เข้าสู่ระบบCuando Samira comenzó a recuperar el sentido, lo primero que sintió fue un dolor de cabeza punzante en las sienes y la boca completamente seca por culpa del sedante. Abrió los ojos despacio, esperando encontrarse en un sótano sucio, en una celda o en un almacén abandonado.
Pero lo que vio a su alrededor la dejó completamente descolocada.
Estaba acostada sobre una cama enorme, vestida con sábanas de seda negra suaves y cálidas. La habitación donde se encontraba era gigantesca, mucho más grande que todo su apartamento entero. Tenía techos altos con molduras elegantes, una gran chimenea de piedra en un costado, pisos de madera pulida y ventanales enormes protegidos por cortinas de terciopelo pesado.
Samira se incorporó de golpe en la cama. Se revisó la ropa: llevaba puestos sus mismos jeans y su chaqueta, intactos. Sus pertenencias y su bolso, sin embargo, no estaban por ninguna parte.
Se bajó de la cama descalza y corrió hacia la enorme puerta de madera doble de la habitación. Intentó girar la manija, pero estaba cerrada por fuera. Golpeó la madera con los puños con fuerza.
—¡Abran la puerta! ¡Déjenme salir! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Ayuda!
Nadie respondió. Solo se escuchaba el silencio profundo de una casa enorme.
Samira caminó hacia los ventanales para ver dónde estaba. Al abrir un poco la cortina, se le cayó el alma al suelo. No estaba en la ciudad. Estaba en una mansión gigantesca enclavada en medio de colinas verdes, rodeada por muros altos de concreto, muros con alambre de espino y decenas de hombres armados con trajes oscuros que patrullaban los jardines con perros adiestrados. Era una auténtica fortaleza inexpugnable.
El sonido metálico de la cerradura al abrirse la hizo girarse bruscamente.
La puerta de la habitación se abrió de par en par. Samira se puso de inmediato en posición de defensa, apretando los puños y retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el cristal de la ventana.
El hombre que entró a la estancia caminaba con lentitud, con una elegancia y un dominio del espacio que asustaban. Vestía pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca de cuello abierto, sin corbata. Era el mismo hombre del callejón, el mismo que había curado en su sofá tres meses atrás.
Al verlo de cerca a la luz del día, Samira pudo apreciar mejor sus rasgos: era un hombre de unos treinta y cinco años, de facciones marcadas, mandíbula firme y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja derecha. Pero lo más impactante seguían siendo sus ojos azules, fríos e impenetrables.
detrás de él entraron dos guardias armados que se quedaron junto a la puerta, pero el hombre les hizo un gesto con la mano para que se retiraran y cerraran la puerta por fuera.
—Has despertado —dijo él. Su voz era grave, tranquila, pero cargada de una autoridad natural a la que nadie solía desobedecer.
—¿Quién eres tú? ¿Por qué me mandaste a secuestrar? —exigió Samira, intentando que no se le notara el temblor en la voz—. ¡Yo te salvé la vida! Te cuidé en mi casa cuando estabas muriéndote. ¿Así es como me lo pagas?
El hombre caminó lentamente hacia una mesa de madera y sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal. Se acercó a ella y se lo extendió. Samira no lo tomó; lo miró con rabia. Él dejó el vaso en la mesa más cercana.
—Mi nombre es Vincenzo Rossini —se presentó él, mirándola fijamente a los ojos—. Y no estás aquí para que te haga daño, Samira.
El nombre resonó en la mente de Samira como un golpe. Vincenzo Rossini. Ella no sabía mucho de política ni de grandes negocios, pero en las noticias y en las calles de la ciudad todo el mundo conocía ese apellido. Los Rossini eran la familia de la mafia italiana más poderosa y temida del país. Controlaban los puertos, los hoteles, los casinos y todo el comercio no oficial de la región. El hombre al que había curado en su humilde sofá no era un simple delincuente; era el máximo líder del crimen organizado.
—¿Vincenzo Rossini...? —susurró Samira, dando un paso atrás—. Eres un capo de la mafia.
—Soy el hombre al que le salvaste la existencia —corregió él sin alterar el tono de su voz—. Aquella noche en el callejón, los hombres de una familia rival intentaron asesinarme. Si no me hubieras llevado a tu casa y curado mis heridas, estaría muerto. Te debo la vida, Samira. Y en mi mundo, las deudas de sangre se pagan con la vida misma.
—¡Pues considérate en paz! —exclamó ella con desesperación—. No quiero tu dinero ni tu agradecimiento. Solo quiero que me dejes volver a mi casa, a mi trabajo y a mi vida normal.
Vincenzo negó despacio con la cabeza. Una sonrisa fría y amarga apareció en la comisura de sus labios.
—Eso ya no es posible, Samira. Tu vida anterior terminó en el instante en que me cargaste sobre tus hombros en ese callejón.
