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Capitulo 3

Autor: Wan Marte
last update Data de publicação: 2026-10-06 02:49:19

A partir del momento en que trazó sus planes, Liz comenzó a ponerlos en práctica. Empezó a acudir a los lugares donde la gente suele decir que surge el amor, siempre acompañada por su pasante, para que, en cuanto el amor apareciera, ella pudiera sortear cualquier imprevisto. Fue a cenar a restaurantes, pero descubrió que allí solo había parejas ya formadas. Fue a discotecas y descubrió que esos lugares estaban llenos de jóvenes inconsecuentes que no querían saber nada de compromisos. Fue a parques y plazas, descubriendo que no era tan fácil que el amor llamara a la puerta.

—¿Por qué la señorita no acude a citas a ciegas? —le sugirió su pasante, al darse cuenta de que Liz buscaba un nuevo amor.

Acudió a las citas a ciegas, pero no encontró a ningún compañero ideal. Algunos estaban desempleados, otros tenían trabajos de nivel muy bajo, otros fumaban y otros bebían. Nada de lo que ella quería; ninguno encajaba en su modelo de hombre ideal.

Fue ahí donde, frustrada, terminó dándole apertura al acercamiento de Lauro. Con la intención de ayudarla, él se fue volviendo cada vez más cercano. Con el pretexto de darle consejos, la invitaba a cenar a restaurantes románticos. Diciendo que quería consolarla, le iba entregando regalos todos los días, desde chocolates hasta ramos de flores. Cuando Liz se dio cuenta, estaba totalmente enamorada de su pasante. No era el hombre de sus sueños: era más joven, tenía un empleo de pasante y ganaba poco, pero había sido el único hombre en todos esos años que no la había tratado como a una CEO, sino como a una mujer de verdad, con sentimientos.

Bueno, el final de esa historia ya lo sabemos y el corazón de Liz estaba destrozado en ese momento. Sin creer ya que pudiera ser amada, Liz intentó satisfacerse haciendo todo lo que había dejado de hacer durante todos esos años.

En su nuevo país, compró la casa de sus sueños y la decoró como siempre había deseado. A diferencia de la casa de sus tíos, que tenía una decoración más rústica y victoriana, la nueva casa de Liz tenía más colores y un aire más fresco y moderno. Liz realizó viajes para conocer los lugares con los que siempre soñó y que no había visitado por temor a que su familia necesitara su ayuda y ella estuviera fuera. Viajó a playas paradisíacas, a zonas montañosas y heladas, visitó castillos medievales; hizo todo lo que había querido y un poco más.

Durante ese tiempo, Liz también consiguió un nuevo empleo. No era de CEO como antes, pero con sus habilidades logró un puesto ejecutivo de alto nivel, demostrando que sus capacidades no tenían fronteras y podían ser reconocidas en cualquier lugar.

Durante todos esos años en un país extranjero, recibía constantemente mensajes de su prima y de sus tíos, personas a las que no era capaz de bloquear porque, allá en lo más profundo de su corazón, aún sentía un fuerte lazo con ellos; sin embargo, ignoró todos los mensajes y no respondió a ninguno.

Al principio, su tío le decía que no se preocupara, que él se encargaría de todo, que ella realmente necesitaba unas vacaciones para poner sus ideas en orden y regresar cuando quisiera. Cuando se dio cuenta de que ella no volvería, le pidió perdón y le dijo que no sabía que aquello la lastimaría tanto. Le pidió que regresara y le prometió que concedería todos sus deseos, excepto Lauro: no podía darle a Lauro, pues consideraba que Liz no estaba a su altura.

En sus últimos mensajes, el tío de Liz le decía que su familia se estaba desmoronando, que Liz no tenía idea de cuánto la amaban todos ni de cuán importante era para esa familia. Le decía que, si hubiera sabido que la decisión de apoyar el matrimonio de Carla causaría tanto sufrimiento, se habría opuesto, pero que también se habría opuesto a que Liz se casara con aquel hombre, ya que ni ella ni Carla se lo merecían.

