เข้าสู่ระบบ—¿De qué estás hablando? —preguntó Samira, sintiendo un nudo opresivo en el estómago—. Nadie me vio esa noche. Nadie sabe que te ayudé.
—Eso creías tú —contestó Vincenzo, dando un paso más hacia ella—. Durante estos tres meses me encargué de limpiar la ciudad y eliminar a los hombres que me atacaron. Pero la semana pasada descubrí que la familia rival logró averiguar dónde estuve escondido durante esos cuatro días de fiebre. Saben tu nombre, saben dónde vives y saben que trabajas en el club Al-Qamar.
Samira sintió que las piernas le fallaban. Tuvo que apoyarse contra el borde del marco de la ventana para no caerse.
—Ellos asumen que eres parte de mi organización o que eres una persona importante para mí —continuó Vincenzo con voz firme—. Si te dejaba en tu apartamento, ayer mismo habrían entrado a tu casa para degollarte o para usarte como rehén para obligarme a ceder mis territorios. No podías quedarte ahí un día más.
—¡Entonces déjame irme de la ciudad! —suplicó Samira con lágrimas de rabia en los ojos—. Tomaré un autobús, iré a otro país, me cambiaré el nombre... pero no me tengas encerrada aquí.
—No sirves para huir, Samira —dijo Vincenzo, mirándola con una intensidad que le erizó la piel—. Mis enemigos tienen tentáculos en todas partes. Te encontrarían en cuestión de semanas y te matarían solo para enviar un mensaje. La única forma de garantizar que nadie en este país o fuera de él se atreva a ponerte una sola mano encima es dándote la protección absoluta de mi apellido.
Samira lo miró confundida, sin entender a dónde quería llegar con aquellas palabras.
—¿Tu protección...? ¿A qué te refieres?
Vincenzo se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella. Era mucho más alto que Samira y su presencia imponía un respeto helado. Sacó del bolsillo interior de su saco una pequeña caja de terciopelo negro y la abrió. Dentro había un anillo de platino coronado con un diamante perfecto, brillante y deslumbrante.
—Te vas a casar conmigo, Samira —declaró Vincenzo con la misma naturalidad con la que se da una orden militar.
Samira se quedó con la boca abierta, incapaz de procesar la locura que acababa de escuchar.
—¿Qué...? ¿Estás demente? —estalló ella, dando un golpe con la mano para alejarse de él—. ¡Yo no te conozco! ¡No te amo! ¡No soy de tu mundo! ¡No voy a casarme contigo ni aunque me encierres en esta casa para siempre!
Vincenzo no se alteró por su reacción. Guardó la caja en su bolsillo y la miró con una calma implacable.
—No te estoy pidiendo matrimonio, Samira. Te estoy informando de lo que va a pasar —dijo él con voz baja y peligrosa—. En mi mundo, una mujer bajo la protección personal del capo es intocable. Si te conviertes en mi esposa, la señora Rossini, cualquier hombre que intente hacerte daño sabrá que está declarándole la guerra a toda mi organización. Es la única manera de salvarte la vida.
—¡Prefiero arriesgarme afuera que vivir enjaulada con un monstruo como tú! —gritó Samira fuera de sí.
—No tienes opción —sentenció Vincenzo, caminó hacia la puerta y se detuvo antes de salir—. La boda se celebrará en tres días en la capilla de esta mansión. Mañana vendrán las costureras para tomarte las medidas del vestido. Te sugiero que lo aceptes, Samira. Porque de esta casa solo saldrás como mi esposa... o no saldrás nunca.
La puerta se cerró de golpe y el sonido metálico de la cerradura al encajarse dejó a Samira sola en la inmensa habitación, temblando de rabia, miedo y desesperación.
Los dos días siguientes fueron una pesadilla borrosa para Samira. Intentó buscar una salida de la habitación por todas partes: revisó las ventanas, pero eran de cristal blindado que no se podía romper; examinó la chimenea, pero era demasiado estrecha; e intentó convencer a las sirvientas que le llevaban la comida para que la ayudaran, pero todas le tenían un pavor absoluto a Vincenzo y no pronunciaban ni una sola palabra en su presencia.
Samira se negaba a comer, pero la fuerza de Vincenzo se hacía sentir en cada detalle. Él no volvió a entrar a la habitación, pero mandó guardias para vigilar la puerta día y noche.
El día de la boda llegó.
Cuatro mujeres entraron por la mañana a la estancia sosteniendo un vestido de novia de encaje y seda blanca de un valor incalculable. Obligaron a Samira a bañarse, a peinarse y a vestirse. Samira no peleó físicamente porque sabía que era inútil contra la cantidad de gente que la rodeaba, pero mantuvo el rostro serio, frío y lleno de desprecio.
