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Ils supplient pour une chance qu'ils ont déjà manquée

Ils supplient pour une chance qu'ils ont déjà manquée

By:  ChuuuCompleted
Language: French
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J'étais considérée comme la princesse par tous les membres de la meute. Mais à l'anniversaire de mes 18 ans, mon père Alpha a adopté une fille à l'orphelinat, Kelly. C'est à ce moment que mon monde a été entièrement remué. Mon grand frère commence à la chérir et me détester. Mon fiancé commence à la protéger et m'ignorer. Même mon père dit qu'elle est douce et gentille, mille fois meilleure que moi, sa fille biologique. Le jour de la mise des diplômes, après qu'ils m'aient abandonnée encore une fois, je ne peux pas m'empêcher de leur demander : « Et moi, je ne suis pas un membre de votre famille ? » Le cœur de mon père s'est attendri, mais pour Kelly. Il cache Kelly, les yeux remplis de larmes, derrière lui et me gifle de toutes ses forces. « Quelle avarice. J'aurais préféré ne pas t'avoir donné naissance. » Mon frère ajoute. « Rien que l'idée de t'avoir comme sœur me dégoûte. Casse-toi de chez nous ! » Je ne dis rien. Je fais mes affaires et je pars. Ils pensaient qu'en m'ignorant comme d'habitude, je me guérirais dans mon coin et reviendrais comme si de rien n'était. Mais ils ne le savent pas encore, je ne reviendrai pas. Je compose le numéro de ma mère pour aller vivre à sa meute, loin de celle de mon père. Puisqu'ils ne veulent pas de moi, et bien, je disparaîtrai de leur monde tel qu'ils le souhaitent. Mais pourquoi en découvrant mon départ sans retour, ils viennent me supplier pour avoir une chance de me chérir ?

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Chapter 1

Chapitre 1

C1- NACIÓ MUERTO.

—¡Ya viene, Luna, ya viene! —dijo la sanadora—. El cachorro ya pronto estará en tus brazos. ¡Puja, puja con todas tus fuerzas!

Odette obedeció. Su cuerpo, tembloroso y empapado en sudor, jadeaba mientras otra ola de dolor la atravesaba. Apretó los dientes, sus manos se aferraron con fuerza a las sábanas empapadas y dejó que su cuerpo se desgarrara desde dentro. De repente, llegó el alivio. Y con él, un vacío abrumador.

—Ya está —anunció la sanadora. Pero su tono no era de triunfo, sino de tristeza.

Odette levantó la mirada, con los labios temblorosos.

—No escucho llanto. No escucho nada. ¿Cómo está? —preguntó, apenas sosteniendo sus palabras—. ¿Por qué no llora? ¡¿Por qué no lo escucho?!

La sanadora no respondió al instante. Miró al pequeño cuerpo inerte en sus brazos y luego a ella. Sus ojos lo dijeron todo antes de que hablara.

—Fue un niño, Luna... pero... nació muerto.

Odette parpadeó, como si no pudiera procesar las palabras.

—No... —susurró, su voz quebrándose—. No puede haber nacido muerto. ¡No puede!

No era la primera vez. Tres veces. Tres veces había sentido la vida crecer dentro de ella, solo para ser arrebatada por un destino cruel. Tres veces había visto la esperanza convertirse en cenizas.

—Lo siento, Luna —dijo la sanadora, con un tono quebrado—. Es el destino de la Diosa.

—¡¿El destino de la Diosa?! —gritó Odette, su voz estallando en la habitación como un trueno cargado de furia y dolor—. ¡Malditos sean los dioses! ¡Malditos sean por quitarme lo que más deseo! ¡Malditos sean por arrancarme a mis hijos una y otra vez!

—¡No diga eso! —exclamó otra sanadora más joven, llevándose una mano a la boca, horrorizada—. ¡Los dioses se enojarán!

Pero Odette no la escuchó.

No podía.