La tía de Liz le mandaba mensajes parecidos, diciéndole siempre cuánto la extrañaban, que cuando llegó a su casa aún era una niña asustada y que la había cuidado como a una hija. Le pedía perdón y le preguntaba siempre si estaba bien, si iba al médico y si comía adecuadamente. En sus últimos mensajes, le pidió perdón a Liz y le dijo que esperaba que algún día la perdonara y comprendiera que siempre había pensado en su bien, incluso cuando Liz dudó de ello.

Carla era quien más mensajes le enviaba a Liz. La trataba como si la relación de hermanas no se hubiera terminado. Le confesaba a Liz sus miedos y sus anhelos. Le tomaba fotos al jardín cuando las flores abrían para que Liz las viera. Le preguntaba cómo era el lugar donde vivía, si era bonito y si Liz era feliz.

Cuatro años después de que Liz se fuera, Carla le mandó una foto diferente: era la imagen de una ecografía, acompañada de un emoji de corazón y la siguiente nota: «¿Estás viendo, Liz? Esta es Aurora y voy a tener un bebé. Los médicos dijeron que mi cuerpo es muy débil para soportar un embarazo, pero yo insistí y tú serás la madrina de mi pequeña. Sé que destruí tus sueños al casarme con tu gran amor, pero espero que con las últimas energías de mi cuerpo pueda engendrar a esta niña para ti. Dijiste que destruí tus sueños de tener un hijo, así que voy a devolverte lo que te quité. No puedo darte a Lauro, pero tras dar a luz no sé si seguiré en este mundo, de modo que ella es tuya. Espero que esta niña te devuelva toda la felicidad que te quité.»

Liz se enojó muchísimo con ese mensaje, de verdad muchísimo. Bloqueó a Carla inmediatamente. Fue como si ese mensaje hubiera reabierto la herida de su corazón. Para ella en ese momento, era como si Carla le estuviera refregando en la cara que era más capaz que ella, aun estando enferma. Liz recordó cuando los médicos le dijeron que a los 36 años estaba en el límite y que, cuanto más tiempo pasara, menos probabilidades tendría de quedarse embarazada; ahora, a los 40, Liz creía que las probabilidades eran aún menores. Sin contar con que sentía que todavía amaba a Lauro y no lograría involucrarse con un hombre al que no amara. Por eso, el mensaje de Carla, diciendo que aun estando enferma lograba quedarse embarazada fácilmente y, para colmo, de un embarazo donde el padre del bebé era su gran amor, le sonó a Liz como una gran ofensa.

Pasaron 10 años en total y ahora Liz tenía 46 años. Había construido con facilidad una vida perfecta. Tenía una buena casa y se daba todos los gustos. Sin saberlo, había aprendido a amarse a sí misma en primer lugar. Pero al aprender a amarse, algunas cosas perdieron sentido, como… amar a Lauro.

Ahora, con una nueva perspectiva, se daba cuenta de que él había hecho muy poco por ella: le había dado flores, le había dicho palabras románticas, la había llevado a cenar y le había dado noches de sexo. Fue eso, solo eso… pero no hubo nada más profundo entre ellos. Recordó que un día antes de la boda habían tenido relaciones y ahora comprendía que, tal vez, su tío tenía razón: Lauro no estaba a su altura, porque lo que hizo demostraba una inmensa falta de carácter.

Durante todo ese tiempo, además de aprender a amarse a sí misma primero, Liz aprendió mucho sobre la vida y sobre los hombres. Conoció a hombres mucho más interesantes que Lauro. Hombres que le brindaron horas de conversaciones profundas e interesantes, algo que fue mucho mejor que recibir flores. Solo no se involucró con nadie porque aún no había superado el trauma de la traición y no lograba confiar su corazón a nadie más que a sí misma.

Pensar en Lauro la llevó a preguntarse cómo estaría su familia hoy. Si después de 10 años aún la estaban esperando, o si ya no la querían. La llevó a preguntarse cómo estaría su sobrina hoy y… ¿Carla? ¿Habría funcionado la maldición que echó sobre su matrimonio? Pensar en el deseo que formuló al quemar el vestido de novia en la puerta de la iglesia le provocó una opresión en el pecho. No por Lauro, sino por Carla.

