años ya casi alcanzaba la altura de su hermana. —¡Eres un cobarde! —siseó Elif entre dientes. —¿Qué tanto murmuran? —interrumpió Fatma apareciendo en el salón. Boran soltó a su hermana de inmediato y le dedicó una amplia sonrisa a su abuela. —Abuela, le estaba diciendo a mi hermana que, con esa facha, es capaz de resucitar al mismísimo sultán Suleimán. La matriarca no pudo evitar una carcajada ante la ocurrencia de su nieto. —No es culpa de tu hermana poseer la belleza de nuestras raíces. Elif quiso replicarle a su hermano, pero al ver a sus padres bajar por los escalones prefirió guardar silencio. —Madre, si necesitas retirarte antes, solo avísale al capitán —ordenó Aras con tono respetuoso. La matriarca asintió complacida; Aras continuaba siendo un hijo ejemplar. Tras unos segundos, Bahar se unió al grupo. —Estoy lista —informó con una sonrisa que no alcanzaba a tocarle los ojos. —Tía Bahar, tú también estás hermosa —el cumplido de Boran fue como un bálsamo para la mujer, a quien se le empañaron los ojos por un instante. —No perdamos el tiempo o se nos va a arruinar el maquillaje a todas —intervino Fatma, dando la orden de marcha. A orillas del Bósforo, en la zona exclusiva de Yeniköy, el histórico Sait Halim Paşa Yalısı lucía imponente bajo los reflectores de seguridad y la iluminación cálida de sus salones. La casona imperial del siglo XIX, famosa por sus imponentes leones de piedra frente al agua y sus techos de pan de oro, abría sus puertas para la gala benéfica y cena de protocolo de la alta sociedad. El flujo de llegada era una exhibición descarada de estatus, poder y vanidad. Por la entrada terrestre, sobre la avenida Köybaşı, una fila incesante de sedanes de lujo y camionetas blindadas desembarcaba a las damas de la élite estambulí con sus chóferes particulares. Muchas venían acompañadas por sus jóvenes herederas, aprovechando la noche para introducir formalmente a las hijas de los clanes más poderosos en los círculos de la alta aristocracia. La presencia confirmada de la esposa del Ministro de Industria elevaba la importancia del evento a un asunto de estricta diplomacia corporativa. Al mismo tiempo, la travesía marítima ofrecía una llegada mucho más relajada. Desde el muelle privado de la propiedad, elegantes embarcaciones atracaban contra los pilotes de madera. Entre ellas, el yate de la familia Köksal completó suavemente su travesía desde la costa de Kanlıca. La matriarca Fatma Köksal, la nuera Bahar Aksoy, Melani y Elif descendieron con la distinción habitual, siendo recibidas por el personal de protocolo del palacio. Mientras tanto, en Zekeriyaköy, la atmósfera en la villa privada de Ciro Von Seidl era de una serenidad absoluta. En su despacho, Ciro revisaba los últimos detalles de la segunda reunión que sostendría con el Ministro de Industria. La presencia de la esposa del ministro en el Sait Halim Paşa servía como la coartada social perfecta mientras su esposo cerraba acuerdos estratégicos lejos de los micrófonos de la prensa. Walter entró en la oficina con una carpeta fina en la mano y se detuvo a una distancia respetuosa. —Señor Von Seidl, el recinto en Yeniköy es seguro —informó con voz neutra—. Las damas de la alta sociedad están ingresando. La esposa del ministro ya se encuentra en el lugar. Ciro no desvió la vista de los documentos, pero su voz cortó el aire: —¿Y los Köksal? Walter comprendió al instante la verdadera intención tras la pregunta. Sabía perfectamente que el interés de su jefe no residía en el apellido en general, sino en la mujer que encabezaba la lista de sus objetivos personales. —Solo se esperaba la asistencia de la matriarca, la señora Fatma Köksal, y de su nuera Bahar Köksal —respondió Walter con precisión—. La señora Melani casi nunca asiste a esta clase de compromisos sociales. Ciro cerró la carpeta con un movimiento pausado y alzó la mirada. —Perfecto. Si la matriarca está presente, es suficiente. Sin embargo, el informe de Walter tenía un margen de error impredecible: el cambio de decisión a última hora en la mansión Köksal.El aroma de perfumes de nicho y flores frescas invadía el Gran Salón como una sofisticada bienvenida. Con paso firme y barbilla en alto, Fatma guio a las mujeres de la familia hacia la mesa reservada para el clan Köksal. Nevin Şahin, la esposa del Ministro de Industria, todavía no hacía acto de presencia, pero las damas de la élite ocupaban sus lugares desplegando sonrisas ensayadas y miradas calculadoras. —¡Fatma Hanım! —interrumpió un grupo de señoras, cortándoles el paso antes de que tomaran asiento. —Queridas señoras, ¿están disfrutando de la velada? —saludó Fatma, manteniendo la calidez fingida que exigía el protocolo. —Excelente. Aunque notamos que hoy viene más acompañada de lo habitual —comentó una de ellas, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿No será que ya evalúa retirarse y delegar todo este peso en su nuera? Fatma esbozó una sonrisa helada, detectando de inmediato el dardo envenenado. —Todo a su debido tiempo —respondió sin perder la compostura—. Mi nuera
