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Capítulo 3: El Secuestro

Author: Anne
last update publish date: 2026-09-22 13:03:45

Pasaron tres meses desde aquella noche. La vida de Samira volvió a su ritmo habitual, aunque en el fondo de su mente siempre quedaba el recuerdo del desconocido de los ojos azules. Sin embargo, las deudas no esperaban y el trabajo en el club Al-Qamar exigía toda su atención.

​Era una noche de viernes y el club estaba abarrotado. El ambiente estaba pesado, lleno de humo de shisha, olor a perfumes caros y el ruido constante de las risas y los platos. La música sonaba con fuerza en el escenario principal, donde Samira ejecutaba una de sus rutinas más complejas.

​Lucía un vestido bordado en tonos rojos y dorados, con velos transparentes que flotaban a su alrededor con cada giro. Sus pies se movían con rapidez sobre la tarima mientras sus caderas marcaban el ritmo del tambor. El público aplaudía y arrojaba monedas a la tarima, pero en medio del espectáculo, Samira sintió un escalofrío repentino.

​Era esa sensación familiar de sentirse observada, pero esta vez no era como la mirada de los clientes habituales. Era una presencia pesada, helada, que parecía cortar el aire del lugar.

​Disimulando con un giro elegante de su baile, Samira paseó la vista por las mesas del fondo, donde la luz de las velas casi no llegaba.

​En la mesa más apartada del rincón, sumergido en las sombras pero erguido con una postura impecable, había un hombre. No estaba bebiendo. Tampoco fumaba ni hablaba con nadie. Llevaba un traje de vestir oscuro, de corte perfecto, que marcaba sus hombros anchos. Cuando la luz de un reflector cruzó por un segundo la zona VIP, Samira se congeló en medio del escenario.

​Eran esos mismos ojos azul acero.

​El hombre al que había curado en su apartamento tres meses atrás estaba ahí, sentando en la zona más cara del club, mirándola bailar con una fijeza absoluta. Ya no se le veía pálido ni enfermo; se veía imponente, pulcro, rodeado por dos hombres corpulentos vestidostambién de traje que permanecían de pie a sus espaldas como estatuas.

​A Samira le falló el pulso por un segundo y estuvo a punto de perder el paso de la danza. El corazón le empezó a latir con fuerza contra las costillas. Disimuló como pudo, terminó la coreografía con una reverencia y se retiró rápidamente hacia los camerinos tras las cortinas.

​En el camerino, a Samira le temblaban las manos mientras se quitaba los adornos de la cabeza. Se sintió inquieta, abrumada por una mala espina que no podía explicar. ¿Qué hacía ese hombre ahí? ¿Por qué la miraba de esa manera?

​Decidió no quedarse a tomar nada ni a hablar con las otras bailarinas. Se cambió rápidamente a su ropa de calle, guardó sus cosas en la mochila y salió por la puerta trasera del local a las dos de la mañana, con la intención de llegar a su casa lo antes posible.

​El callejón estaba tan solitario y oscuro como de costumbre. El viento de la madrugada soplaba con fuerza, haciendo crujir los letreros de metal de los comercios cercanos. Samira ajustó su chaqueta y apretó el paso hacia la avenida.

​De repente, el sonido del motor de una camioneta negra rompió el silencio.

​El vehículo avanzó a toda velocidad desde la esquina y se atravesó en el callejón, tapándole el paso por completo. Las puertas laterales de la camioneta se abrieron de golpe antes de que Samira pudiera reaccionar o dar media vuelta para correr.

​Dos hombres enormes, vestidos con trajes oscuros y guantes de piel, saltaron del vehículo.

​—¡Hey! ¿Qué hacen? ¡Déjenme! —gritó Samira, intentando retroceder.

​Antes de que pudiera soltar otro grito, uno de los hombres la agarró por la espalda, cubriéndole la boca con una mano enorme mientras el otro le sujetaba las piernas. Samira pataleó con fuerza, usando la agilidad de sus piernas para golpear a uno de ellos en la espinilla, pero la fuerza de los dos hombres era aplastante.

​La levantaron del suelo en un segundo y la arrojaron al interior de la camioneta. La puerta lateral se cerró con un golpe seco que resonó en todo el callejón.

​Dentro del vehículo, la penumbra era casi total. Samira intentó incorporarse para buscar la manija de la puerta, pero una mano firme se posó sobre su hombro, obligándola a quedarse sentada en el asiento de cuero.

​Un paño impregnado con un olor dulce y químico le presionó la nariz y la boca. Samira intentó contener la respiración, pero la falta de aire la obligó a inhalar. La vista se le comenzó a nublar, las luces de la calle se convirtieron en manchas borrosas a través de los cristales oscuros y, en cuestión de segundos, todo su cuerpo se volvió pesado hasta que perdió el conocimiento por completo.

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