LOGINEMMYAmanece y Marcus se remueve por fin. Sus brazos me liberan la cintura, y por primera vez en horas puedo respirar sin su peso encima.—Perdóname, mi amor. —Se incorpora, confundido, pasándose una mano por la cara—. No sé qué me pasó. Estaba agotado, el viaje, los nervios de la boda… Me quedé dormido como un tronco. Qué vergüenza. —Me besa la frente—. Te prometo que lo compenso en nuestra noche de bodas.—No te preocupes. —Sonrío, tragándome todo—. Descansaste, que falta te hacía.Se viste rápido, recoge su maleta. En la puerta se gira.—Vuelvo esta noche, a tiempo para todo. —Me guiña un ojo—. La próxima vez que duerma a tu lado, serás mi esposa.Y se va.Desde la ventana lo veo subir al auto y perderse por el camino. Suelto el aire. Una noche sobrevivida. Dos días menos.No alcanzo a disfrutar el alivio. La puerta de mi habitación se abre de golpe, sin que nadie toque, y entra Oliver.No es el Oliver de las últimas noches. Este tiene los ojos rojos, la mandíbula tensa, el cuerpo
EMMYMarcus baja a la cena con el saco puesto y una maleta pequeña en la mano.—Tengo que salir temprano —anuncia—. Un último asunto antes de la boda. Vuelvo por la noche, a tiempo para convertirte en mi esposa. —Sonríe, deja la maleta junto a la puerta y se vuelve hacia mí. Y entonces, con Oliver sentado justo enfrente, suelta lo que me hiela—: Pero antes de irme, quiero pasar esta noche contigo. La última como novios. No pienso dormir lejos de ti ni una noche más.No hay alternativa. Lo veo en el segundo exacto en que lo dice: negarme sería sospechoso, peligroso, imposible. Así que sonrío con la dulzura de Sofía y bajo la mirada como una novia tímida.—Será un honor, mi amor.Al otro lado de la mesa, Oliver aprieta el tenedor hasta que los nudillos se le ponen blancos. No dice una palabra. Pero su mandíbula es una línea de piedra, y sé que por dentro está ardiendo. No lo miro. No puedo permitirme mirarlo.—Priscila —ordena Marcus—, lleva un té a la habitación. De los míos. Para rela
OLIVEREl puerto huele a sal, a óxido y a algo peor que no quiero nombrar.Dos de los hombres de mi padre me escoltan entre contenedores apilados como torres en la oscuridad. Me tratan con una deferencia nueva, de "joven jefe", porque Marcus corrió la voz: su hijo por fin se hace cargo. Si supieran.—Por aquí, señor. —Uno me guía hasta un contenedor abierto, iluminado por una linterna—. El jefe quería que viera cómo se maneja un cargamento.Me obligo a mirar. Cajas. Decenas, cientos de cajas selladas. Documentos de aduana falsos con el logo de una empresa que, estoy seguro, existe solo en papel. Un hombre revisa una tableta y anota cifras que no cuadran con ninguna contabilidad legal del mundo.Finjo interés de heredero aplicado. Hago preguntas que suenan a curiosidad y son otra cosa. ¿De dónde sale? ¿A dónde va? ¿Quién firma? Y mientras ellos contestan, orgullosos de instruir al hijo del patrón, memorizo cada respuesta. La empresa. El destino. El nombre del capitán que mira para otro
EMMYA tres días de la boda, la casa se convierte en un desfile de modistas, floristas y cajas con lazos. Y en el centro de todo, dirigiendo como un general, Aimé.—¡El velo va así, no así! —le grita a una pobre costurera—. ¿Acaso no saben lo que es la elegancia?Me tienen de pie sobre un banquito, enfundada en un vestido de novia que me queda como un sudario. Odio cada segundo. Odio el encaje, odio los alfileres, odio sobre todo lo que significa: en tres días me caso con el hombre que vine a matar, delante de todos, y si no encuentro la forma de hundirlo antes, tendré que vivir la noche de bodas que llevo meses temiendo.Marcus entra a mitad de la prueba, me ve sobre el banquito y se le ilumina la cara.—Pareces un ángel —dice, y me besa la mano—. El hombre más afortunado del mundo. —Mira el reloj—. Tengo que salir a atender un asunto. Mi hijo lo supervisa. Volveré para la cena. —Se despide con otro beso y se va.Un asunto. El envío. Oliver está ahí fuera, en este momento, metiendo l
EMMYEsperamos a que la casa duerma. A medianoche, me cuelo en la habitación de Oliver —esta vez con seguro en la puerta— y extendemos la carpeta sobre la cama, a la luz de una sola lámpara.Y por fin, después de meses de manos atadas, vuelvo a ser lo que soy.Paso las hojas rápido, con los ojos entrenados para encontrar lo que importa entre la basura. Facturas de empresas fantasma. Un puerto del sur que aparece una y otra vez. Nombres que reconozco de la cena de compromiso, los mismos invitados elegantes que brindaron por mi condena. Fechas, cifras, rutas. No es toda la red de Marcus, pero es un hilo. Y tirando de un hilo se desarma un suéter entero.—Esto es oro —murmuro, sin levantar la vista—. ¿Entiendes lo que me acabas de dar? Esta empresa de aquí mueve el dinero sucio. Si cruzo estos nombres con lo que ya tengo memorizado, puedo armar la cadena completa. Puedo hundirlo.No me responde. Levanto la cabeza y lo encuentro mirándome. No la carpeta. A mí.—¿Qué? —pregunto.—Nada. —Pe
OLIVERNo duermo. Hace días que no duermo bien, y no es por la cabaña, aunque la escena todavía me visita cada vez que cierro los ojos. Es por ella.Por Emmy durmiendo a dos puertas de la mía, en la casa de mi padre, con un anillo que no es mío en el dedo. Por la boda que se acerca como una cuenta regresiva. Por la idea —insoportable, que me carcome— de que en pocos días mi padre va a llamarla suya delante de todos, y después, a solas, va a hacer lo que los maridos hacen.Me paso media noche imaginándolo y la otra media odiándome por imaginarlo. Nunca me había pasado esto. Yo no me enredo; pago, disfruto, me voy. Las mujeres eran un rato agradable, nunca un problema que me quita el sueño. Y de pronto esta espía de lengua filosa, que me escupió en la cara más de una vez, se me metió debajo de la piel y no hay forma de sacarla.Es mi enemiga. Vino a hundir a mi padre. Y yo, en vez de detenerla, lo único que quiero es sacarla de aquí antes de que mi padre la toque o la mate.El problema







