ログイン—¡Cuidado, Darren! ¡Se va a derramar!
La voz de Sofia se mezcló con el crujido de las tablas de madera de The Anchor, su pequeño restaurante construido sobre pilotes a la orilla del muelle de Coastal Maine. El aroma salado de la mantequilla derretida, la masa de pan recién horneada y el característico olor del agua de mar inundaban el ambiente.
En el umbral de la cocina, Sofia estaba de rodillas, con las rodillas cubiertas de harina. Con su pulgar ligeramente áspero, limpió una mancha blanca de la regordeta mejilla de Darren. El niño acababa de correr cerca de la mesa de preparación, obligando a Maria a detener el cuchillo de cocina y apartar la tabla de cortar mientras respiraba agitadamente.
—¡Maria me hizo un pastel con forma de barco, mamá! ¡Mira! —Darren levantó en el aire un molde de plástico azul. Tenía las manos pegajosas por los restos de masa y sus ojos redondos reflejaban una inocencia pura.
Una cálida sensación recorrió el pecho de Sofia. Acarició el suave cabello de su hijo y luego dejó los labios sobre su frente durante unos segundos.
—Está muy bonito. Pero ahora ve a jugar afuera, ¿sí? Pobre Maria, su trabajo se está retrasando.
—¡Sí, mamá!
Darren saltó alegremente y atravesó la hilera de mesas de madera en dirección a la puerta principal, que estaba completamente abierta. Sofia se puso de pie lentamente mientras volvía a ajustar el cordón del delantal blanco alrededor de su cintura, sobre su sencillo vestido de algodón. Se acomodó algunos mechones sueltos detrás de la oreja y soltó un suspiro de alivio mientras se dirigía hacia la caja.
Sin embargo, antes de que sus dedos siquiera tocaran el libro de cuentas...
—¡Aaaaa...! ¡Mamá! ¡Me duele!
Un grito desgarrador, seguido de un llanto histérico, rasgó el silencio del muelle. El corazón de Sofia se contrajo con fuerza.
—¡Darren!
Sofia dejó caer al suelo el paño que tenía en las manos y salió corriendo por la puerta. Desde el interior de la cocina, Maria estuvo a punto de dejar caer un plato de porcelana al suelo al ver a Sofia salir disparada con el rostro pálido.
Sobre la arena mojada, no muy lejos de las escaleras del muelle, Darren estaba sentado, sujetándose la rodilla ensangrentada. A su lado, un hombre desconocido estaba arrodillado sobre la arena, vertiendo agua de una botella mineral para limpiar los pequeños guijarros afilados que se habían incrustado en la herida de Darren.
—Tranquilo... un hombre no debería llorar por una herida tan pequeña como esta —murmuró el hombre con suavidad.
Llevaba un traje negro impecablemente confeccionado, demasiado elegante y costoso para aquella playa de arena. Tenía los hombros rígidos y sus dedos limpios parecían torpes mientras sujetaba el tobillo de Darren.
—¡Darren! ¿Estás bien, cariño? —Sofia se arrojó sobre la arena y se arrodilló justo al lado de su hijo. Sus manos temblorosas recorrieron los hombros y el cuello de Darren, examinando todo su cuerpo sin siquiera tener tiempo de mirar al hombre que estaba a su lado.
—Mamá... me duele... —Darren hizo una mueca mientras respiraba entrecortadamente, con las lágrimas empapándole las mejillas cubiertas de arena.
—No pasa nada, cariño... Solo es un pequeño raspón. Mamá te lo curará adentro —susurró Sofia con voz temblorosa.
Sofia giró el rostro, dispuesta a darle las gracias.
—Muchas gracias por haber...
Las palabras de Sofia quedaron atrapadas de repente en su garganta.
El hombre que ahora levantaba la cabeza no era un desconocido. La mandíbula firme y perfectamente afeitada, el cabello impecablemente arreglado y aquellos ojos negros, tan oscuros como familiares...
—¿Bastian? —susurró Sofia. Sus ojos se abrieron de par en par y todo su cuerpo quedó rígido de repente.
—Hola... Sofia —respondió Bastian. Su voz era inexpresiva, pero una fina línea en la comisura de sus labios delataba una sonrisa forzada.
Bastian se puso de pie lentamente y sacudió la arena que había ensuciado los pantalones de su traje. Sin embargo, su mirada no se apartó del niño que tenía delante. Entrecerró los ojos, examinando cada detalle del rostro de Darren. Aquellos ojos castaños y la forma de sus labios le golpearon el pecho como un balde de agua helada.
Lo diste a luz, Sofia... El hijo de otro hombre.
Una oleada de calor ardiente le recorrió el pecho, haciendo que apretara los puños dentro de los bolsillos de su pantalón.
Solo el estruendo de las olas rompiendo bajo los pilotes del muelle llenaba el tenso silencio entre ambos.
—Entonces... este niño... ¿es tu hijo? —preguntó Bastian. Su tono era tranquilo, pero su mirada permanecía fija en ella.