Con el corazón curado de las rencores hacia su familia, Liz decidió regresar. No pretendía volver a la empresa de su tío ni mudarse de nuevo a su casa; solo quería verlos y comprobar si estaban bien.

Liz regresó y fue hasta la mansión de sus tíos, pero, para su sorpresa, el lugar estaba abandonado. El jardín florecido estaba cubierto de hojas y ramas secas; la pintura estaba vieja y desconchada. En la verja de hierro había grandes cadenas con un candado cerrándola y un cartel viejo que decía «SE VENDE».

Liz se quedó unos momentos abrumada, observándolo todo; si no hubiera estado segura de que esa era la dirección, no habría reconocido el lugar. De repente, alguien apareció en la verja: un hombre mayor de cabello blanco, vestido con un mono café claro, desgastado y con algunas manchas de cloro.

—¡Hola! ¿La señorita es de la inmobiliaria?

—¿De la inmobiliaria? — preguntó Liz, un poco perdida en sus recuerdos—. La verdad es que no. Soy… soy una vieja amiga de la familia que vivía aquí y decidí visitarlos. ¿Ya nadie vive en esta casa?

El hombre miró a Liz con desconfianza y dijo: 

—Llevo trabajando aquí algún tiempo, ¿cómo es que nunca la vi?

—Ah, sí… yo… estuve fuera durante 10 años. ¡Mire! —Liz le mostró al hombre una foto antigua que tenía con toda la familia.

Él la observó con detenimiento y después dijo:

—Ah, entiendo por qué nunca la vi. Empecé a trabajar aquí hace menos de diez años. Bueno, sobre la familia… ¿no se enteró? La familia ya no existe.

Liz se sintió un poco confundida:

—¿Está diciendo que se mudaron?

—No, le estoy diciendo que esa familia ya no existe. El matrimonio que vivía aquí eran ancianos y la hija estaba enferma. El señor de esta casa falleció hace ya algunos años; trabajó mucho para no dejar la empresa en manos equivocadas, era un hombre muy bueno con los empleados, pero lamentablemente tenía un yerno inútil. Su única hija estaba enferma y necesitaba cuidados médicos que el yerno nunca se molestaba en prestar, así que el señor se desvivía por cuidar de la familia y de los negocios, descuidándose a sí mismo. Terminó falleciendo de una enfermedad que no se trató a tiempo. Cuando el señor murió, todo empeoró: la hija estaba embarazada y necesitaba aún más atención médica; la señora apenas pudo tener tiempo para su duelo, porque debía cuidar a su hija, que estuvo todo el embarazo internada en el hospital. El yerno terminó adueñándose de todo: de la casa, de los negocios y de todas las finanzas de la familia. Trajo a otra mujer a vivir a esta casa mientras la señora Carla estaba en el hospital con su madre.

—Cuando la señora Carla y su madre regresaron a casa con la bebé en brazos, el yerno las echó a la calle, diciendo que ahora la casa era de él y de su nueva familia. Las dos pobrecitas pasaron por muchísimas dificultades, dependiendo de la ayuda de amigos. La señora Carla necesitaba un seguimiento médico muy costoso. Su madre, que ya era anciana, terminó muriendo de tristeza al no poder cuidar de su hija y de su nieta. La señora Carla, aun sin poder, amamantaba a la bebé, algo que debilitó aún más su cuerpo. Resistió durante bastante tiempo para cuidar a su hija; supe que vendía frutas en el mercado y, aun sin poder, cargaba peso. Pero esa vida tan dura no era para ella y falleció.

—¡No! —gritó Liz, pues esa historia no era exactamente lo que quería escuchar. Sintió la garganta seca y no quería seguir oyendo aquello; creía que ese hombre estaba mintiendo.

Liz se dio la vuelta para marcharse, cuando el hombre gritó:

—¿La señorita no quiere saber de la niña? Bueno, en realidad la familia no se acabó por completo, porque la niña está viva.

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