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Capítulo 2: Entre Las Sombras

Author: Anne
last update publish date: 2026-09-22 13:02:54

El apartamento de Samira era pequeño y sencillo. Tenía una cocina pequeña integrada a la sala, un baño estrecho y una sola habitación al fondo. Durante esa primera noche, la joven no pegó el ojo ni un solo segundo. Utilizó las tijeras para romper la camisa ensangrentada del desconocido y examinar la Herida con detalle.

​Por suerte, la bala había entrado y salido por la parte blanda del costado, rozando una costilla sin perforar ningún órgano vital. Sin embargo, la pérdida de sangre era enorme y la Herida estaba sucia por la caída en el callejón. Samira recordó todo lo que su abuela le había enseñado cuando era niña: hirvió agua, limpió la zona con alcohol, usó agujas e hilo esterilizado para cerrar los cortes más profundos y aplicó compresas de hierbas para evitar que la infección se extendiera.

​Durante los primeros dos días, el hombre estuvo entre la vida y la muerte. La fiebre lo hacía delirar por las noches. Hablaba entre sueños en italiano, murmurando nombres, órdenes cortas y maldiciones con una voz grave y rasposa. Samira se pasaba las horas a su lado, cambiándole los trapos mojados de la frente, obligándolo a tomar cucharadas de caldo caliente y cuidando que la sutura no se abriera.

​Al tercer día, la fiebre por fin cedió.

​Samira estaba en la cocina preparando un té cuando escuchó el crujido del sofá. Al asomarse, vio que el desconocido estaba despierto y sentado en el borde del mueble. Aunque se le veía pálido y débil, la postura de su cuerpo era rígida, alerta, como la de un animal salvaje que se despierta en una jaula desconocida.

​—No se mueva tanto, se le pueden abrir los puntos —dijo Samira acercándose con la taza en la mano.

​El hombre la miró fijamente. Sus ojos azules la recorrieron de pies a cabeza con una frialdad y una atención minuciosas que hicieron que a ella se le erizara la piel. No había rastro de gratitud en su cara, solo una evaluación fría y calculadora.

​—¿Dónde estoy? —preguntó él. Su voz era profunda, rasposa por la falta de uso, pero firme.

​—En mi casa. En el distrito antiguo —contestó ella, dejándole el té en la mesa auxiliar—. Lo encontré en el callejón detrás del club Al-Qamar. Estaba desangrándose.

​El hombre miró la venda limpia que cubría su abdomen bajo la manta y luego miró las manos de Samira.

​—¿Llamaste a alguien? ¿Policía, ambulancias?

​—No. Si llamaba a la policía, habrían tardado horas y usted estaría muerto. Además, no quería meter a la gente de la ley en mi edificio —explicó ella con sencillez.

​El desconocido dejó escapar una exhalación corta, como si se quitara un peso de encima. No dio su nombre, y Samira tampoco se lo preguntó. En los barrios pobres, saber demasiado sobre la gente herida a balazos era una sentencia de muerte.

​Durante los siguientes dos días, la convivencia en el apartamento fue extraña y silenciosa. El hombre apenas hablaba. Se pasaba la mayor parte del tiempo observando a Samira. La miraba mientras ella limpiaba la cocina, cuando preparaba la comida o cuando practicaba sus ejercicios de estiramiento y flexibilización en el espacio libre de la sala. Samira notaba esa mirada clavada en su espalda: era una presencia pesada, imponente, que llenaba todo el apartamento a pesar de que el hombre casi no se movía del sofá.

​Al quinto día por la tarde, mientras Samira cambiaba el vendaje, el desconocido la tomó suavemente de la muñeca. Su agarre era firme, caliente, demostrando que ya había recuperado gran parte de sus fuerzas.

​—Eres una buena chica —dijo él, mirándola directo a los ojos—. Pero fuiste muy imprudente. No sabes a quién metiste en tu casa.

​—Solo vi a un ser humano que se estaba muriendo —respondió Samira sosteniéndole la mirada—. No me importa quién sea fuera de esta puerta.

​Esa misma noche, Samira tuvo que irse al club para cumplir con su trabajo. Estaba preocupada por dejarlo solo, pero sabía que el hombre ya se valía por sí mismo. Antes de salir, le dejó la comida servida sobre la mesa y un vaso de agua.

​—Regreso a las tres de la mañana —le dijo desde la puerta.

​El hombre solo asintió en silencio desde el sofá.

​Cuando Samira volvió de su turno en la madrugada, abrió la puerta con cuidado para no despertarlo. Encendió la luz de la sala y se quedó helada en la entrada.

​El sofá estaba vacío. Las cobijas aparecían perfectamente dobladas sobre el reposabrazos. La cocina estaba limpia y no había ni una sola rastro de la presencia del herido. El hombre se había ido tan silenciosamente como había llegado.

​Lo único que encontró fue que sobre la mesa de la entrada, justo al lado de las llaves de Samira, sus hombres habían dejado un sobre lleno de billetes de alta denominación para cubrir las medicinas y las molestias. Samira miró el dinero, luego el sofá vacío, y suspiró. Pensó que aquella extraña historia había llegado a su fin y que jamás volvería a ver a aquel hombre en su vida.

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