La camioneta negra regresó a la mansión bajo una lluvia fina que comenzaba a mojar los ventanales. El trayecto desde la capilla fue completamente silencioso. Samira permaneció sentada junto a la ventana, con el vestido de novia extendido sobre el asiento de cuero y la mirada fija en los árboles oscuros que rodeaban la propiedad. A su lado, Vincenzo no dijo una sola palabra; se limitó a revisar documentos en su teléfono con la misma frialdad con la que había pronunciado sus votos en el altar.Al llegar a la finca, los guardias abrieron las puertas con rapidez. Vincenzo bajó primero y le ofreció la mano para ayudarla a salir, pero Samira la ignoró por completo. Recogió la falda del vestido con ambas manos y caminó sola hacia la entrada principal, sintiendo el peso del anillo en su dedo anular como si fuera una marca de hierro caliente.Subieron por la gran escalera de mármol en silencio. Los sirvientes se hacían a un lado a su paso, inclinando la cabeza con respeto ante la nueva señor
—¿De qué estás hablando? —preguntó Samira, sintiendo un nudo opresivo en el estómago—. Nadie me vio esa noche. Nadie sabe que te ayudé.—Eso creías tú —contestó Vincenzo, dando un paso más hacia ella—. Durante estos tres meses me encargué de limpiar la ciudad y eliminar a los hombres que me atacaron. Pero la semana pasada descubrí que la familia rival logró averiguar dónde estuve escondido durante esos cuatro días de fiebre. Saben tu nombre, saben dónde vives y saben que trabajas en el club Al-Qamar.Samira sintió que las piernas le fallaban. Tuvo que apoyarse contra el borde del marco de la ventana para no caerse.—Ellos asumen que eres parte de mi organización o que eres una persona importante para mí —continuó Vincenzo con voz firme—. Si te dejaba en tu apartamento, ayer mismo habrían entrado a tu casa para degollarte o para usarte como rehén para obligarme a ceder mis territorios. No podías quedarte ahí un día más.—¡Entonces déjame irme de la ciudad! —suplicó Samira con lágrim
Cuando Samira comenzó a recuperar el sentido, lo primero que sintió fue un dolor de cabeza punzante en las sienes y la boca completamente seca por culpa del sedante. Abrió los ojos despacio, esperando encontrarse en un sótano sucio, en una celda o en un almacén abandonado.Pero lo que vio a su alrededor la dejó completamente descolocada.Estaba acostada sobre una cama enorme, vestida con sábanas de seda negra suaves y cálidas. La habitación donde se encontraba era gigantesca, mucho más grande que todo su apartamento entero. Tenía techos altos con molduras elegantes, una gran chimenea de piedra en un costado, pisos de madera pulida y ventanales enormes protegidos por cortinas de terciopelo pesado.Samira se incorporó de golpe en la cama. Se revisó la ropa: llevaba puestos sus mismos jeans y su chaqueta, intactos. Sus pertenencias y su bolso, sin embargo, no estaban por ninguna parte.Se bajó de la cama descalza y corrió hacia la enorme puerta de madera doble de la habitación. Inten
Pasaron tres meses desde aquella noche. La vida de Samira volvió a su ritmo habitual, aunque en el fondo de su mente siempre quedaba el recuerdo del desconocido de los ojos azules. Sin embargo, las deudas no esperaban y el trabajo en el club Al-Qamar exigía toda su atención.Era una noche de viernes y el club estaba abarrotado. El ambiente estaba pesado, lleno de humo de shisha, olor a perfumes caros y el ruido constante de las risas y los platos. La música sonaba con fuerza en el escenario principal, donde Samira ejecutaba una de sus rutinas más complejas.Lucía un vestido bordado en tonos rojos y dorados, con velos transparentes que flotaban a su alrededor con cada giro. Sus pies se movían con rapidez sobre la tarima mientras sus caderas marcaban el ritmo del tambor. El público aplaudía y arrojaba monedas a la tarima, pero en medio del espectáculo, Samira sintió un escalofrío repentino.Era esa sensación familiar de sentirse observada, pero esta vez no era como la mirada de los c
El apartamento de Samira era pequeño y sencillo. Tenía una cocina pequeña integrada a la sala, un baño estrecho y una sola habitación al fondo. Durante esa primera noche, la joven no pegó el ojo ni un solo segundo. Utilizó las tijeras para romper la camisa ensangrentada del desconocido y examinar la Herida con detalle.Por suerte, la bala había entrado y salido por la parte blanda del costado, rozando una costilla sin perforar ningún órgano vital. Sin embargo, la pérdida de sangre era enorme y la Herida estaba sucia por la caída en el callejón. Samira recordó todo lo que su abuela le había enseñado cuando era niña: hirvió agua, limpió la zona con alcohol, usó agujas e hilo esterilizado para cerrar los cortes más profundos y aplicó compresas de hierbas para evitar que la infección se extendiera.Durante los primeros dos días, el hombre estuvo entre la vida y la muerte. La fiebre lo hacía delirar por las noches. Hablaba entre sueños en italiano, murmurando nombres, órdenes cortas y ma
El olor a jazmín, tabaco dulce y humo de narguile se le quedaba pegado a la piel cada noche a Samira. Para la mayoría de la gente que visitaba el club Al-Qamar, ella solo era una figura hermosa que se movía con gracia sobre el escenario, haciendo sonar los pequeños platillos de bronce en sus dedos y deslizando telas de seda al ritmo del derrake. Pero para Samira, la danza era su trabajo, su sustento y la única forma que tenía de pagar el alquiler de su pequeño apartamento en el distrito antiguo de la ciudad.Era pasada la una de la mañana cuando terminó su último turno. Se cambió el vestuario bordado por su ropa de calle habitual: unos jeans gastados, una camiseta básica y una chaqueta oscura que la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Guardó sus pañoletas y accesorios en un bolso de lona, se despidió del encargado de la barra y salió por la puerta trasera del local.El callejón que daba a la avenida principal era estrecho, oscuro y olía a humedad. La luz de las farolas apenas







