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JURADA PARA MATAR A MI MARIDO MAFIOSO
JURADA PARA MATAR A MI MARIDO MAFIOSO
Author: Manuel

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Author: Manuel
last update publish date: 2026-10-13 02:17:07

NOELIA

—Los Valcázar han propuesto un matrimonio entre tú y Salvador.

Me reí, porque tenía que ser una broma.

Nadie vende a una chica a la familia más peligrosa del país y lo dice en voz alta, en su dormitorio, sentado en su cama como si estuviera dando el parte del tiempo.

Esperé la sonrisa, el «¡te pillé!» que Joaquín me hacía desde que éramos niños, pero no llegó.

—No es ninguna broma. —Se levantó y empezó a andar de un lado a otro, y me fijé en las ojeras y en que llevaba la misma camisa arrugada del día anterior—. Se pusieron en contacto esta mañana. Quieren que te cases con Salvador Valcázar.

—¿Te has vuelto loco? Es el hijo de Ramiro. ¿Te acuerdas de lo que esa familia le hizo a papá? Fui yo quien lo encontró. Lo veo cada vez que cierro los ojos, ¿y tú quieres que me siente a la mesa frente a su hijo y le diga qué? ¿Que estoy deseando ser su esposa?

—Quiero que sigamos con vida. —Se detuvo y me miró—. La familia se desangra. Hemos aguantado hasta ahora solo porque nadie nos considera una amenaza, y eso no durará. Salvador tiene contactos que nosotros jamás podríamos comprar. Si nos negamos, viviremos lo justo para ver cómo borran el apellido Galván.

—Pues cásate tú con él. Si es un trato tan bueno, deja de convertirme en tu cordero de sacrificio.

Algo en carne viva cruzó su rostro y desapareció, y con ello el hermano que yo conocía.

—Ya está decidido.

Mientras yo desayunaba como una persona normal aquella mañana, mi hermano había puesto en una balanza a la familia y a mí, y yo había perdido.

—Te odio —susurré.

—Lo sé. —Su mano se quedó en el pomo más tiempo del necesario—. Quizá algún día duela menos.

La puerta se cerró con un clic.

Me deslicé hasta el suelo y me tragué el sollozo que me trepaba por la garganta, porque Joaquín aún podía estar en el pasillo y no iba a regalarle el sonido de mi derrumbe.

Mis ojos dieron con la foto de la mesilla de noche: papá, ancho de hombros y seguro de sí mismo, como si nada pudiera tocarlo. Antes me consolaba mirarla, pero ahora me parecía una mentira, porque sabía con qué facilidad los Valcázar lo habían desmontado pieza a pieza.

Me limpié la cara con el talón de la mano, y bajo el pánico se asentó algo más firme. Salvador Valcázar creía que iba a conseguir una esposa guapa y obediente que se sentaría callada en un rincón de su vida sin hacer preguntas, y yo iba a dejar que lo creyera. Si no podía impedir ese matrimonio, entraría en él con los ojos abiertos, porque me colocaría exactamente donde necesitaba estar: en el corazón del imperio Valcázar.

Cogí el marco, lo apoyé en mi regazo y deslicé la tapa trasera. El teléfono seguía allí, envuelto en un pañuelo desteñido, cargado durante once meses sin haberlo usado nunca, y yo había llegado a pensar a medias que me aferraba a una fantasía. Ahora vibró con un mensaje de un número desconocido.

Me han dicho que te gustaría acabar con Salvador Valcázar con tus propias manos. ¿Necesitas una ayudita?

Nadie sabía eso. Nunca lo había dicho en voz alta, ni siquiera a mí misma en la oscuridad. Escribí ¿Quién eres? y la respuesta llegó antes de que pudiera soltar el móvil.

Primero di que sí al matrimonio.

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    NOELIA—¿De verdad creíste que me casaría contigo sin pelear, Salvador?Durante un segundo, el arma estuvo en mi mano. Al siguiente, sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y las torcieron. El peso abandonó mi palma y el cañón quedó apuntándome a mí. Ni siquiera lo vi moverse.—Maldito loco…La sonrisa arrogante se fue borrando de su rostro y comprendí que acababa de cometer un error estúpido. Apretó el gatillo. Mi corazón golpeó contra mis costillas… clic… y no pasó nada.Bajó el arma unos centímetros, la miró, sacó el cargador y lo inclinó para que yo pudiera ver el interior. Corrió la corredera. No cayó nada. Estaba vacía.—¿En serio? —Su voz sonó plana—. Intentas matarme y ni siquiera compruebas si el arma está cargada. ¿Sabes siquiera usar una?El calor me trepó por la nuca mientras miraba el cargador vacío. Nunca me había sentido tan idiota en toda mi vida.Tiró el cargador al suelo.—Si quieres verme muerto, Noelia, asegúrate de que el arma pueda hacer el trabajo. Si no,

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    NOELIA—¿Qué esperabas? —Mi voz aguantó, y eso me enorgulleció—. ¿Que me casara con el asesino de mi padre y hiciera de esposa agradecida?Se rio, una risa baja y genuinamente divertida, como si hubiera contado un chiste en un funeral. Luego juntó las manos delante de sí, como un hombre que espera a que empiece el sermón, y señaló la pistola con un gesto de la cabeza.—Entonces dispárame.—¿De verdad crees que no puedo?—Creo que quieres hacerlo. —Dio un paso hacia mí, hasta que el cañón casi le rozó la camisa—. Te desafío, Solcita.Mi dedo se curvó sobre el gatillo y la habitación se redujo a dos centímetros de metal y al hombre que sonreía al otro extremo.Entonces desapareció.No lo vi moverse. En un latido la pistola estaba en mis manos y en el siguiente estaba en las suyas, y ni siquiera me escocieron las muñecas. Me la quitó como se le quita un vaso a un amigo borracho, con dedos cuidadosos que no dejaron marca. No me hizo daño, y de algún modo eso era peor.Sacó el cargador con

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