Sofia tragó saliva, que de repente se sentía amarga y seca. Apretó la mandíbula con fuerza mientras intentaba contener el pánico que le oprimía el pecho. Rompió el contacto visual con Bastian y dirigió una mirada protectora hacia Darren.
—Sí —respondió Sofia brevemente y con frialdad. Rodeó los hombros de Darren con mayor fuerza—. ¿Puedes ponerte de pie, cariño?
Darren levantó la cabeza, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y miró a Bastian con inocencia.
—Señor... ¿usted es amigo de mi mamá?
Bastian bajó la mirada por un instante. Una sonrisa rígida volvió a dibujarse en su rostro.
—Sí.
—Si quieres entrar al restaurante, entra. Tengo que curar a mi hijo —lo interrumpió Sofia rápidamente.
Sin esperar respuesta, deslizó las manos por debajo de los muslos de Darren y levantó su pequeño cuerpo entre sus brazos.
Sofia le dio la espalda a Bastian y se apresuró hacia las escaleras del restaurante.
—He venido a verte, Sofia.
La voz grave de Bastian detuvo sus pasos.
Sofia se quedó inmóvil. Sus hombros subían y bajaban mientras contenía una respiración que sentía atrapada en el pecho. Sin darse la vuelta, respondió con aspereza:
—¿Para qué?
—Regresa a Nueva York.
Sofia no respondió de inmediato. Bajó lentamente a Darren de sus brazos y se agachó hasta quedar a la misma altura que su hijo.
—Darren, cariño... puedes caminar, ¿verdad? Pídele al tío Sam que te cure la rodilla adentro... Mamá tiene que hablar un momento con un amigo.
—Mmm —murmuró Darren mientras asentía lentamente.
Arrastrando su pierna lastimada, el niño entró al restaurante.
En cuanto la espalda de Darren desapareció detrás de la puerta de madera, Sofia se giró. Caminó hacia Bastian con las rodillas ligeramente temblorosas. Su corazón latía con fuerza, aterrorizada ante la posibilidad de que la presencia de su exesposo sacara a la luz el gran secreto que había mantenido cuidadosamente oculto durante todos esos años.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Sofia, conteniendo el temblor de su voz.
—Regresa a Nueva York —repitió Bastian sin cambiar el tono.
Sofia soltó una risa baja. Su risa sonó seca en el aire, sin el menor rastro de alegría, cargada únicamente de amargura e ironía.
—¿Para qué voy a regresar a Nueva York? Tú mismo puedes verlo, ¿no? —Sofia extendió los brazos, mostrando el sencillo edificio de madera y la playa azotada por el viento que los rodeaba—. Vivo tranquila y cómodamente aquí.
—La abuela está enferma. Te está buscando —la interrumpió Bastian.
La risa irónica del rostro de Sofia se apagó al instante. Su cuerpo se quedó paralizado.
—¿La abuela Clara está enferma? —preguntó. La aspereza de su voz desapareció, reemplazada por una evidente preocupación en sus ojos.
—Sí. No deja de buscarte —dijo Bastian con suavidad, dejando que sus ojos recorrieran cada detalle de la expresión preocupada de Sofia.
Una sensación cálida y dolorosa recorrió el pecho de Sofia al imaginar a aquella anciana que alguna vez había sido su única protectora. Inspiró profundamente, intentando recuperar el control ahora que su determinación comenzaba a tambalearse.
—Está bien, iré a Nueva York. Supongo que bastará con visitarla, ¿verdad?
—No... eso no es suficiente.
Bastian dio un paso hacia adelante. Sus zapatos de cuero se hundieron con firmeza en la arena mojada, eliminando por completo la distancia entre ellos. El hombre inclinó la cabeza y atrapó la mirada de Sofia desde una distancia tan cercana que su aliento frío rozó la piel del rostro de su exesposa.
—Volvamos a casarnos.