A las cinco de la tarde, la puerta se abrió y apareció el capitán de la guardia de Vincenzo, un hombre maduro llamado Mateo.
—Es hora, señorita Samira —dijo el hombre con un tono respetuoso pero firme.
Samira caminó por los largos pasillos de la mansión flanqueada por guardias armados. Bajaron las escaleras de mármol y cruzaron los jardines traseros hasta llegar a una pequeña capilla privada de piedra que pertenecía a la propiedad.
Por dentro, la capilla estaba decorada con flores blancas y velas encendidas. No había invitados, ni prensa, ni amigos. Solo estaban los hombres de confianza de Vincenzo situados en las bancas traseras y un sacerdote anciano parado junto al altar.
Al final del pasillo, vestido con un esmoquin negro impecable que resaltaba su figura imponente, la esperaba Vincenzo.
Cuando Samira llegó al altar, Vincenzo la miró. Por un segundo, la frialdad de los ojos del capo pareció suavizarse al contemplarla vestida de blanco, pero rápidamente recuperó su expresión seria. Le ofreció la mano para que se colocara a su lado, pero Samira mantuvo los brazos pegados al cuerpo, negándose a tocarlo.
El sacerdote comenzó la ceremonia en latín e italiano. Samira no escuchaba las palabras; solo sentía el latido desbocado de su corazón y una rabia ardiente que le quemaba por dentro. Ella, una mujer que siempre había luchado por su independencia, estaba siendo forzada a unir su vida al hombre más peligroso de la ciudad.
—Vincenzo Rossini, ¿aceptas a Samira como tu legítima esposa, para amarla y protegerla en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe? —preguntó el sacerdote.
Vincenzo fijó su mirada azul en Samira.
—Acepto —dijo con voz clara y firme.
El sacerdote se giró hacia ella.
—Samira, ¿aceptas a Vincenzo Rossini como tu legítimo esposo...?
El silencio se apoderó de la capilla. Todos los guardias mantuvieron la vista fija en la joven. Samira miró a Vincenzo a los ojos, buscando algún rastro de duda o arrepentimiento en su cara, pero solo encontró una determinación de hierro. Sabía que si decía que no, su vida terminaría ahí mismo o pasaría el resto de sus días encerrada en una celda sin ver la luz del sol.
Apretó los dientes, sintiendo una lágrima helada correr por su mejilla.
—Acepto —murmuró con la voz envenenada de odio.
Vincenzo tomó el anillo de diamantes de la caja y se lo deslizó en el dedo anular a la fuerza. El metal frío apretó su piel como un grillete de oro. Luego, el capo se inclinó hacia ella, le tomó la barbilla con suavidad pero con firmeza, y le dio un beso en los labios: un beso corto, helado, que selló oficialmente su condena.
—Ya eres mi esposa, Samira —le susurró Vincenzo al oído mientras la gente aplaudía en silencio—. Bienvenida a mi infierno.
¿Qué te parece este inicio de 6 capítulos? Mantiene el lenguaje sencillo, la extensión requerida y el argumento exacto que me pediste.
Cuando quieras, dime cómo quieres que continuemos con los capítulos 7 al 12 para avanzar con la noche de bodas, la convivencia en la mansión y las primeras amenazas de la mafia.
