ログイン—Sé que todos han venido a decirte que te quieren, que te necesitan y que debes recuperarte. Pero no quiero que sientas que tienes la obligación de mejorar para hacernos felices. Se acercó un poco más. —Quiero que puedas llorar conmigo. Que puedas decirme que tienes miedo. Que me digas que estás enojada con el mundo, conmigo o contigo misma. No voy a juzgarte. Emma comenzó a llorar. —No sabes lo que se siente, Sasha. —Tienes razón. No lo sé. Él no intentó fingir que comprendía exactamente su dolor. —Pero quiero escucharte. Quiero aprender a acompañarte. Quiero estar aquí incluso en los días en que no quieras hablar conmigo. —¿Y si nunca mejoro? Sasha sintió un nudo en la garganta. —Entonces te acompañaré en el proceso de esta condición. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. —¿Y si soy difícil? —He negociado con hombres que ordenarían mi asesinato si les llevo la contraria. Créeme, tengo paciencia. Emma dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.
La habitación de Emma Ferrer permanecía en silencio. Valentina estaba sentada junto a su hija, acariciándole el cabello mientras Damiano hablaba con los médicos en el pasillo. La jóven había aceptado recibir visitas, aunque no tenía demasiadas ganas de conversar. Sin embargo, Donovan había insistido en algo: sus amigos debían entrar uno por uno. Sin presiones, sin exigirle sonrisas y, sobre todo, sin hacerla sentir culpable por estar sufriendo. El primero en entrar fue su hermano. —¿Puedo pasar, princesa? Emma giró ligeramente la cabeza. —Ya estás adentro, tonto. Donovan sonrió y se sentó junto a ella. —Eso quería escuchar. Mi hermana sigue teniendo esa maravillosa capacidad de insultarme. —No eres tan maravilloso. —Lo sé. Pero soy tu favorito. Emma soltó una risita muy pequeña. Donovan la contempló con ternura. —Te extraño, ¿sabes? —Estoy aquí. —No hablo de eso. Extraño a mi compañera de travesuras, a la que me robaba la comida, a la que entraba en mi
El grito de Donovan resonó por toda la mansión. Damiano apareció en el pasillo acompañado de Valentina. —¿Qué sucede? —Necesito que vengas. —¿Qué pasó con Emma? —¡Que no está bien! ¡Y ninguno de ustedes se ha dado cuenta! Valentina palideció. —Donovan... —¡No, mamá! ¡Escúchame! ¡Emma no está descansando! ¡Se está dejando morir! Damiano entró inmediatamente en la habitación. Encontró a su hija llorando y a Donovan sujetándole la mano. —Princesa... Emma intentó secarse las lágrimas. —Estoy bien, papá. Pero Damiano ya no estaba dispuesto a aceptar aquella respuesta. Se acercó, se arrodilló junto a la cama y acarició su mejilla. —Mírame, pequeña. Ella lo hizo. —¿Estás sufriendo? Emma comenzó a llorar nuevamente. —Sí. Aquella respuesta destrozó al hombre que había construido un imperio, que había enfrentado enemigos y que jamás había permitido que alguien lo viera vulnerable. —¿Por qué no me lo dijiste? —No quería preocuparlos. Valentina se
La vida había retomado su ritmo en las familias Ferrer, Diamantis y Villaseñor. O, al menos, eso parecía. Sasha Diamantis había regresado a sus responsabilidades dentro del imperio empresarial y las operaciones de la mafia griega. El apuesto y estilizado jóven heredero estaba completamente saturado de trabajo. Reuniones, llamadas internacionales, informes financieros y decisiones que, aunque todavía no llevaba oficialmente la corona de su padre, ya recaían sobre sus hombros. Había heredado el carácter de su abuelo Sasha Diamantis, pero también su ambición. —Señor Diamantis, los representantes de Atenas están esperando su autorización —informó uno de sus asistentes. —Que esperen cinco minutos. Quiero revisar personalmente las cláusulas del acuerdo. Sasha ni siquiera levantó la mirada de los documentos. El hombre era frío, concentrado, perfeccionista. Y no temía imponer su autoridad. (...) Mientras tanto, Raymundo Villaseñor atravesaba una etapa igualmente important
Damiano le acarició la frente. —Lo sé. Ha sido un día difícil. Emma negó lentamente. —No, papá. No hablo de hoy. Su voz se quebró. —Estoy cansada de esta enfermedad... Yo... Ya no quiero seguir viviendo así. Damiano se quedó inmóvil. La punzada que sintió en el pecho casi lo tumba —Emma... —Estoy cansada de despertarme y tener que revisar mi azúcar. Estoy cansada de no poder comer tranquila, de tener miedo cuando salgo, de que todos estén pendientes de mí, de que cualquier cosa pueda hacer que termine en un hospital. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. —Estoy cansada de sentirme diferente. Valentina se llevó una mano a la boca. —Mi niña... —Me gradué, mamá. Tengo veintiún años. Se supone que debería estar trabajando, viajando, saliendo con mis amigos, haciendo planes... Pero no puedo hacer nada sin pensar en mi enfermedad. Damiano se sentó inmediatamente junto a ella. —Escúchame, Emma. No tienes que demostrarle nada a nadie. —Pero
La graduación había marcado el comienzo de una nueva etapa para Donovan Ferrer, Raymundo Villaseñor y Sasha Diamantis. Los tres estaban completamente inmersos en sus responsabilidades empresariales, aprendiendo de sus padres y preparándose para asumir algún día el control de sus respectivos imperios. Pero había alguien que, a pesar de haberse graduado con ellos, todavía no había comenzado su vida profesional. Emma Ferrer. A sus veintiún años, la jóven debía estar disfrutando de sus primeros días como profesional, posiblemente incorporándose a alguna de las divisiones de Ferrer Group o comenzando un proyecto propio. Sin embargo, su realidad era diferente. Su salud no se lo permitía. Y aquella mañana, la diabetes volvió a recordarle que, por mucho que quisiera llevar una vida normal, había cosas que todavía escapaban de su control. Eran aproximadamente las diez de la mañana cuando Valentina recibió una llamada de la enfermera que permanecía en la residencia Ferrer.