—Si no lo veo, no lo creo... —La voz de Lale era apenas un susurro al otro lado de la línea. —¿Dónde lo viste? —preguntó Melani, manteniendo la mirada fija en su hija y su esposo. —Oh... No podemos hablar de esto por teléfono. ¿Podemos vernos en el club privado? —Imposible. Acompañaré a mi suegra a la cena de esta noche. —¡Ah, perfecto! Yo también estoy invitada. No pensaba ir, pero ahora me parece la mejor excusa. —Nos vemos allá —dijo Melani y colgó antes de volver a la habitación. —Terminaré de arreglarme —anunció Elif, dejando a sus padres a solas. —No me dijiste nada —comentó Aras acercándose a su esposa. —No estaba en los planes, pero tu madre insistió. ¿Acaso tengo opción? —Si no te gusta, no lo hagas. —Lo hago por Elif, pero tú y yo tenemos que hablar. —Lo de esta mañana... también tenemos que hablarlo —replicó Aras, aflojándose la corbata. Melani se mordió el labio inferior, pero finalmente asintió. —Bien. Aras no entró a la ducha; e
—¿Qué estás viendo? —interrumpió Arkan acercándose a la mesa. —Si no estoy equivocada, el hombre con quien te reuniste es... ¿un Von Seidl? —fue directa. Arkan desvió la mirada hacia el embarcadero y respondió: —Tienes buen ojo. —¡Arkan! —Así es, es el hijo de Diego Von Seidl. —¿Por qué te buscó? ¿No tiene tratos ya con los Köksal? —Los tiene, pero está buscando nuevas alianzas. —No me digas que... —Mujer, estás haciendo demasiadas preguntas —la detuvo Arkan, conociendo bien a su esposa—. Es confidencial. —Solo creo que estás entrando en un conflicto innecesario —insistió Lale. —Que conste que fue él quien me buscó. Lale no pudo quedarse con las dudas y continuó haciendo preguntas sutiles sobre el joven, mientras su esposo revisaba unos documentos. —Si no estuvieras casada conmigo, creería que estás interesada en él —la atrapó desprevenida Arkan, cerrando la carpeta con un golpe seco. —¿Yo? —se hizo la ofendida, negando rápidamente con la cab
En el distrito de Sarıyer, en la zona de Zekeriyaköy, no era nada nuevo ver a familias de la alta sociedad pasar sus vacaciones en sus fincas o villas. Propiedades que podían estar completamente deshabitadas por meses y cobrar vida en ciertas estaciones del año. Ciro, que había regresado del aeropuerto, descansaba en el jardín de su villa privada escuchando el sonido del bosque que lo rodeaba, repitiendo una y otra vez en su memoria el ligero temblor de su objetivo. —No tienes ni idea de lo que te espera —murmuró a la nada con un tono peligroso. —¡Walter! —Sí, señor. —Informa a Öztürk que tengo treinta minutos para escuchar su propuesta. The Grand Tarabya Hotel, 2:00 p. m. —Enseguida. —¿Paul? —A su orden. —Que la lancha rápida esté lista para mi retorno. —Entendido. No había tiempo que perder, sino hilos que mover. En el distrito de Maslak, Arkan vio su teléfono vibrar y el número que figuraba en la pantalla. Dejó que sonara un segundo más y atendió.
A varios kilómetros del centro financiero, la dinámica dentro del auto era completamente diferente. Elif no dejaba de mover sus piernas cruzadas, debatiéndose entre preguntarle a su madre por aquel hombre o soltar de una vez el resultado de su examen para aplicar por una carrera no convencional en un área diferente. —Mamá —tanteó el terreno un poco nerviosa, bajando el volumen de la música. —Dime —respondió Melani. —No creo que estudiar finanzas realmente sea para mí. Su madre escuchó, apenas se giró para verla y no dijo nada; esperó a que continuara. —Digo... no soy tonta. Papá está preparando a mi hermano para asumir la empresa en el futuro, ¿y qué hay de mí? Me hace estudiar una carrera que al final no voy a poder ejercer. Mi abuela también lo dice... —Elif —interrumpió Melani, aparcando el auto frente a una tienda de moda y dándole toda su atención—, ¿qué es lo que te preocupa realmente? ¿Quieres que tu padre te nombre a ti como su sucesora? —Es lo que me cor
No hubo palabras. Ni un saludo, ni un gesto de cortesía corporativa. Ciro no era de improvisar; optó por lo único seguro: desvió la mirada y continuó su camino hacia el ascensor privado sin mirar atrás. Su mente era un torbellino de desconcierto; necesitaba desaparecer de ahí antes de que esa variable imprevista terminara de dinamitar sus planes. A pocos metros, Elif se quedó completamente paralizada. El impacto de tener frente a frente a ese joven de ojos azules —un depredador con una belleza tan oscura como magnética— la dejó sin aliento. El hecho de que él la hubiera ignorado por completo, pasando de largo como si fuera una sombra molesta, lejos de repelerla, encendió una chispa de curiosidad rabiosa y desconcierto. ¿Quién demonios se creía para ignorarla de esa manera? Antes de que pudiera procesar la avalancha de sensaciones, el eco de unos pasos pesados resonando por el pasillo la sacó del trance. Creyendo que se trataba de su padre y temiendo una reprimenda por seguir vag