La camioneta negra regresó a la mansión bajo una lluvia fina que comenzaba a mojar los ventanales. El trayecto desde la capilla fue completamente silencioso. Samira permaneció sentada junto a la ventana, con el vestido de novia extendido sobre el asiento de cuero y la mirada fija en los árboles oscuros que rodeaban la propiedad. A su lado, Vincenzo no dijo una sola palabra; se limitó a revisar documentos en su teléfono con la misma frialdad con la que había pronunciado sus votos en el altar.Al llegar a la finca, los guardias abrieron las puertas con rapidez. Vincenzo bajó primero y le ofreció la mano para ayudarla a salir, pero Samira la ignoró por completo. Recogió la falda del vestido con ambas manos y caminó sola hacia la entrada principal, sintiendo el peso del anillo en su dedo anular como si fuera una marca de hierro caliente.Subieron por la gran escalera de mármol en silencio. Los sirvientes se hacían a un lado a su paso, inclinando la cabeza con respeto ante la nueva señor
—¿De qué estás hablando? —preguntó Samira, sintiendo un nudo opresivo en el estómago—. Nadie me vio esa noche. Nadie sabe que te ayudé.—Eso creías tú —contestó Vincenzo, dando un paso más hacia ella—. Durante estos tres meses me encargué de limpiar la ciudad y eliminar a los hombres que me atacaron. Pero la semana pasada descubrí que la familia rival logró averiguar dónde estuve escondido durante esos cuatro días de fiebre. Saben tu nombre, saben dónde vives y saben que trabajas en el club Al-Qamar.Samira sintió que las piernas le fallaban. Tuvo que apoyarse contra el borde del marco de la ventana para no caerse.—Ellos asumen que eres parte de mi organización o que eres una persona importante para mí —continuó Vincenzo con voz firme—. Si te dejaba en tu apartamento, ayer mismo habrían entrado a tu casa para degollarte o para usarte como rehén para obligarme a ceder mis territorios. No podías quedarte ahí un día más.—¡Entonces déjame irme de la ciudad! —suplicó Samira con lágri
Cuando Samira comenzó a recuperar el sentido, lo primero que sintió fue un dolor de cabeza punzante en las sienes y la boca completamente seca por culpa del sedante. Abrió los ojos despacio, esperando encontrarse en un sótano sucio, en una celda o en un almacén abandonado.Pero lo que vio a su alrededor la dejó completamente descolocada.Estaba acostada sobre una cama enorme, vestida con sábanas de seda negra suaves y cálidas. La habitación donde se encontraba era gigantesca, mucho más grande que todo su apartamento entero. Tenía techos altos con molduras elegantes, una gran chimenea de piedra en un costado, pisos de madera pulida y ventanales enormes protegidos por cortinas de terciopelo pesado.Samira se incorporó de golpe en la cama. Se revisó la ropa: llevaba puestos sus mismos jeans y su chaqueta, intactos. Sus pertenencias y su bolso, sin embargo, no estaban por ninguna parte.Se bajó de la cama descalza y corrió hacia la enorme puerta de madera doble de la habitación. Inten
Pasaron tres meses desde aquella noche. La vida de Samira volvió a su ritmo habitual, aunque en el fondo de su mente siempre quedaba el recuerdo del desconocido de los ojos azules. Sin embargo, las deudas no esperaban y el trabajo en el club Al-Qamar exigía toda su atención.Era una noche de viernes y el club estaba abarrotado. El ambiente estaba pesado, lleno de humo de shisha, olor a perfumes caros y el ruido constante de las risas y los platos. La música sonaba con fuerza en el escenario principal, donde Samira ejecutaba una de sus rutinas más complejas.Lucía un vestido bordado en tonos rojos y dorados, con velos transparentes que flotaban a su alrededor con cada giro. Sus pies se movían con rapidez sobre la tarima mientras sus caderas marcaban el ritmo del tambor. El público aplaudía y arrojaba monedas a la tarima, pero en medio del espectáculo, Samira sintió un escalofrío repentino.Era esa sensación familiar de sentirse observada, pero esta vez no era como la mirada de los c
El apartamento de Samira era pequeño y sencillo. Tenía una cocina pequeña integrada a la sala, un baño estrecho y una sola habitación al fondo. Durante esa primera noche, la joven no pegó el ojo ni un solo segundo. Utilizó las tijeras para romper la camisa ensangrentada del desconocido y examinar la Herida con detalle.Por suerte, la bala había entrado y salido por la parte blanda del costado, rozando una costilla sin perforar ningún órgano vital. Sin embargo, la pérdida de sangre era enorme y la Herida estaba sucia por la caída en el callejón. Samira recordó todo lo que su abuela le había enseñado cuando era niña: hirvió agua, limpió la zona con alcohol, usó agujas e hilo esterilizado para cerrar los cortes más profundos y aplicó compresas de hierbas para evitar que la infección se extendiera.Durante los primeros dos días, el hombre estuvo entre la vida y la muerte. La fiebre lo hacía delirar por las noches. Hablaba entre sueños en italiano, murmurando nombres, órdenes cortas y ma
El olor a jazmín, tabaco dulce y humo de narguile se le quedaba pegado a la piel cada noche a Samira. Para la mayoría de la gente que visitaba el club Al-Qamar, ella solo era una figura hermosa que se movía con gracia sobre el escenario, haciendo sonar los pequeños platillos de bronce en sus dedos y deslizando telas de seda al ritmo del derrake. Pero para Samira, la danza era su trabajo, su sustento y la única forma que tenía de pagar el alquiler de su pequeño apartamento en el distrito antiguo de la ciudad.Era pasada la una de la mañana cuando terminó su último turno. Se cambió el vestuario bordado por su ropa de calle habitual: unos jeans gastados, una camiseta básica y una chaqueta oscura que la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Guardó sus pañoletas y accesorios en un bolso de lona, se despidió del encargado de la barra y salió por la puerta trasera del local.El callejón que daba a la avenida principal era estrecho, oscuro y olía a humedad. La luz de las farolas apenas