Ella solo podía llorar, desconsolada, mientras el vacío en su pecho crecía como un agujero negro. Entonces, la puerta se abrió de golpe.

Era Ragnar, el Alfa de la Manada Oscura y su compañero, el hombre que amaba más que a su propia vida.

El poderoso lobo entró con pasos firmes. Sus ojos fríos y calculadores se posaron brevemente en Odette antes de dirigirse a la sanadora.

—Déjame verlo —ordenó.

La sanadora le entregó el pequeño cuerpo. Ragnar lo tomó con cuidado, pero en cuanto lo vio, la leve sonrisa que había comenzado a formarse en sus labios desapareció.

—Lo siento, Alfa... este... también nació muerto.

El Alfa cerró los ojos un instante, como si intentara contener algo dentro de sí. Luego los abrió y su mirada se clavó en Odette. Ella lo miró, con lágrimas corriendo por sus mejillas, buscando en él consuelo, palabras de aliento. Sabía que él sentía esta pérdida tanto como ella.

O eso quería creer.

—Entiérrenlo —ordenó—. Junto a sus dos hermanos.

Las palabras la atravesaron como una lanza.

Recordó a los otros. Los cachorros que nunca llegó a sostener en sus brazos. Los que nunca lloraron. Y esto solo hizo que su dolor se intensificara, ahogándola, mientras las sanadoras envolvían al bebé y salían de la habitación, dejándolos solos.

—Lo lograremos la próxima vez, mi amor —dijo entre sollozos, aferrándose a una esperanza que ya se sentía frágil como el cristal—. La próxima vez...

—No habrá una próxima vez —la interrumpió Ragnar, y la frialdad en su tono hizo que el aire en la habitación se volviera pesado.

Odette lo miró, desconcertada, con el corazón latiendo con fuerza.

—¿Qué? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Qué quieres decir? No… no sé por qué este también murió —trató de explicarse—. Hice todo lo que me dijeron. Guardé reposo, seguí las indicaciones del sanador... pero el resultado fue el mismo. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, intentando mantener la calma—. Podríamos buscar otras opiniones, quizás la medicina de la manada...

—No habrá una próxima vez, Odette —Ragnar levantó una mano, cortándola en seco—. Porque ya he tomado una decisión.

Un nudo se formó en su estómago, apretándola, ahogándola. Lo miró, esperando que dijera algo más. Algo que no fuera... eso.

—La manada necesita un heredero —continuó él—. Y tú no puedes dármelo. Así que voy a anular nuestra unión ante el consejo.

El aire abandonó sus pulmones. No podía respirar. No podía pensar.

—¡¿Qué?! No, no puedes... tú y yo... —balbuceó, con las palabras atascándose en su garganta.

—Necesito una hembra fértil —dijo Ragnar, sin mirarla, sin importarle lo que sus palabras le hacían—. Alguien que pueda darme hijos. No una loba defectuosa y marchita.

Defectuosa.

Marchita.

Esas palabras resonaron en su cabeza, una y otra vez, como un eco que no se detenía. Sus labios temblaron, pero no pudo responder. No había nada que decir. Nada que pudiera cambiar lo que estaba pasando.

—En dos días —continuó Ragnar—, nos presentaremos ante el consejo para hacer oficial nuestra separación.

—No —susurró Odette, negando con la cabeza—. No, Ragnar, por favor...

Pero él ya no la escuchaba. Ya no le importaba. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Sin embargo, Odette, tambaleándose, intentó levantarse.

Lo amaba. Eran compañeros destinados.

No podía permitir que la dejara. Sus piernas temblaban y su cuerpo no respondía, pero aun así lo intentó.

—¡Ragnar! —gritó.

Pero la puerta ya se cerraba tras él. Y ella se quedó allí, con las manos vacías, el corazón destrozado y la sangre fluyendo de su cuerpo.

Rota.

Sola.

Abandonada.

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