En su amplio despacho, situado en los pisos superiores del edificio de Valdez Group, Bastian permanecía inmóvil frente a los ventanales de cristal grueso.Su mirada estaba perdida en los rascacielos de Manhattan, que parecían diminutos desde aquella altura. Tenía las piernas rígidas, mientras cada célula de su cuerpo parecía concentrarse por completo en el objeto rectangular que sostenía con la mano derecha.De pronto, los dos indicadores grises que aparecían debajo de su último mensaje cambiaron de color. Las dos marcas azules que confirmaban que el mensaje había sido leído se hicieron claramente visibles bajo las palabras que acababa de enviar.El corazón de Bastian comenzó a latir con violencia, golpeándole el pecho de una manera dolorosa. Los músculos de su cuello se tensaron y la respiración se le quedó atascada en la garganta. Con los ojos enrojecidos e inyectados en sangre, clavó la mirada en aquella sucesión de mensajes cargados de emociones que la mujer acababa de leer.Sin p
La luz del sol matutino de Nueva York se filtraba por las rendijas de las persianas verticales del bufete de abogados, ubicado en el distrito financiero, y proyectaba un tenue resplandor sobre la gruesa superficie de caoba del escritorio.Bastian permanecía rígido en una silla de cuero frente al escritorio. Tenía ambos brazos apoyados pesadamente sobre la mesa y observaba con atención los movimientos de los dedos de Harris, el abogado veterano en quien su difunta abuela había depositado toda su confianza. El hombre se acomodaba las gafas de lectura mientras examinaba el testamento de Clara Valdez y el resultado de la prueba de ADN que Bastian acababa de entregarle.Bastian se inclinó hacia delante y apoyó ambas palmas con firmeza sobre el escritorio de madera.—Mi difunta abuela añadió una cláusula especial a su testamento. Si Sofia y yo teníamos un hijo biológico, mi participación accionaria y mis derechos sobre los activos aumentarían del 30 % al 50 %. Esta prueba de ADN demuestra q
Bastian aterrizó de nuevo en Nueva York cuando las luces de los rascacielos de Manhattan ya rasgaban la oscuridad de la noche. El hombre se negó a regresar a su casa.En cambio, decidió encerrarse en su despacho, apenas iluminado, junto a Harry, mientras planeaba su contraataque con los ojos enrojecidos por el cansancio y la ira.Bastian clavó la mirada en el informe de la prueba de ADN, que indicaba una coincidencia del 99,99 %, sobre su escritorio de madera. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.—Prepara la demanda formal de custodia para mañana por la mañana —ordenó Bastian con frialdad, con la voz ronca y cargada de tensión.Harry, de pie junto al escritorio, frunció el ceño con inquietud.—Pero, señor... Los resultados de una prueba de ADN obtenida en secreto no pueden presentarse directamente ante el tribunal. Primero debe solicitarle formalmente al juez que autorice una nueva prueba de ADN y, una vez que se confirme
El lujoso sedán negro conducido por el chofer personal de Thomas se detuvo suavemente frente al vestíbulo principal de un rascacielos ubicado en una exclusiva zona de Manhattan.Un guardaespaldas se apresuró a abrir la puerta del pasajero. Thomas bajó primero, tomó a Darren del interior del vehículo y lo estrechó entre sus brazos.Sofia salió detrás de ellos. Sus tacones pisaron suavemente el mármol del vestíbulo mientras alzaba la mirada hacia el imponente edificio de fachada de vidrio oscuro que se alzaba frente a ella.¡Ding!El ascensor privado subió rápidamente hasta el último piso, sin la menor sacudida. En cuanto las puertas de acero inoxidable se deslizaron para abrirse, un espacioso penthouse apareció ante sus ojos.Los ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de Nueva York y de la inmensa extensión verde de Central Park. El brillante suelo de mármol blanco reflejaba la luz de la lámpara de araña de cristal que
Thomas soltó un largo suspiro y luego asintió con determinación. Sin perder tiempo, tomó en brazos a Darren, que seguía entretenido jugando, mientras Sofia recogía apresuradamente sus bolsos.—¿Ya está listo el avión? —preguntó Darren con inocencia, rodeando el cuello de Thomas con sus pequeños brazos.—Ya no iremos a Maine, Darren. Nos quedaremos en Nueva York, como tú querías —respondió Sofia con dulzura, acariciándole la mejilla al niño.—¡Yupi! —exclamó Darren, encantado, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Thomas.Los tres cambiaron de dirección y se alejaron con paso firme de la sala de espera del aeropuerto, rumbo al automóvil que los aguardaba. Habían decidido cancelar definitivamente el vuelo a Maine.Al mismo tiempo, las puertas automáticas de vidrio de la entrada principal del aeropuerto se abrieron bruscamente. Bastian irrumpió corriendo entre la multitud de pasajeros. El sudor frío le empapaba la frente y el cuello de la camisa, mientras sus ojos recorrían frenétic
La puerta de caoba del despacho de Bastian se abrió de golpe y chocó contra la pared. Nora Vickery entró con un ajustado vestido rojo intenso que se ceñía a su figura, mientras una sonrisa de satisfacción se dibujaba rígidamente en sus labios.Los delicados dedos de Nora, adornados con uñas largas, se movían con agilidad sobre la pantalla de su teléfono inteligente, protegido por una funda dorada.—Bastian, ya preparé el salón principal de la planta baja para la conferencia de prensa —anunció Nora con un tono exigente—. El equipo de relaciones públicas ya tiene listo el borrador del anuncio de nuestra boda. Tenemos que bajar cuanto antes, antes de que los periodistas...Sus palabras se desvanecieron de repente. Bastian ni siquiera la miraba. Permanecía inmóvil detrás de su escritorio, con la vista fija en la pantalla del teléfono que sostenía en la mano. Sus dedos temblorosos se movían rápidamente por la aplicación de horarios de vuelos nacionales e internacionales.Los ojos de Bastia







